Tinta blanca para viajar

Si el libro en papel tiene algún futuro será con ediciones de coleccionistas como la que acaba de estrenar mi amigo César Hernández con su nueva editorial Tintablanca. Nos reunimos hace poco frente a un cocido madrileño en La Bola, como solemos hacer periódicamente en distintos restaurantes de la capital, y en los postres ha tenido el gesto de regalarme uno de los más hermosos ejemplares librescos que he tenido nunca en las manos.

Nueva York desde la visión de Mariano López en los textos y del arquitecto Miguel Ángel Berges en las ilustraciones. Indescriptible fue el momento de emoción vivido al recordar en sus páginas todos esos lugares neoyorquinos que me acompañaron durante los años que viví en Manhattan. Lugares ciertamente turísticos como la estatua de la Libertad, los puentes que unen la isla de Manhattan con el resto de la ciudad y sus barrios, la sombra de King Kong sobre el Empire State, la huella literaria de Walt Whitman, el icónico hotel Chelsea, la escalinata del MET que da justo a mi calle… Salvo ésta última, no eran aquellos los paisajes cotidianos de mi hábitat neoyorquino, pero constituían una referencia inevitable en cualquier paseo sin rumbo fijo. Sí, en cambio, lo era Central Park, del que continúo siendo miembro benefactor de la sociedad Conservancy Park. O salas de jazz como el Mezzrow, donde el hijo de Clint Eastwood se había reivindicado como un guitarrista pulcro de mi devoción. Y también las bóvedas de azulejos proyectadas por el arquitecto valenciano Rafael Guastavino, sin cuyos diseños y posterior emprendimiento constructor, asociado a su hijo, Nueva York no sería hoy la ciudad que es. Los primeros rascacielos fueron edificados por él, y así me tocó explicarlo en mis múltiples ciceronazgos cada vez que un amigo español me visitaba y se quedaba a cenar en casa. Los agasajaba con delicatessen varios adquiridos bajo las bóvedas tabicadas de Guastavino en el monumental Emporium, bajo el puente de Queensborough, que un día cerró para siempre sin previo aviso, como muchos de los negocios en esta ciudad febrilmente mutante.

Nueva York no es capital del país, ni siquiera de su estado. Pero ello no le roba el título de capital del mundo. 

París para caminantes

Tintablanca ha publicado ya los libros de viaje (no debemos llamarlos guías de turismo) de Nueva York, París y Madrid. La capital francesa se ve reflejada en la prosa de Use Lahoz y en el lápiz de Blanca Lacasa. Ambos han vivido en la ciudad, por lo que con la autoridad que le otorgan también sus recuerdos logran apresar el alma de una ciudad mítica e irrepetible en diez pequeños capítulos que el lector puede leer en el orden que elija. Pocos lugares se parecen tanto a un libro, a un cuadro, a una composición. En la introducción de este libro de viajes, el autor advierte: «París es a la vez un viaje unitario y un viaje espontáneo. Por eso hay lugares, anécdotas, nombres y épocas que se repiten, que dialogan entre ellos, que saltan de un texto a otro como si se persiguieran por un escenario interminable y generoso a la hora de deparar asombros».

El libro nos invita a conocer a los grandes pensadores que vivieron el París de los siglos XIX y XX, los autores más decisivos del impresionismo, el cambio que significó el art decó o la torre Eiffel en el paisaje urbano de la capital, el significado de la moda, el legado de Picasso y del resto de genios que habitaron sus calles y plazas, las lecciones de literatura que dejaron escritas personajes como Ernest Hemingway o Gabriel García Márquez, y la vida al límite de icónicos cantantes como Serge Gainsbourg. Y es que, como asegura su autor, en términos de belleza, París es una de las escenografías más impactantes del ser humano.

