La alegría incomprendida de mis fracasos

matrazInnovar es difícil, se oyó decir en las pasadas Jornadas de Innovación Hotelera Lisboa 2012. Durante las sesiones de taller creativo, que en esta ocasión estaba dedicado al diseño de liturgias en el hotel, la conclusión aplastante de uno de los grupos de trabajo fue que las ideas no caían del cielo y costaba un potosí hacerlas volar. Innovar es difícil porque se requiere práctica para ello. Aprendizaje y mucha práctica, como el desarrollo mismo de la creatividad.

Uno nunca sabe en qué posición sentarse o estar de pie para crear algo. Puede parecer estúpido, pero la ausencia del fluido inspirador le hace a uno moverse más de lo necesario. Se requiere contención, concentración, humildad. A veces, el proceso de creación es piramidal. Colocamos primero la base de nuestro conocimiento. E investigamos. Con lo aprendido, llenamos el siguiente piso de la pirámide. Y luego el otro. Y el otro. Finalmente alcanzamos la cumbre, el resultado. Todo lo que hay debajo es conocimiento acumulado, reflexión, cooperación, estructura y, por qué no, genialidad. Lo que culmina la pirámide es la creación misma. Y, más arriba, el cielo protector, la nebulosa estelar, algo nuevo por conquistar. Pues la creatividad no termina nunca.

Otras veces, la creatividad es una cuerda que se cimbrea en el espaciotiempo. Y en cada curva de la ola aparece una idea, un aporte, un sesgo de conocimiento. En cualquier latitud, como una resonancia, se columbra la idea final y el destello de la creación.

Imaginemos también una cosmología de branas en agitación, como sostiene la teoría de las supercuerdas y los universos paralelos. Ahí mismo, y allá, y acá, y arriba o abajo, a un lado y a otro, todo, rigurosamente todo, son creaciones intermitentes, supersimetrías virtuales. Espejismo de una creación que percibimos, aunque incipiente aún en su configuración perceptiva.

Sí, crear algo nuevo es muy difícil, pero se aprende. Aplicado al ámbito hotelero, lo que evidenciaron las Jornadas de Lisboa fue un obstáculo mucho mayor que la propia dificultad de crear. El miedo a no crear.

Tuve una madre científica que, durante mis años escolares, me hacía recorrer a pie el corto trecho existente entre mi colegio y su laboratorio antes de volvernos juntos a casa. Era una de las pocas investigadoras en el mundo que entonces experimentaban con la espectrofotogrametría de absorción atómica. Tarde a tarde me hacía entrar en aquel ‘entreprise’ de hornos, probetas, luminarias iridiscentes y calculadoras mecánicas de vástagos asimétricos (entonces no había ordenadores). Y observaba cómo sus experimentos fracasaban uno detrás de otro. ¿Lo has encontrado?, le preguntaba, como si del bosón de Higgs se tratara. No, respondía, mientras colocaba de nuevo todo el instrumental a cero, listo para el siguiente ensayo.

Calculo que mi madre  fracasaba el 99 por ciento de las veces que programaba un experimento científico. Y vuelta a empezar, para desesperación, supongo, de los rectores del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, con su prócer y amigo José María Albareda al frente. No había presupuesto ni programa que dejara intactos. Todo se lo fundía, sin aspavientos, entre la pirotecnia de las centrifugadoras y los bombardeos del primer microscopio de efecto túnel que se utilizó en España. ¿No te cansas de hacer cosas para nada?, le preguntaba infeliz por tanto fiasco.

Cuántas veces he escuchado la misma pregunta de no pocos hoteleros, bien hartos de que las cosas no salieran como ellos deseaban. Cansa intentarlo y no conseguirlo, ¿verdad? Acabas renunciando por siempre a la creatividad, de ahí que en España hoy los experimentos hoteleros se hagan con gaseosa. A mi madre se le escapaban de vez en cuando los gases de matraces, buretas, vasos de precipitado y hornos de vacío. Apuntaba rutinariamente los análisis en un bloc cuadriculado (no existía entonces la hoja de cálculo Excel), con meticulosidad y sin asomo de desesperación. Eso sí, su rostro irradiaba felicidad cada vez que descubría algo. Le movía la pasión en lo que hacía, que para mí era una lección de perseverancia.

Uno de cada 99 experimentos le salían bien. El resto era borrón y cuenta nueva. Qué desgaste más absurdo, le espetaba a lo lejos mientras ella se absorbía en su laboratorio con el coloide extraído de una pipeta. A fin de no aburrirme, me dedicaba entre tanto a jugar con los dimetiles y los cloruros intentando cambiarle el color al tornasol que, en el CSIC, certificaba una textura más consistente de aquella que traía mi caja de Cheminova. Un día, mi madre me vio afligido y consideró llegada la hora de darme un repaso.

¿Crees de verdad que 99 de cada 100 experimentos fallan? Pues no lo creas, porque esos 99 supuestos fiascos son logros en mi investigación. Con ellos descubro qué no hacer más, cuáles vías no seguir y hacia qué banda del espectro me debo mover en el siguiente análisis. Todo fracaso es un aprendizaje en el proceso de la creatividad.

Desde entonces, equivocarme me hace una ilusión espantosa. Cuando terminé los estudios le comuniqué a mi madre qué iba a ser de mayor.

— Un explorador.

Fernando Gallardo |

2 comentarios en “La alegría incomprendida de mis fracasos

    • Será un honor husmear entre tus nuevas instalaciones. Todo lo que hace Juan Pablo Felipe promete. De casta le viene al galgo. Y de tropezones se crean mejores posadas. Juan Pablo Felipe ha tropezado en alguna ocasión. Por eso sabe mejor que nadie qué no hacer. Por eso su nuevo emprendimiento es prometedor. Yo lo sigo a él desde hace muchos, muchísimos años.

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