Nuestro tío en América

De vuelta a la península Ibérica confieso que este viaje a Chile ha sido más productivo de lo que esperaba. El Cono Sur americano está ahí, como diciendo: ¡descúbreme! Ya lo vi el año pasado en mi largo periplo por Chile y Argentina. Están surgiendo con mucho brío los hoteles con encanto. Argentina cuenta ya con una red estructurada de haciendas en los confines de lo imaginable, pues allí estos hotelitos no tienen problemas con el vecindario. Figuran insertos en heredades de cientos, miles de hectáreas. Y te lo cuentan como si fuera lo natural. Y los visitas como si visitaras otro planeta. Qué diferentes son las cosas en España donde, si un hotelito triunfa, el vecino se coloca a diez metros de distancia… Allí lo remoto es un inconveniente, piensan.

En Chile, los hoteles con encanto están por nacer. Ya los hay, pero aún no constituyen un fenómeno. Salvo en valparaíso, donde nadie concibe ahora otro tipo de hoteles para disfrutar de la ciudad de los 42 cerros. Es lo que siempre he dicho: lo primero es asentar un modelo, que luego ya todo siguen con él. Si en la costa española el modelo hubiera sido el de los hoteles con fundamento, si allí se hubiera propuesto un Sigue leyendo

Ciegos sentidos

Escribo desde Oslo, pero para hablar de una iniciativa en mi país: «Lisboa sensorial». Es una manera diferente de (re)descubrir la capital de Portugal. Más conocido por la encantadora luz reflejada en la piedra blanca de su arquitectura, el centro histórico de Lisboa se ofrece sin embargo a los otros sentidos acoplados por el sonido del fado que sale de las ventanas y por el olor delicioso a sardinas asadas en la hora de la comida.

Este verano, el estudio de design interdisciplinar Cabracega invita a quien quiere descubrir estos y otros estímulos a pasear durante una hora, con los ojos cerrados, el barrio de Alfama, uno de los más típicos de Lisboa, guiado por un ciego…

Creo que esta iniciativa refleja una toma de conciencia acerca del potencial -turístico también- que acumula la riqueza multisensorial, no sólo en el interior de los edifícios sino también en el propio espacio urbano. Apunto aquí este enlace por si alguien desea saber un poco más sobre esta «sentida» experiencia:
http://www.cabracega.org/lisboa-sensorial

Sara Silva Natária, arquitecta

Un Eldorado en Chile

Vengo de darme una vuelta por las calles del barrio de Providencia, en el centro financiero de Santiago, en torno al hotel Intercontinental donde resido estos días. ¡Hay que ver lo que ha crecido esta ciudad! Pensar en la primera vez que estuve aquí…, apenas tres millones de personas la habitaban. Hoy se arraciman al pie mismo de la cordillera 6,7 millones de almas, como si un pasmo germinal les hubiera dado a todos sus vecinos, como si regalaran algo a la puerta de sus edificios.Recuerdo que aquellos tiempos, bajo la dictadura de Pinochet, los únicos vehículos que transitaban por sus calles eran los del cuerpo diplomático norteamericano, los haigas de las élites chilenas y multitud de guaguas (microbuses) atiborradas de pasajeros. Era una ciudad de Sigue leyendo

Pongamos que hablo de liturgias…

Hotel Explora isla de Pascua

Días antes, semanas incluso, soñamos cómo va a ser nuestro hotel. Grande o pequeño. Bonito o feo. Articulamos en la mente el mapa de sus instalaciones, la tinta de sus atenciones, la caja de sus sorpresas. ¿Estará dura la cama? ¿Qué vena se nos hinchará al abrir las ventanas de par en par? Porque nos han prometido unas subyugantes vistas, quizá al mar, quizá a la montaña. Es céntrico, de hecho, muy céntrico. En el tercer ojo de la ciudad. O en el epicentro de la nada, pues nuestro hotel nos promete un descanso inolvidable. Tiene diseño, sí; se ve que lo tiene al hojear su web. ¡Mira esa foto! Y éste tan romántico, con su doselito y sus flores frescas en la encimera del lavabo… Ah, habitar en un palacio regio… Aquí si las piedras hablaran la voz delataría sus tres siglos de Sigue leyendo

Adiós a la isla de la mirada perdida

MoaiMirar. Sentir. Soñar. Volver a mirar. Saber que miramos. Reconocer el horizonte. Asir lo inalcanzable. Imaginar lo remoto. Comprender lo inmediato. Atraer, retener, emprender. Humedecer con lágrimas el pañuelo que estamos a punto de arrojar a la papelera cuando el viaje ilusionado se agota y otra isla nos va reclamando ya el despertar de un nuevo sueño. Escapar. Y mirar, mirar, mirar.

