El ritual de las sombras

«Aquí la luz esculpe sombras en las rocas», me ha dicho esta mañana Felipe MacLean, gerente del hotel Alto Atacama, en medio del desierto de su mismo nombre. O, más precisamente, en medio de un circo rocoso espectral que me tiene subyugado desde hace un par de días. La frase no fue gratuita ni improvisada. Nos hemos pasado 48 horas reflexionando sin parar sobre la Arquitectura de los Sentidos y qué sentido tiene esta disciplina en el diseño de un hotel singular. Tras observar la atormentada morfología del paisaje, imbuirse gratamente de la genialidad del lugar, analizar en profundidad los pormenores de lo allí construido y saboreado un sorbete de guayaba bajo la sombra de un algarrobo descomunal, solo quedaba concluir que la experiencia allí vivida no tiene un ápice de circense, ni un atisbo de parque temático.

El desierto alrededor nos es tal cual. Sobrecogedor. Desgarrador. Magnético. Vibrante. Inasible. E insondable.

«El hotel debe interpretar el lugar, solo eso», añadí. Me ha dado siempre miedo ese tópico buenista de que los hoteles deben integrarse en el paisaje, a veces fundirse con él. Temo que esa fundición signifique camuflaje, es decir, un atavío de artificialidad para no robarle protagonismo al entorno. Y, ¿qué puede sugerir la integración? ¿Acaso una pérdida de singularidad? ¿Una merma de personalidad? ¿O una negociación artificiosa entre lo existente y el poder ser? No, la arquitectura que proponemos, el arte sensorial, se erige en valedora del paisaje porque lo interpreta, extrae de él todo su valor, postula su condición y valida su atractivo esencial.

Volvemos a la Arquitectura de los Sentidos como un panegírico de las emociones. La luz no debiera reflejarse en el objeto más allá de lo verdaderamente esencial. Por eso iluminamos mal, porque no aprehendemos la simpleza de lo existente y nos sube el ego eso de mostrar la complejidad emocional en una paráfrasis de Sartre en su Bosquejo de una teoría de las emociones. Volver a lo simple, realzar lo básico, se convierten en los atributos de nuestra condición humana.

La luz, así vivida, ejerce de escultora en nuestros más profundos deseos y ensoñaciones.

Me gustaría compartir aquí algunas imágenes de este ritual de luces y sombras:

La cucharada de arena

Ya están aquí…

Ellos son ellas

Singing in the age

La flecha de oro

Horizonte sintáctico

Cuchillos en el barro

Seca geometría

Las mil y una puertas

¿O eran mil solamente?

Y otra pregunta intencionada: ¿qué hotel conoces en el que la luz esculpa sombras?

Fernando Gallardo (@fgallardo) 

Colectivo Valparaíso

Colectivo Valparaíso

La aproximación al Hotel de los Sentidos sigue su curso. En Chile, los cinco arquitectos que constituyen nuestro denominado Colectivo Valparaíso se reúnen periódicamente a analizar las posibilidades técnicas del proyecto, formular nuevos conceptos en su diseño, localizar los lugares más viables para su construcción y negociar con los propietarios y las autoridades locales todo lo necesario para que este hotel vea la luz con seguridad.

Estamos estimulando a este colectivo, desde España y desde Chile, para que extraigan de sus quehaceres lo mejor de sí mismos. Que nadie dude de que lo vamos a conseguir.

Éstos son sus perfiles:

 

Carlos Seisdedos Utrera

Arquitecto, nacido en Iquique (norte de Chile), 35 años, casado y con una hija. Su especialización en Patrimonio lo hace proclive a desarrollar conceptos inherentes a la ciudad de Valparaíso, Patrimonio de la Humanidad. “Estudié y trabajé en turismo por aquellos lares que me vieron nacer, generando un fuerte interés por el desierto y su habitar. Luego emigré a Santiago para terminar mis estudios de arquitectura, hasta que fui invitado o convocado hace cinco años por el arquitecto Carlos Urquiza para trabajar en el desarrollo de varios proyectos de hotelería, turismo y  gastronomía en Valparaíso”, así se presenta 6D2.

