El ruido no deja escuchar la música

Acabo de ver por televisión la ceremonia de apertura de los Juegos Olímpicos de Pekín y confieso de modo políticamente incorrecto que el espectáculo ha sido mucho peor de lo que esperaba. No porque confíe en estas celebraciones efectistas, sino por quien la dirigía: el director cinematográfico Zhang Yimou. La tradición china está llena de color, luminosidad, fantasía y mucha melancolía. Pero lo presenciado esta tarde, hora española, ha sido a veces tan excesivo, tan pretencioso y tan extravagante que no puedo evitar asociar este fasto a las epopeyas fílmicas de Cecil B. De Mille o la música hollywoodiana de Ben Hur y Gladiator. Quizá porque la puesta en escena haya sido programada por primera vez en la historia de las Olimpiadas enteramente desde el visor de una cámara.

A Yimou le salían los colores desde todos sus poros. El cineasta más occidental del orbe chino se recreaba en un caleidoscopio humano tan bien adiestrado en su ejecución como adocenado en su plástica. Quienes puedan pensar que ésta ha sido una proclamación de China como superpotencia mundial se equivocan. A mí me ha recordado más bien una maniobra de infantería a la rusa, si no una película de romanos o, aún peor, un ejercicio propagandístico como el que preparó Goebbels para los Juegos Olímpicos de Berlín. En éstos, China se nos ha mostrado como una fábrica inmensa y bien organizada, pero la creación ha sido obra de un sólo hombre, artista para más señas y muy occidental. La tecnología de luz y sonido empleada lo atestigua. Y el estadio diseñado por los suizos Herzog  & De Meuron lo confirma.

El vuelo escenificado por Li Ning para encender el pebetero… eso sí que me ha parecido antiguo, anclado en la tradición china del teatro de marionetas. Ya contemplamos estos movimientos en la película de Ang Lee, Tigre y Dragón. Pero la idea de que alguien en las altas esferas maneje a un atleta prisionero de unos cables no convencerá al mundo de la renovación creativa y democrática que la China actual reclama.

La apoteosis final de la pirotecnia dejó al estadio olímpico y sus alrededores envuelto en una niebla sórdida, embarullada, muy confusa. China se ahogaba en su propia exaltación de la horterada. Asfixiado el apuntador, agotados después de cuatro horas los comentaristas, allí no se veía siquiera el coro angélico que interpretó el himno olímpico con una cursilería difícil de igualar en futuros eventos. Era de noche, que quisieron hacerlo día y se volvió aún más caliginosa.

Lo digo siempre que caigo en un Marina d’Or, que es como la ceremonia olímpica de la arquitectura. Cuando hay tanto ruido no se oye la música.

Fernando Gallardo 

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