Tráfico guiado por Blockchain

La conducción robótica augura un futuro apasionante, aunque no exento de incertidumbres. Cada año mueren alrededor de 1,3 millones de personas en el mundo, aunque el número de accidentes no mortales se eleva a la escalofriante cifra de hasta 50 millones de personas. Los vehículos autónomos que previsiblemente serán mayoría en el parque móvil de 2030 redimirán de morir a más de un millón de personas al año. Y nueve de cada diez conductores que como tú, estimado lector, habrán sufrido con probabilidad algún percance de escasas consecuencias a lo largo de su existencia tendrán la fortuna de vivir sin saber lo que es un accidente de circulación.

Mientras filósofos, sociólogos y políticos debaten sobre la ética de la inteligencia artificial e intentan resolver el famoso Dilema del Tranvía, los ingenieros y científicos de la robótica viaria se afanan en anticipar los problemas más comunes que surgirán el día en que la conducción autónoma sea significante en nuestras calles y carreteras. Es previsible que si el desarrollo robótico de la movilidad urbana e interurbana prioriza la seguridad sobre otras consideraciones, las circunstancias del tráfico ralentizará la marcha de estos automóviles (nunca mejor definidos) al evitar los encontronazos con otros vehículos. No debería ocurrir en un escenario exclusivo de vehículos gestionados por inteligencia artificial, pero sí en el caso de que éstos compartan la vía con otros vehículos pilotados por la inteligencia humana, característicamente entrópica.

Pero, ¿cómo programar un vehículo autónomo que circule entre automóviles guiados por humanos cuyo estilo de conducción sea más agresivo a sabiendas de que los robots transitarán con mayor prudencia por la misma carretera? Si el conductor humano confía en el poderoso sistema de autoguiado por sensores, radar, láser y lidar, ¿no sería ello un estímulo para saltarse las normas de circulación o adquirir ventaja frente al robot? Podría darse incluso el caso de inmovilizar al vehículo robótico, como hoy vemos en múltiples situaciones en las que un conductor novel o miedoso no consigue entrar en una rotonda por temor a ser arrollado por los conductores más listos.

En tales casos, el vehículo autónomo deberá exhibir sus poderes ante los conductores humanos sin hacer uso de una mayor agresividad ni poner en peligro la vida de los peatones circundantes. Y nos parece que el único modo de hacer valer sus cualidades sin el recurso a la fuerza no puede ser otro que el control o monitorización en tiempo real de todo cuanto ocurre a su alrededor. En el futuro, o el tráfico se restringe a los vehículos robóticos o se confiere a éstos el poder de denunciar mediante prueba algorítmica y audiovisual a los conductores humanos que infrinjan las normas de tráfico. En este caso, los vehículos robóticos funcionarían como una extensión del radar y de los ojos de la policía de tráfico, pues solo así el conductor humano sería persuadido de infringir las normas con sensación de impunidad.

Si determinamos que cada vehículo robótico podría ejercer como policía de tráfico, la homologación de todos los automóviles, tanto humanos como robóticos, exigirá la puesta en marcha de un Blockchain del tráfico que identifique todo lo que se mueve alrededor de cualquier vehículo en cualquier vía pública.

Fernando Gallardo |

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