“Hemos logrado armar una oficina especializada en rehabilitación y revitalización de inmuebles con valor patrimonial. Nuestro desempeño independiente profesional nos ha llevado a desarrollar proyectos en diferentes lugares, desde proyectos de recuperación de oficinas salitreras y construcciones en tierra, en el norte de chile, proyectos turísticos en el Valle de Elqui, proyectos hoteleros y gastronómicos en Valparaíso y también en Santiago”, señala el autor de Casa Higueras, probablemente el hotel más lujoso de la ciudad y pionero en el concepto de hotel boutique que hoy afama a Valparaíso.

Carlos Seidedos y Carlos Urquiza dirigen actualmente la recuperación de una casa victoriana en el cerro Playa Ancha para uso hotelero con un alto nivel de diseño y decoración. Otros proyectos relevantes en la misma ciudad son Hotel del Vino, en el cerro Concepción , y un lodge ecológico en las islas Galápagos, Ecuador.

“Incubado en un taller de esta misma temática en el que tuve la suerte de participar, el proyecto del Hotel de los Sentidos propuesto por Fernando Gallardo y Jesús Castillo Oli supone un gran desafío personal, pero a la vez lo veo como un gran aporte a la arquitectura y hotelería que logrará revitalizar mucho más que un  inmueble de valor patrimonial; revitalizará, por sinergia, la ciudad entera de Valparaíso”, concluye este arquitecto.

 

Patricia Ojeda del Río

Arquitecta, nacida en Lovaina (Bélgica), 41 años, soltera y sin compromiso. Su peripecia familiar explica gran parte de su itinerario vital: “ luego de unos años entre belgas, mi familia se trasladó a Santiago de Chile, pero el Golpe Militar actuó como un revulsivo determinante para nuestra partida a Caracas, Venezuela. Allí vivimos ocho años, y asistí al colegio de la Alianza Francesa”. A los 15 años, Patricia regresó a Chile para terminar su educación en otro colegio de habla francesa. “Estas experiencias de cambio de países y culturas me exigieron la adaptación a diferentes culturas, lo cual ha sido determinante en mi carácter y forma de ver el mundo”, subraya la arquitecta, quien estudió más tarde Psicología y luego ingresó en la Escuela de Arquitectura de la Universidad Nacional Andrés Bello, donde obtuvo su licenciatura en el año 2000.

“En estos ocho años y pico me he dedicado al quehacer de la arquitectura en el ámbito público, desarrollando proyectos de educación pública como escuelas básicas, liceos de enseñanza media y escuelas para niños de riesgo social”, informa Ojeda, cuyos trabajos han sido publicados en las ediciones del Ministerio de Educación Pública. Por otro lado, en el ámbito de la arquitectura patrimonial ha participado en la institución que tiene la tuición de los edificios protegidos por la Ley de Monumentos Nacionales, el Consejo de Monumentos Nacionales.

“Hace un año decidí ejercer la profesión de forma independiente y en este tiempo he diversificado las áreas de acción diseñando proyectos habitacionales, proyectos de arquitectura interior, realizando un plan de manejo para Monumentos Históricos y también en aquel inolvidable Taller de Arquitectura de los Sentidos que organizaron en agosto 2008 el arquitecto Jesús Castillo y el crítico de hoteles Fernando Gallardo”, concluye Patricia Ojeda, quien anda ahora enfrascada en el estudio dinámico de la espiral de los sentidos y en diversos proyectos relacionados con los anhelos del ser humano que va a habitar la arquitectura.

 

Fernando Vogel

Arquitecto y Diplomado en Gestión Inmobiliaria en la Pontificia Universidad Católica de Chile. Master en Restauración Arquitectónica en la Universidad Internacional SEK. Tras haberse especializado en temas urbanos durante los últimos años de Universidad, trabajó en diversas consultorías urbanas en la segunda mitad de los años 90, periodo que aprovechó para viajar por Europa, Estados Unidos y Latinoamérica en el conocimiento de proyectos urbanos y arquitectónicos de interés. Además participó en diversos seminarios y congresos, como el de la Unión Internacional de Arquitectos en Barcelona, en 1996.

