A ver cómo demonios voy a dormirme yo esta noche… La noticia me llega tarde, justo cuando me había enjuagado la boca, mesado la barba, alisado las sábanas, aprestado la almohada, activado la alarma de la casa y doblado convenientemente el embozo de mi cama. En mala hora me puse a fisgar en la calle Facebook antes de apagar la luz y rendirme a los apéndices de Morfeo. En mala hora abrí el cajón de los últimos mensajes y reparé en el del joven Ricardo Gurriarán, que me escribía desde ese recóndito fiordo de la Galicia prometeica donde una central eléctrica ha venido alumbrando el sueño de tantos y tantos viajeros.
Todas las aguas de la ría de Noia apenas llenarían un tazón de cuanto ahora derraman mis glándulas lacrimales, maldita sea, porque leo en este correo que Gonzalo Gurriarán se ha muerto. Del estómago o qué sé yo, Gonzalo se ha evaporado de la ría. Estoy muy impresionado por la noticia, ya que apenas unos meses escribí sobre su nuevo proyecto gallego después de tantos años en la brega diaria por gestionar los hoteles más emblemáticos de nuestro país y hacerlo con un pundonor y un sentido común que no admiten comparación en el gremio.
Me resisto a escribir el último epitafio para mi querido Gonzalo, entre otras razones porque me veo tan impresionado por el luctuoso deceso que ya no me quedan fuerzas ni ganas para añadir algo sentido a los tristes pensamientos que deben estar rondando en el éter escénico de su esposa y de sus hijos. Solo me quedo sollozando, cautivo por la pena, en un rincón de mi lejanía chilena y repitiendo en otro rincón de mi memoria la secuencia de nuestro último paseo por las frondas de Muros hasta el Pazo do Tambre desde su mágica Pesquería.
Tienes que venir a ver mi Pesquería, repitió unas cuantas veces sobre mi oído derecho en La Ruina Habitada, hace dos años. Después de su brillante carrera en Paradores de Turismo, después de haberlo dirigido todo en esa seria casa, incluso el emblemático y compostelano Hostal de los Reyes Católicos, después de unos años últimos como gerente general de la cadena zaragozana Palafox y de haber engrendrado unos emprendimientos únicos para la Expo del Agua, nuestro buen Gonzalo se retiró a su Galicia natal para poner en valor con inusitada valentía y gran entusiasmo la Pesquería del Tambre, un hotelito con encanto en las antiguas viviendas diseñadas por el arquitecto Antonio Palacios para la central hidroeléctrica de la ría de Noia.
Si supieras, lector, qué ánimo en el empeño, qué ilusión en la obra y qué denuedo en el emprendimiento… Fui a verlo para imaginarlo rey de los bosques y dueño de las aguas, pues de tales elementos casi mitológicos se amalgamaban los diseños que le presentó, días más tarde, Jesús Castillo Oli. ¿Te imaginas, divagó nuestro arquitecto de cámara, la santa compaña ejerciendo de edecán en la recepción de los huéspedes? Sí, claro, y el estro oceánico de las meigas en la espiral de sus sueños.
¡Gonzalo, por Dios, baja de tu nube y cuéntanos ya qué proyecto de Arquitectura de los Sentidos tenías para tu hotel hidroeléctrico! Tres cuartos de hora duró nuestro último paseo entre las umbrías silentes de Muros… Y una mañana entera frente a los óleos del pazo para imaginar qué hotel de los sentidos nacería de esa próbida excursión. Gonzalo, no nos dejes en ascuas a los que todavía mantenemos el estatus de mortales con plazo de caducidad asegurado por reunirnos contigo en el séptimo cielo. Cuéntanos… Qué mundos lúcidos tú dibujabas y cuáles de ellos se harán realidad gracias a la antorcha que portan ahora tu mujer, Adela, y tu hijo, Ricardo.
Porque si para algo sirve nuestra estancia en este mundo, como esos clientes que somos del hotel Tierra, es para que otros tomen el relevo de nuestros sueños y alumbren el futuro de los que están por venir. Nos lo dijo el poeta: somos quien somos y en tanto somos.
Me has dejado huérfano, Gonzalo. Hijo de una infinita tristeza. Pero mi rabia de frágil ser mortal va a ser la savia que alimente un nuevo recorrido por la senda que nos llevó de la Pesquería imposible al Pazo real. Y juro por tu imborrable memoria, como hizo Escarlata O’Hara, que cada año de lejanía tuya en la historia de nuestra pasión hotelera quedará marcado como un hito de proximidad en el camino que lleva a los sueños. El germen redivivo de la hotelería de los sentidos.
Tu último latido, un gesto de dulce hospitalidad.
Fernando Gallardo (@fgallardo)