Giro los ojos y asciendo a los cielos de obsidiana. Son mis últimas horas en la isla de Pascua. Y aunque emprenda el vuelo esta tarde sé que no abandonaré la ínsula jamás. La isla me toca. La isla me retiene. La isla me llama enamorada. Giro los ojos y tropiezo con la piedra angular de esta extraña y fantasiosa cultura Rapa Nui, la efigie inquebrantable del último moai, el de la mirada perdida, el del océano encontrado, el que me abrocha el cinturón secular de la esperanza.

Leo en algún lugar que el verdadero viaje de descubrimiento no consiste sólo en ver lugares sino en mirar con nuevos ojos. Lo escribió Marcel Proust. Y alguien añadió que la acción comienza realmente en el momento en que se piensa en ella. Pongámonos en marcha. El arquitecto chileno Pepe Cruz hurgó en el alma de la isla para embarazarse de un proyecto de hotel aquí dicho sustentable, el hotel Explora Rapa Nui. Obligado por ley, el promotor hotelero Pedro Ibáñez –una institución en Chile– se unió en matrimonio empresarial con el hacendado local, Mike Rapu, que puso a su disposición una finca aislada de hierbas, lavas y viento con vistas al mar. Anoche cené con él y su mujer, Soledad, licenciada en Biología, que se enamoró de este hombre sencillo veinte años mayor que ella y escapó al ruido continental de Santiago. En su pequeño cafetín, junto al centro de buceo, ahora elabora helados, cría a sus hijos, ayuda en los negocios de Mike y aprovecha el mucho tiempo que le resta para cultivar su espíritu. Mira al comensal con una proximidad equidistante al abismo que la separa de las miradas moais, los palimpsestos espirituales del lugar.

“Y tu mirar se me clava en los ojos como una espá…” Tarareo la voz de Lole y Manuel como un introito a la reflexión sobre el concepto de no-lugar y de cómo éste debe ser mirado antes de su reconocimiento. Ya lo anticipamos hace unos días: saber mirar es un darse la vuelta, girar sobre el objeto, contornear su apariencia y descubrir en la cara oculta de la luna ese paraíso que todos llevamos en la piel. ¿Cómo explorar nada sin clavar los ojos en algo? ¿Cómo enamorar sin ser espada? ¿Cómo reconocer sin recorrer la galaxia de la piel? ¿Cómo escapar de la isla sin querer salir de ella?

Para resolver estas incógnitas debemos tomar ejemplo de lo que experimentamos días atrás en Valparaíso. La mirada, descartada al abordar un proyecto de arquitectura. Reneguemos de lo obvio, olvidémonos del espectáculo, indaguemos en la sutileza. Antes de imaginar, reconozcamos el lugar. No escudriñemos. Volvamos la vista atrás para ir más adelante. Todo empezó con un mirar en la penumbra, los ojos clavados en un perfil brumoso, el rayo verde al que aspiramos en cada puesta de sol.

A veces, las prisas nos dibujan un tirabuzón de miradas. No te las pierdas. Si vas a emprender un proyecto antes párate a mirar, luego a no mirar, para volver a mirar cuando hayas descubierto el secreto del lugar. Los romanos lo hacían. ¿Por qué no tú?

De amores llora una rosa / y le sirve de pañuelo / una blanca mariposa.

Mirar. Percibir. Escuchar el rumor del lugar. En la costa del tiempo yace varado un bote con el que huir de la isla. La caminata hacia la nave es larga, pero sé que llegaré. Volver a mirar. Vivir. Escapar.

Sin tu remo de cristal yo no sabría navegar.

Fernando Gallardo

La isla remota

Moais enla isla de Pascua

Me he despertado esta mañana en uno de los lugares más recónditos del planeta: la isla de Pascua. Yazco solo en mi habitación cuando amanece. Entra aire perfumado del mar y del bosquedal cercano a través de los filamentos que en los paramentos ha tenido a bien diseñar el arquitecto Pepe Cruz. Hablo del hotel Explora Rapa Nui, perdido en la soledad insular de los moais y los canchales de lava. Me siento aterrado y, a la vez, feliz. Nada se mueve afuera. Ni una hoja, ni un ave matutina, ni el fulgor del sol a través de las nubes que abrazan la isla desde su horizonte oceánico. El continente queda a 4.000 kilómetros de aquí. La ruina, mi Ruina habitada, algo más lejos: 17.000 kilometros.

