Los muebles rotos del seísmo turístico

Un terremoto, como una crisis económica, es una excelente oportunidad para regenerarse. No para las víctimas, naturalmente, sino para los que quedamos sumidos en el caos, en la amargura y en la desesperanza. Frente a tamaña calamidad cuesta un riñón levantarse y aproar el viento con la ilusión de estar construyendo algo nuevo que transmitir a barco_terremotolos hijos y a los nietos (salvo que se caiga en el fraude de construir castillos en el aire o viviendas prefabricadas de madera a 1.200 euros, como propone alguna buenaventurada oenegé). Cuesta incluso un riñón y medio, porque el vecino, que podría ayudarnos, está ocupado también en afrontar su propia reconstrucción. Y para tener fe en el futuro hace falta algo más que una religión fiduciaria.

En España nos hemos sumado muchos a una campaña de aliento social que promueven estos días las Cámaras de Comercio bajo el ya conocido lema Estosololoarreglamosentretodos.org. Pero no como quieren ellos, corrigen algunos desde Facebook. En Chile, el arreglo de los desastres provocados por el terremoto está siendo más ecuménico y democrático, bajo distintos lemas y propuestas caritativas, porque ahí el fiat reside antes en el nombre de Cristo y la Teleton (programa de televisión émulo de aquellos que se programaban durante el franquismo) que en el del Estado próvido. El primero nos parece más comercial, más moderno. El segundo, más poético y jesuítico.

Lo resume así una lectora del diario chileno El Mercurio, publicado hoy lunes 8 de marzo:

A nuestros queridos compatriotas damnificados por el terremoto. Hagan de sus tragedias y de sus muebles rotos una experiencia enriquecedora y que genere cambio en todos los rincones de la tierra. Rescaten los barcos varados y déjenlos allí para convertirlos en restaurantes. Dejen sectores tal cual, pero limpios y dignos, y pónganles letreros alusivos al maremoto. Construyan con creatividad y pasión esas ciudades desde como quedaron, hagan de su pueblo un lugar histórico en el mundo, visitado por miles de turistas. Hagan de sus nuevas casas lugares limpios, con pocas cosas pero marcadas por el simbolismo. De una puerta vieja saquen un comedor, pinten sillas de colores; de un escombro, una mesa de centro.

Conviertan su tierra en un museo, en el lugar más bello de Chile, en la envidia del mundo.

Estas palabras suenan como nunca a La Ruina Habitada. A todo lo que pregonamos sobre la belleza de la arruga o por qué la ruina embelesa a los románticos de todos los tiempos. El terremoto chileno o el seísmo mundial de la crisis turística pueden ser un regalo del cielo para edificar una nueva cultura hotelera basada en esta idea de “pocas cosas, pero marcadas por el simbolismo” que nos significa la lectora de El Mercurio, Karla Rocha.

Con jesuitas o empresarios es lo que conviene más que hagamos para salir de ésta y de todas las que se nos vienen encima. Así, los agoreros tendrían que esperar otros 1.000 años a que se produzca su ansiado cataclismo final.

Fernando Gallardo | Sígueme en Twitter @fgallardo

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