El ardid del ununbio

ununbium Anoche, en un ágape entre amigos, me comí un huevo de codorniz y enseguida pensé en el ununbio. Como todo el mundo sabe, el ununbio es el último elemento de la tabla periódica en ser descubierto por el Centro de Investigación de Iones Pesados de Darmstad, Alemania. Es tan reciente que aún no tiene nombre definitivo, pues ununbio en latín significa uno-uno-dos, que revela su equivalencia de 112 y su símbolo, el Uub. No se conoce todavía su apariencia física, pero sí que su isótopo, el 285, tiene una vida media de 0,24 milisegundos. Por tener una referencia, el uranio posee tres isótopos con pesos atómicos 234, 235 y 238. De modo que podemos imaginarnos el potencial de este… potrillo salvaje de la naturaleza que pesa 285 veces más que el hidrógeno y es el más raro de los denominados metales de transición.

El comportamiento exasperante de estos metales de transición como el ununbio me conducen, justificado por la deglución de mi sugerente huevo de codorniz, a una reflexión profunda sobre la inacción activa de determinados hoteles o cadenas hoteleras que no acaben de caer con la que está cayendo… Si observamos el comportamiento del ununbio y de todos estos elementos centrales que conforman el bloque D orbital del sistema periódico, repararemos en el hecho de que esta supuesta estabilidad inactiva a cualquier reacción química la consiguen gracias a que dichos átomos cooptan el electrón que necesitan a su última capa de valencia desde otra capa interna. A su vez, esta cojera de capa la suplen de súbito extrayendo otro electrón de otra capa más interna. Y así sucesivamente. Lo que a la velocidad de la luz, en el interior del átomo, permite que su valencia sea siempre la misma. No en equilibrio estable, sino al contrario, en un desequilibrio relativamente estable.

Para entendernos, lo que quito de allí lo pongo acá para que todo siga igual. Como la vida misma.

Cuántos establecimientos hoteleros no estarán sumidos hoy en estas componendas del ununbio. Cuántos no renegocian afanosamente sus deudas o aplazan sus hipotecas para salvar los muebles sin centrarse en reparar las goteras o reinventarse otro modelo de negocio con que afrontar la post crisis. Cuántos no restan de su presupuesto un equis para tapar el agujero sin perder su valencia. Y cuántos más no saldrán de ésta ufanos por ser los ununbios del turismo que aplican el manual de ingeniería financiera consabido.

Fijémonos, en cambio, en el comportamiento de elementos más ligeros y volátiles como el oxígeno y el hidrógeno. Sus átomos están en un desequilibrio iónico de aspiración covalente 2 y 1 respectivamente, pero se expresan el uno respecto del otro con gran alegría, vivacidad, urgencia por interactuar. Son saltarines, digamos. Y, en general, no requieren de catalizadores para fusionarse. Cooperan… Dos átomos de hidrógeno (H) enlazados covalentemente a uno de oxígeno (O) que formarán ese milagro químico de la naturaleza que es la molécula del agua (H2O), fuente de nuestra existencia y motor ecológico de todos los seres vivos.

A diferencia del ununbio, cuya estratagema de supervivencia consiste en tapar agujeros de modo autosuficiente, el oxígeno y el hidrógeno se necesitan mutuamente para engendrar la molécula de agua. Y como se desean, se unen. Cada electrón con su par. Uno de peso 1 y el otro de 16. No son iguales, como se ve, pero sí complementarios.

Pensemos en un núcleo atómico de hoteles distintos entre sí, aunque complementarios. Negocios que colaboran, se desean y se unen para engendrar una molécula de algo tan vivificante e insoslayable para el futuro del turismo como va a ser la hotelería de los sentidos. Porque de la crisis actual solo se podrá salir con la inodora claridad del agua, nunca a engañosos chispazos de ununbio.

Fernando Gallardo (@fgallardo)

6 comentarios en “El ardid del ununbio

  1. Imagino que con un huevo de avestruz no tendría tiempo de batallar con cuestiones moleculares y atómicas, pues un plato lleno necesita dedicación. Por el contrario un huevo de codorniz da todo el tiempo del mundo para observar, escuchar pensar y sacar artículos como los anteriores.
    El tamaño si importa.

  2. Es obvio, señores, que la reflexión sobre el átomo de este nuevo elemento me la provocó el huevo de codorniz por su pequeñez y moteado como si fuera la capa superior electrónica. Por su tamaño y naturaleza, el huevo de avestruz difícilmente me habría sugerido tal disertación.

    A algunos bien les podría parecer que la semántica química no viene a cuento del análisis sobre el comportamiento humano. A otros incluso les puede resultar esta jerga algo enigmática e inaccesible a su intelecto. Sin embargo, conviene recordar que la mayor parte de los avances científicos y el origen del conocimiento humano se basan en la observación de la fenomenología.

    Insisto, pues, en que las personas con negocios dependientes de alguna manera de la innovación y la tecnología ganarían en probidad si se pararan un momento a mirar de cerca el huevo de una codorniz.

    Álvaro de la Iglesia me daría la razón.

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