“Después de verificar empíricamente la baja proporción de proyectos urbanos que en nuestro país llegan a ejecutarse según criterios de calidad arquitectónica, decidí montar una oficina dedicada al desarrollo de proyectos de arquitectura y asesorías integrales, incluyendo el área legal”, enfatiza Vogel. A partir de ahí comienzan a llover los encargos: restaurantes, bares y cafés, como los del microbarrio santiaguino Concha y Toro, que debería ser considerado por los padrinos del Proyecto Valparaíso. Su trabajo consistió en el diseño arquitectónico de estos espacio, la elección de lugares de emplazamiento e incluso la obtención de las autorizaciones de funcionamiento. “De la misma manera he abordado diversos proyectos de carácter industrial”, rubrica el arquitecto, para quien su disciplina incluye también “la búsqueda de diferentes formas de abordar los proyectos, el trabajo multidisciplinario y la intención de lograr una mirada integral y propia de la arquitectura”.

Varios de los encargos implicaron intervenciones en edificios de cierto valor patrimonial, que le condujeron a obtener un Máster en Restauración en 2005. Desde esa fecha ha participado en distintos seminarios para profundizar principalmente en esa temática. Entre los proyectos que tiene entre manos se cuentan “dos anteproyectos que actualmente estoy elaborando para Hoteles Históricos en algunos barrios patrimoniales de Santiago, y un análisis preliminar para un hotel con encanto en la costa central de Chile”, anuncia Vogel, que se confiesa además fiel lector de la guía de Hoteles con Encanto, de EL PAÍS-Aguilar.

 

Rodrigo Asencio Angulo

Arquitecto por la Universidad Mayor de Santiago de Chile, realizó sus estudios de primaria y secundaria entre Chile y Venezuela, adonde vivió siete años, en la capital, Caracas. “La opción de la arquitectura como forma de vida la tomé al entender que es la profesión más versátil”, interpreta Asencio, “donde se debe entender el desarrollo de todas las actividades para las q
ue se crean los espacios”. Al término de su carrera universitaria, trabajó en el servicio público durante cinco años, en SERVIU Vª Región, donde adquirió la experiencia necesaria en la construcción y en el diseño de proyectos gubernamentales, así como en el desarrollo social y urbano.

Paralelamente se perfeccionó en la prevención de riegos, incendios, etc., y obtuvo en la Universidad de Chile un Diplomado de Gestión Inmobiliaria, para abordar enseguida metas mayores, como el Máster en Medioambiente Urbano y Sostenibilidad (MAUS) que realizó en la Universidad politécnica de Catalunya, Barcelona. Al regreso de España se desempeñó en proyectos privados de desarrollo urbano. “Comencé entonces a trabajar en proyectos de remodelación y puesta en valor de inmuebles patrimoniales con mi propia empresa, ARQAS Arquitectura, Diseño y Construcción. Actualmente estoy desarrollando en Valparaíso diversos proyectos de turismo y gastronomía. Estos proyectos involucran desde la arquitectura a su materialización, pasando por el diseño de muebles, lámparas y todos los elementos que se incorporan en dichos proyectos”, informa el arquitecto.

Recientemente le fue adjudicado un proyecto Sercotec a través de su Taller de Carpintería Patrimonial, donde no solo se fabrican muebles de diseño, sino que se trabaja en la recuperación de inmuebles y la puesta en valor de los espacios, desde la estructura hasta los detalles constructivos.

“El atractivo que encontré en el Hotel de los Sentidos va muy de la mano con lo que me estoy dedicando hace algunos años, justamente trabajar con los sentidos de los que habitan los espacios”, subraya Asencio. “Quiero proponer allí experiencias únicas”.

 

Isabel Soto Luque

Arquitecta por la Pontificia Universidad Católica de Chile, recibió su titulación superior en 1984. En estos 20 años de ejercicio profesional, ha desarrollado su profesión en el ámbito del diseño y la construcción de viviendas, equipamiento y arquitectura interior en el Litoral Central de Chile, principalmente en Santo Domingo y San  Antonio. Es, actualmente, la coordinadora del Colectivo Valparaíso.

