Leo en Expansión un brillante artículo de Marta Fernández Guadaño subtitulado Dónde y cuándo es rentable la gastronomía privada. ¿Acaso tiene viabilidad un restaurante de una sola mesa?, se pregunta la periodista en su blog Gastroeconomía. Y pone como ejemplo el caso de Mibu, en el lujoso barrio de Ginza, Tokio, donde el matrimonio Hiroyohi y Tomiko Ishida ofrecen cada día la superlativa cocina kaiseki a ochos únicos comensales que pagan por este privilegio unos 25.000 yenes (205 euros) y cuyo ritual ha encandilado a cocineros españoles tan reputados como Ferran Adrià, Juan Mari Arzak, Carme Ruscalleda y Andoni Luis Aduriz.
Las malas lenguas añaden que Adrià cierra ElBulli para montar un restaurante de una sola mesa, probablemente en su casa, y darse el gustazo de cobrar los 400 euros que hoy cuesta el happening gastronómico en Cala Montjoi pero en torno a una sola mesa, sin las complicaciones inherentes a un negocio con 75 empleados y la gestión estresante de una larga lista de espera. En su artículo, Marta Fernández apoya el argumento a favor de la rentabilidad de una iniciativa así por boca de sus cocineros entrevistados (Quique Dacosta,

Pipas de mandarina… Gominolas de shiso… Galletas de tomate… Orquídeas de pasión… Bombones de piñones al chocolate… ElBulli me ha devuelto ayer la ilusión desvanecida la temporada anterior. Con la boca pequeña -uno siempre tiene miedo a equivocarse- ya había comentado que Ferran Adrià se había distraído en demasía con sus conferencias internacionales, sus Madrid fusiones, sus altos vuelos artísticos en la Documenta de Kassel y sus apasionados viajes por el continente asiático en compañía de Isabel, su mujer. La desgustación, el año pasado, me pareció en exceso golosa, reiterativa, larga, superpuesta en sabores y algo confusa en su secuencia. Ojo al ídolo, advertí, que se nos puede caer aunque no tenga los pies de barro. Y parece que gracias a Dios, que comparte con él sus alturas, el mito sigue vivo. Vivito y coleando por un año más.