Arquitectura que da gusto… o no

Como muchos de vosotros ya sabéis, recientemente distintas actividades nos han llevado hasta otras latitudes. Del Seminario Internacional de Arquitectura de los Sentidos ya ha dado buena cuenta Fernando Gallardo, que se ha erigido en cronista oficial del evento. En breve intentaré cambiar el grafito por la pluma y trataré de esbozar una visión propia de lo que allí aconteció, pero hoy quiero hacer una pequeña reflexión en torno a otro asunto que me llevó a ese paraíso austral que es Chile.

Mi destino estaba a dos horas de vuelo al sur de Santiago, sobrevolando el volcán Osorno, a cuya base bañada por el lago Llanquihue se desplazan en penitencia sensorial numerosos japoneses  a admirar la perfecta geometría de su cono que quiere competir con el sagrado Monte Fuji. Desde el aeropuerto de Puerto Montt, unos kilómetros más en auto, transbordador y llegada a Ancud, capital de ese archipiélago salpicado de diminutas islas que es Chiloé. Allí tuve la suerte de recorrer algunas de las iglesias de madera de la Escuela Chilota que en estos momentos se están restaurando, y lo hice en la perfecta compañía del director de la Fundación de amigos de las iglesias de Chiloé y de representantes de la Subdelegación de Desarrollo Regional del Gobierno de Chile, organismo éste que junto con la Dirección General de Arquitectura se ocupan de su restauración.

Las iglesias de Chiloé están construidas enteramente en madera, utilizando en su construcción más de 19 tipos distintos de maderas nativas (hulmo, tineo, ciprés, coigüe, alerce),  según su función estructural, constructiva… Una de las iglesias que visité, la de Quinchao, me hizo recordar un debate que se suscitó hace unos meses en torno a la relación entre la arquitectura de los sentidos y la arquitectura románica. En aquella ocasión constaté la exaltación de los sentidos que provoca la contemplación de un espacio románico. Pero en la iglesia de Quinchao descubrí algo más. Descubrí cómo algunos sentidos como el gusto podían no sólo explorar nuestro lado sensorial, sino que su aplicación tenía gran carga de oficio constructor. La utilización de las distintas maderas provoca un sin fin de matices en nuestra pituitaria, que inmediatamente se ve saturada por el penetrante aroma del cedro (de nuevo el material nos evoca los templos orientales). Del conocimiento de estas maderas nativas se observa la utilización de la madera de canelo (muy ácida) para cerramiento y por tanto protección de otras maderas muy jugosas para xilófagos de distinta procedencia.  El paladar de estos pequeños intrusos determina la elección del material de construcción de los templos.

Estos matices y muchos más los que podemos encontrar en este más de medio centenar de iglesias de la escuela chilota (16 declaradas recientemente Patrimonio de la Humanidad) que se encuentran esparcidas por ese paraíso natural que conforma el archipiélago. ¿No son éstos ejemplos válidos de la Arquitectura del Gusto?

Por cierto, en mis conversaciones sobre cómo potenciar el desarrollo de la región se sugirió la creación de una infraestructura hotelera de calidad ubicada de manera dispersa por las pequeñas islas, a las que, recuerdo, hay que acceder únicamente por mar, ya que el intento de construir un puente fue recientemente abortado. Interesante ¿no? ¿Alguien se anima con un hotel allí?

Jesús Castillo Oli, arquitecto |

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