“Mi especial interés ha sido generar obras que dialoguen con el entorno, incorporen al sol  y acojan profundamente la vida de sus habitantes”, declara por principio Soto Luque, quien se confiesa una apasionada de la fotografía “como una forma de creación paralela que me permite canalizar mi búsqueda de color y texturas para la arquitectura”. Y añade: “en estas últimas fechas estoy incorporando nuevas exploraciones a mi quehacer; la realidad es multidimensional y compleja y surgen temas diversos que establecen insospechados cruces, como el trabajo comunitario, el patrimonio, la sustentabilidad, la armonización espacial y, muy recientemente, esta Arquitectura de los Sentidos que nos tiene reunidos a cinco arquitectos jóvenes chilenos en el apasionante experimento del Colectivo Valparaíso”.

 

Doy fe, porque fui testigo excepcional del taller, de que este colectivo de cinco arquitectos auxiliado espiritualmente por el autor de La Ruina Habitada, Jesús Castillo Oli, van a engendrar un proyecto sin parangón ni límites. La sangre que corre por sus venas es creativa, imaginativa, subversiva, extraordinariamente fértil en la conceptualización de los espacios. Pero, además, es una sangre cálida que acoge volúmenes, materiales y almas de personas. En un fluido generoso, curioso, avispado, lleno de sensibilidad y no exento de sentido práctico. Son promotores y albañiles de sus propios edificios. Por eso, porque no se les caen los anillos por trabajar en lo que aman, se han guardado en el armario todo el ego de los arquitectos y se han unido para alumbrar un experimento que nadie sabe cómo saldrá. Ni ellos mismos. Solo saben, como sé yo, que cinco mentes engendran más que una. Y que el resultado final estará más próximo que cualquier otra idea a esa terra incognita de los antiguos mapas que despiertan hoy nuestros sueños.

Pura razón de vida.

Fernando Gallardo

Discapacidad para acomodarse mal

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Me propone Leda Giordano que escriba algo en el Foro sobre la accesibilidad en los hoteles.  “El Nautilus ya tiene 25 bungalows adaptados, rampas y baños sin barreras, y pronto la piscina será accesible también. El amor, la unión y la colaboración mueve planetas. A ver si entre todos conseguimos una isla sin barreas”, me cuenta la directora del hotel Nautilus Lanzarote Art&Biosphere Bungalows. Luego opina que la accesibilidad  no quita que los hoteles sean también bonitos, sin que parezcan “verdaderos hospitales con mal olor”, como ha visto en otros lares, y que su Nautilus acaudala obras de arte en cada rincón, pero es accesible y acogedor.

A continuación me adjunta un documento de la asociación de personas con movilidad reducida Palante, firmado por Estrella Nicolás. En él subraya la escasez de hoteles realmente adaptados en España, por lo que “sería interesante que alguien tratara los temas de la total accesibilidad dentro de estos recintos, desde el comedor y self service al acceso a bañarse en la piscina, por poner un ejemplo. El tema del transporte es fundamental, al igual que el hecho de que se cumpla la normativa en restaurantes, pubs o cualquier local comercial. La prioridad es que al hacer estos lugares de acceso universal lo hagan seria y responsablemente, de manera que luego no nos encontremos con sorpresas (rampas-trampas…) que finalmente no den soluciones y hayan generado un desembolso importante de dinero.”

También reflexiona sobre el acceso en Lanzarote hasta la misma orilla de las playas, así como “la posibilidad  de movernos libremente por zonas como Puerto del Carmen, donde hay una temperatura… terapéutica.” Y sigue diciendo que “lograr la mayor independencia en entornos de ocio y naturales (playas) como éstos es imprescindible y lo es por derecho, sin que generen ningún impacto medioambiental y respeten los valores de sostenibilidad.”

Finalmente, Leda me adjunta otro documento suscrito por Miguel Ángel Oribe pidiendo a las autoridades turísticas de la isla el acceso a diversos puntos turísticos en silla de ruedas. “Sería oportuno revisar los puntos turísticos de la isla como el Mirador del Rio, los Jameos del Agua o el Jardín del Cactus”, señala el remitente, “a fin de crear un camino liso en todos ellos con un ancho de 1.10 aproximadamente para que las personas en silla de ruedas podamos visitarlos con comodidad.”