Madrid para apasionados

Qué pudo añadir al texto del poeta Carlos Aganzo cuando describe la ciudad en la que me he criado y en la que actualmente he vuelto a residir. Y mucho menos del trazo ágil de la artista Ximena Maier cuando encadena en sus dibujos los gestos y las muecas de una ciudad acogedora y generosa, donde nadie es un extraño. La capital de España es apasionada, heterodoxa, plural y moderna. Pero junto a su incesante animación anida también la ciudad histórica, patrimonial y determinante. Madrid es una ciudad hecha de muchas ciudades. Hay muchos madriles, advierte su autor: «A Madrid se la entiende y se la ama por igual en la barra de un bar que en una sala de teatro, en una ópera o en un musical; lo mismo alrededor de un velador que en un concierto de rock, un club de jazz o un tablao flamenco; así frente a una buena mesa como frente a las Meninas de Velázquez o al Guernica de Picasso».

La retahíla de referentes culturales es interminable. En su almario siguen dirimiendo Cervantes y Lope sus incesantes disputas, perviven los amores contrariados de Ava Gardner y los excesos de Hemingway, la animación de la plaza Mayor y el valor que encierran los grandes museos triangulados en la milla de oro de la pintura. En este Madrid aún suenan los estertores de la movida, la poesía de los maestros que habitaron la Residencia de Estudiantes, las tertulias sin fin en los cafés literarios o las alucinaciones de Francisco de Goya. Este Madrid es una invitación a recorrer la Gran Vía y a elegir entre ser hincha de merengues (Real Madrid) o colchoneros (Atlético de Madrid). Un asalto al corazón que captura al viajero. Y lo hace suyo para siempre.

Flechazos al centro de la curiosidad

Próximos títulos: Londres, Roma, Berlín, Barcelona, Buenos Aires, Sevilla y Tokio.

Cada libro de Tintablanca, insisto, nos traslada a un viaje repleto de curiosidades. Entre ellas, que Broadway sigue el trazado de un antiguo sendero indio que existía antes de la llegada de los holandeses o que el brazo derecho de la Estatua de la Libertad, el que sostiene la antorcha, realizó su peregrinaje por las principales ciudades de Estados Unidos para recaudar los 300.000 dólares que debía financiar el pueblo americano. O que en París, en el que resonaron las críticas insaciables hacia una incomprendida torre Eiffel, podemos descansar, previa reserva, en la habitación de Rimbaud. Y que en la madrileña Gran Vía, que llegó a bautizarse como avenida de los Obuses y del Quince y Medio, aún se escuchan los pasos jocosos de Hemingway, de cuyo cuello colgaba una piedra cinematográfica, prueba fehaciente de un cólico nefrítico de Ava Gardner.​

Los libros de Tintablanca son un tesoro impreso, diseñado y fabricado en España con materiales de lujo, que se disfruta antes, durante y después del viaje. Elaborados con un papel arte de gran calidad y encuadernados en tapa dura con telas de algodón orgánico, constituyen un objeto de lujo que, a partir de ahora, me complacerá regalar en esos cumpleaños que no sabes qué regalarle a tu familia y que recomiendo a hoteles para sus huéspedes más estimados. A la vez que libro es un cuaderno de dibujo realizado con papel blanco de alto gramaje donde anotar las reflexiones del viajero, los pensamientos, curiosidades, notas y direcciones prácticas que le asaltan mientras camina; o el relato tranquilo y salpicado de complicidad y perspectiva sobre todo aquello que le rodea. Cada ejemplar se vende retractilado e incluye un juego de ilustraciones adhesivas extraídas de la obra original, que permitirá al lector/viajero personalizar su Tintablanca.

Venga, sí, lo digo. El precio de cada ejemplar es de 28,90€. Se pueden solicitar en www.tintablanca.com.

Yo acabo de comprarme 10 ejemplares para regalar a amigos, familia e incluso lectores suscritos a este Foro. En breve, junto a los boletines que reciben los suscriptores cada vez que publico un artículo, alguien recibirá de improviso un libro de Tintablanca. Ojalá sepa disculpar con este obsequio impreso toda la lata que mensualmente le doy con mis reflexiones sobre la hospitalidad y el turismo.

Fernando Gallardo |

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