Las camareras voladoras

Al final de una cena exquisita, y solo en el momento de servir los postres, a una de las camareras le tembló el pulso e hizo gorgotear el agua mientras servía el vaso. Diablos, ¿qué ha sucedido? Enseguida mi acompañante y yo nos hicimos eco de la desdicha. Se había producido una ruptura fatal en la cadencia armónica del servicio, un descuido imperdonable en la quietud del comedor, por culpa seguramente de un paso anticipado o de un gesto retrasado. El ambiente, de repente, rompió su estro zen. Como un navajazo, todas las miradas confluyeron hacia aquel vaso de agua en cuyo regazo se había percibido un leve, pero ostensible, gorgoteo. La camarera, avergonzada, se disculpó con una sonrisa amable de que le hubiera sonado el agua en su servicio y, además, una gota se eyectara sobre el mantel mojándolo en un puntito ámbar. No pasa nada, es solo una gota de agua, le susurré mientras intentaba secarla con la yema de mi dedo índice. Pero el mal ya estaba hecho. La paz celestial de aquel lugar se turbó al restallar en el aire envolvente de la mesa un ¡glup! seguido de un ¡clap!

Es tal el refinamiento vivido esta pasada noche de marzo en el hotel Mandarin Oriental Barcelona que cualquier siseo pudo quebrar sin quererlo el concepto sublime del silencio y la fragilidad comensal. Seguramente el lector yace atónito por la importancia que le estoy concediendo a semejante nimiedad. Qué tontería, pensará. Negar una liturgia de servicio como Sigue leyendo