Confort, accesibilidad, adaptación… Siento que mi opinión contraria a esta fiebre de lo accesible no sea la políticamente correcta. Llevo 22 años incluyendo un dato informativo sobre la accesibilidad del hotel en cada una de mis críticas semanales en El País. Lo mismo hago con meticulosidad en todas y cada una de mis guías, publicadas por El País-Aguilar. Y también con las fichas referidas a cada establecimiento de los recomendados en Notodohoteles.com. Participo cada dos años en el jurado de los premios Gran Hotel, uno de ellos dedicado especialmente a los hoteles accesibles. Y creo que he conseguido más por los colectivos de discapacitados que algunos de los que hoy se postulan como redentores de la humanidad inhábil.

Pero lo que me parece un auténtico desvarío es pretender que todos lleguemos a todos los sitios. Lo digo en alto: soy un discapacitado. Desde que vi en televisión, aquella noche de julio de 1969, el pie de Armstrong en la luna soñé que con el tiempo yo también pisaría la superficie lunar. No puedo. Años más tarde, quise emular a Alain Prost y ser piloto de Fórmula 1. No logré vencer el miedo de ir a 300 kilómetros por hora, ni tampoco quería acabar como su contrincante Airton Senna. En mis excursiones veraniegas por las montañas sufro tanto que ya me he convencido de no poder escalar jamás el Everest.

Soy un discapacitado, un hombre limitado físicamente para acometer muchos de los objetivos que puedo desear. Y, sin embargo, no soy un infeliz. Me habría entusiasmado vestir alas, como otros seres vivos. O tener branquias que me permitieran extasiarme con los fondos marinos sin controlar el aire que me queda en la botella. O ser araña y tejer un hilo que me ascienda a la estratosfera. Pero vivo feliz pese a mi incapacidad vertebral, pulmonar, pterigógena.

Así que no pretendo llegar a todos los sitios a costa de devaluarlos o quebrar su mítica de inalcanzable. No estoy de acuerdo con tender una escalera al cielo, aunque idolatre a Led Zeppelin. Ni con elevar un teleférico hasta la cumbre del Aconcagua. Ni con llevar electricidad a la Habitación de Cera, en la cima del Roc del Maure. Ni con abrir una carretera hasta Bulnes, en los Picos de Europa.

Tampoco estoy a favor de la comodidad a ultranza, de ese concepto enfermizo de accesibilidad que sacrifica la historia, la condición auténtica y el valor arquitectónico de un castillo medieval al instalar un ascensor para acceder a sus almenas, como se ha hecho en más de un parador de turismo. La escalera para quien la trabaja. La cumbre para quien la respira. La verdad para quien detesta la mentira.

Tal vez no podamos alcanzar cumbre, como Hillary, pero ella está ahí y eso le otorga un valor especial. Uno de los hoteles más apasionantes de la península Ibérica, La Reserva Lodge, atrae más que nada por su aislamiento: a él se llega por una pista de grava de 16 kilómetros prohibida a los vehículos particulares. El día que lo hagan accesible se habrá terminado el hotel.

Celebro que la hotelería española se haga más amigable con las personas sea cual sea su clase y condición. Que se tiendan puentes sostenibles a aquellos que los necesiten mientras no se lesione su carácter, ni el espíritu del lugar. Y seguiré informando a mis lectores sobre la accesibilidad de los hoteles que recomiendo. Pero jamás daré crédito a un plan de destrucción accesible o a una normativa que obligue a colocar una rampa cuando se ve que la pared invita a gatearla.

Seamos incapaces, minusválidos, de vivir cómodos a cualquier precio.

Fernando Gallardo

El vals de los sentidos

Stanley Kubrick nos dejó hace tiempo tras haberse consagrado como uno de los directores que más han buscado en la historia del cine la relación del hombre con sus sentidos. Ha pasado a la historia por ser un director diferente. Toda su filmografía es una muestra de ello.

Quisiera revisar su película quizá más admirada o espectacular: 2001, A Space Odyssey (2001: una Odisea del Espacio). Y quiero volver a algunas de sus escenas para justificar lo que voy a decir y dilucidar hasta qué punto se recrea el cineasta en la búsqueda de sensaciones humanas: la escena donde aparece un salón blanco con muebles rojos minimalistas [esta secuencia fue rodada íntegramente en el hotel SAS de Copenhague, diseñado por el genio arquitectónico de Arne Jacobsen].