A pie, a nado, no podría acometer de ningún modo la tarea del regreso. El aeropuerto permanece clausurado hasta dentro de dos días, que es cuando viene de vuelta el avión de Tahiti, hace escala en la isla y aterriza en Santiago de Chile. Llueve en mi memoria los párrafos que tanto me entusiasmaron en mi juventud sobre la expedición Akali de Santiago Genovés. Un grupo multiétnico de personas encerradas en una balsa a través del océano Atlántico. El antropólogo mexicano estudió así la teoría de la inescapabilidad. Cuando se vive encerrado sin la menor posibilidad de salir o nos amamos o nos devoramos. O primero nos destrozamos y luego nos convencemos de que lo mejor es sobrevivir en grupo, comprendiéndose y amándose.

Rapa Nui me devuelve a la realidad. De aquí no puedo salir. El gran expedicionario Thor Heyerdal, que anduvo por aquí descrifrando el misterio de estas estatuas de piedra, proponía la entelequia del estudio para valorarse personalmente. Sólo las personas que se valoran lo suficiente, sentenciaba, reúnen las fuerzas debidas para escapar de la prisión en que te encuentras por circunstancias sociales o geográficas. Pascua te impulsa al éxtasis y a la liberación. Es un tónico del sueño humano. La poesía de la soledad. El grito natural de la libertad. ¡Qué gran lección vivir encerrado y aprender en tu encierro a romper las cadenas! Pero, ¿de verdad queremos ser libres o sufrimos acaso el miedo a la libertad?

Quien recale alguna vez en Pascua debería portar como manual de viaje el libro de Erich Fromm, el Miedo a la Libertad, sí. Porque la aventura de la vida nos aproxima a esa inescapabilidad que decía Genovés, tan rica para comprender a tu vecino, tan expansiva para el amor verdadero.

Tales fueron algunas de las conclusiones a que llegamos el primer día de nuestras jornadas en Valparaíso. Jesús Castillo y yo tuvimos la fortuna de presentar ante un auditorio de más de 200 empresarios hoteleros, inversores financieros, arquitectos, diseñadores y estudiantes de hostelería nuestra visión de la Arquitectura de los Sentidos. La visualización de las imágenes sobre La Ruina Habitada impactó a todos. Los debates posteriores fueron fructíferos. Y no digamos las oportunidades de cambiar la faz de la ciudad oceánica con proyectos hoteleros de nuevo cuño que nos han decidido a exponer en España un plan inversor para el hotel de los sentidos. Pero lo verdaderamente rico fue el sentar las bases de esta nueva generación de hoteles que se perfila en el horizonte del viajero hedonista.

El hotel de los sentidos, convinimos entre todos, debe instaurar una liturgia de aproximación al mismo desde las propias condiciones de acceso, lo que ha significado para muchos de los asistentes a las jornadas una contravención de su ideario hotelero. Se debatió aquello porque en Chile, país aislado en los confines australes del planeta, lo prioritario en la memoria colectiva es comunicarse, tender puentes y, al final, carreteras que desvirguen los últimos territorios indómitos de la Patagonia, el desierto de Atacama, la Antártida o la isla de Pascua. A muchos chilenos les resulta incomprensible una propuesta contraria. No entienden las ventajas del aislamiento, ni que una parte de los beneficiados por la sociedad del bienestar frivolicen ahora sobre el atractivo de lo remoto en sus hoteles. Si pudieran se pagarían una carretera de asfalto hasta el mismo corazón del Paine o de Rapa Nui.

Y, sin embargo, la propuesta de un hotel de los sentidos obliga a que ya desde su acceso se articulen esas liturgias que nos transporta al mundo de los sueños y no de las realidades mundanas. Cuando más inaccesible sea un hotel, mayor será la aventura de su aproximación. Cuanto más lejano, mayor el deseo de llegar hasta él. A los chilenos que sufren las inclemencias de lo remoto les explicamos que un hotel en España, la Torre del Visco, constituía precisamente por su dificultad de acceso un atractivo mayúsculo para la clientela europea, que no puede cubrir 10 kilómetros de asfalto sin topar con alguna población de cierta entidad. Lejano o inmediato, nuestro hotel soñado debe invitarnos con pausa a entrar. Debe procurar que nuestro viaje de acercamiento sea prolongado y sugestivo, lleno de sensaciones. Dueño de una liturgia de bienvenida imaginativa.

El valor de lo remoto estriba en la poesía de la soledad. Es la primera sensación que he tenido esta mañana al despertar. Tres mil millas de océano a mi frente y a mis espaldas. Estar en una balsa o volando por encima de un volcán. Un auténtico alarido para los sentidos. El vértigo del vacío. Nuestro instinto de alerta más primitivo.

Fernando Gallardo