Pensemos que la película tiene ya 40 años, y en esa escena todo son curvas en movimiento: las sillas, el decorado oval, la profundidad de la sala… El sonido monocorde de las voces que nos pega a nuestra butaca de espectador y nos hace sentirnos bien desde el inicio para escuchar… Para captar… ¡Da hambre…!

Sigue con la base espacial en forma de rueda que gira en el espacio a ritmo del Danubio Azul y que muestra a los astronautas en varios planos: unos llegando en su nave a la abertura central de la base que está en el eje de la gran doble rueda, otros trabajando en espacios perpendiculares al ángulo de atraque de la nave. ¿No hace lo mismo cada millonésima de segundo un espermatozoide para entrar en el óvulo?

Ahí, de nuevo, la curva es la línea dominante y la recta, aquella que la desafía. Después se observa a dos de los navegantes que duermen en un sarcófago de hibernación con un sueño que se sale bastante de lo que entendemos por sueño: es una mezcla de muerte y de vida… Otro navegante corre en la cinta de la rueda interminable cuya percepción principal para el espectador no es la carrera externa, sino la respiración interna y el fluido de la sangre que llega y sale del corazón para realizar el ejercicio.

Me llamó la atención también una de las escenas finales donde Bowman, el astronauta superviviente, aparece acostado en una cama de lo que bien podría ser un hotel, decorado entre un ligero rococó blanco de Carrara y un minimalismo visual, para concentrarse de nuevo en el actor. El acostado mira al techo impoluto y respira… No se mueve… Busca la mínima sensación perdida en la soledad. ¿Cuántas veces? Esto es lo único que el cliente desea encontrar en su cuarto, en posición horizontal, cuando todas sus células se reposan en un dulce contacto con las sábanas o el edredón. El resto del dormitorio sobra. Solo existe una sensación sublime de bienestar.

Por último, y en la búsqueda del símbolo que representa el traspaso del conocimiento o el momento de contacto en una etapa evolutiva del hombre, Kubrick encuentra un elemento arquitectónico simple y crucial en una losa negra, monolítica escultura que se mantiene en pie y que expone su desnudez, pero también su vida (expresada en las radiaciones que emite) para que simios, hombres y superhombres la toquen y se inyecten… Aquí es el sentido del tacto el rey. Y el del oído, la reina, que actúa de cuña para hacerse oir. De nuevo la sensación de tocar algo suave, black -y casi ilimitado como la pista de la cubierta de un portaviones para un mosquito-, prevalece ante cualquier otra sensación. La belleza del horizonte liso. La Losa Lisa.

Quien vuelva a ver la película encontrará 2001 detalles sensoriales que configuran esta obra de arte cinematográfica. Muchos de ellos, si no todos, podrían ser extrapolados a otra de las Bellas Artes: la arquitectura. Y a su nueva sobrina: la Arquitectura de los Sentidos.

Que no se acabe el vals.

Rafael Moreno, experto en márketing de hoteles

Un completo de rusticidad

Veo, veo. ¿Qué ves? Una cosita. ¿Y qué cosita es? Un hotel que empieza por la…

Iniciamos una nueva sección en este Foro que pretende analizar lo que vemos, solo aquello que vemos. Es, según una encuesta realizada en el marco de las Jornadas de Jávea, el sentido más valorado por la clientela de los hoteles que han participado en esta experiencia.

La vista nos aportará un elemento de reflexión. ¿Qué significa ser distinto, competir por ser distinto? ¿Estamos seguros de marcar diferencias cuando decimos que todas las habitaciones de tal o cual hotel han sido decoradas con su propia personalidad? ¿Nos gusta lo que vemos? O, ¿en qué medida nos disgusta?

La sección quiere abrir el debate sobre eso que vemos, nos guste o no. Para abrir los comentarios, nuestro arquitecto de cámara, Jesús Castillo Oli, autor de La Ruina Habitada, transmitirá su impresión personal acerca de unas imágenes de hoteles que no serán de ningún modo identificados. Así no heriremos a nadie…, pero sí le invitaremos a repensar su hotel.

A jugar…!

Un completo de rusticidad

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Jesús Castillo Oli, arquitecto: “La habitación responde plenamente al modelo neorural. A destacar las camas de hierro forjado (de imitación claro), la bonita lámpara de mesa de hierro forjado (nuevamente de imitación), el solado de gres colocado a cartabón con junta de un centímetro de cemento, el forjado de vigueta de madera y revoltón, la carpintería de madera con cuarterones (echo de menos el visillo de la abuela)… Los muebles, sin embargo, sí que mantienen el cojincito y el paño como Dios (o la abuela) manda. Y las colchas-jarapas, como siempre, aportando esa interesante nota de color. Al fin, la tecnología… Una pantalla de plasma que te crió de frente a la cama. O sea, un completo de rusticidad con toda su piedra vista.”

Antes de idear un hotel

Antes de la peluca y la casaca 
fueron los ríos, los ríos arteriales:
fueron las cordilleras, en cuya onda raída
el cóndor o la nieve parecían inmóviles:
fue la humedad y la espesura, el trueno
sin nombre todavía, las pampas planetarias.

monasterio benedictino de las condes Antes de la arquitectura fue el lugar, el centro desde la periferia, los ángulos obtusos y la vibración de la atmósfera respirable. Antes de la nada, el vacío, el éxtasis, el argumento. La emoción y la palabra. El tiempo sin nombre y sin números desde los altares impregnados de nuestros dioses.

Antes de la arquitectura fue un darse la vuelta y mirar de otro modo… Es lo que vamos a hacer en el desempeño de esta atónita creación que será el Hotel de los Sentidos, en Valparaíso. Y lo digo con el verso épico del Canto General porque el poeta, Neruda, me inspiró todo lo que poseo de América en su casa maldita de Isla Negra, a través de una larga conversación que sostuve con su última esposa, Matilde Urrutia, en el verano de 1980.

Qué hacer antes de la arquitectura es lo que todo promotor hotelero y todo arquitecto, por supuesto, debería plantearse en su proyecto. Qué hacer y nadie hace. Qué mirar y nadie mira. En qué inspirarse para encontrar ese geniecillo del lugar que nadie busca porque el negocio urge enjaezarse de pelucas y casacas.

Y luego pasa lo que pasa. Que las casas parecen barcos con un ojo de buey sin horizonte. Estamos demasiado acostumbrados a proyectos cojos o desvariados o insípidos o, en el mayor de los casos, seriados.

El Hotel de los Sentidos no nacerá así. Quizá resulte excéntrico, incomprensible, indeterminable. Pero habrá germinado tras un darse la vuelta y mirar con otros ojos. Es la decisión tomada, con buen sentido, por los arquitectos integrantes del Colectivo Valparaíso que acometen  estos días el proyecto liderado por un grupo de inversores españoles de diseñar un hotel experimental frente al océano Pacífico, en la bahía de Valparaíso.

Reunidos esta semana, los arquitectos pretenden explorar el paisaje de los sentidos para conectarse entre sí en un proceso colectivo de creación arquitectónica y, desde un nivel más profundo, abrir a los demás su espacio individual de percepción. Antes de la arquitectura, estos creadores se proponen gestionar cinco experiencias de observación en grupo:

1.- de arquitectura plena, con una visita al monasterio benedictino de Santiago un domingo a las 7am y asistir a la misa del alba, concelebrada por los monjes con cantos gregorianos.

2.- de marea de vida palpitante, con una visita a la Vega Central un día de semana en la mañana.

3.- de apertura de piel, con la visita al spa multisensorial de Kutralco, que acredita una buena arquitectura espiritual.

4.- de placer culinario, con una cata en la Escuela de los Sentidos y una probable cena en el restaurante experimental santiaguino Boragó.

5.- de trascendencia y de mirar las cosas con otros ojos, con una visita nocturna al Cementerio General de Santiago.

Y como no hay una sin dos, me pregunto cuál de los hoteles suscritos a este Foro realizó una introspección “antes de la arquitectura” en su inicio de emprendimiento.

¿Habrá quien responda?

Fernando Gallardo