La competencia de nuestros Paradores de Turismo

El XI Congreso de Empresarios Hoteleros Españoles, que organiza la patronal CEHAT, ya ha nacarado su perla habitual, como viene ocurriendo cada vez que estos empresarios se reúnen. De todoparadores se habla estos días en Santiago de Compostela, pero me ha llamado mucho la atención la pertinaz reivindicación de este colectivo por la privatización de la cadena hotelera estatal Paradores de Turismo. El argumento es invariable: la competencia que supone para el sector privado el modelo de Paradores.

Es cierto, mil veces cierto, que los Paradores de Turismo supone para el sector privado una competencia estimulante, innovadora, emblemática y emocional. Sin ellos muchos hoteles privados no existirían. Sin ellos, muchos hoteleros de los que se dan cita estos días en Compostela estarían aún con chupete en la boca y otros tantos ya se habrían arruinado por incompetentes. Porque en los negocios está claro que hay que ser competente. Y nuestros Paradores de Turismo compiten, y bien que compiten.

Gracias a los Paradores del marqués de la Vega Inclán nuestro país inició su revolución turística. Se abrió una nueva era en la que el turismo empezó a ser considerado un actividad cultural y un motor económico de primera magnitud. Durante los años de la explosión turística, el franquista ministro del ramo, a la sazón Manuel Fraga Iribarne, extendió con decisión la red de Paradores por todas las provincias españolas, incluidas las islas Canarias. Todavía se recuerda la odisea que fue la construcción del parador de El Hierro, cuando muchos de los materiales empleados fueron transportados en helicóptero hasta aquel inaccesible lugar, donde incluso el dinámico Fraga llegó a hincar sus posaderas en volandas. Como consecuencia de aquella iniciativa, España empezó a ser un destino considerado mundialmente y alcanzó pronto el podio de las grandes potencias turísticas.

Paradores de Turismo ha sido y sigue siendo la bandera del turismo de calidad en España. Su flamear se divisa en todo el orbe, y muchos son los países que sueñan –la Francia de Sarkozy ya lo programa– con poseer una cadena tan deslumbrante, culta y salvaguarda del patrimonio Sigue leyendo

Pescar con caña en la red

El futuro de la búsqueda es social, titula nuestro forista Jean-François Clercx un breve ensayo acerca del uso de las redes sociales en Internet y el efecto Facebook en la cultura digital, a punto de desbancar el dominio de Google en la red. Al asalto del aparentemente consuetudinario sistema de búsquedas empleado por la empresa de las gafotas, Facebook viene de optimizar su motor de búsqueda que ya permite una visualización en tiempo real de todo aquello que escribimos en la línea de pregunta. Esta fórmula más dinámica e inmediata gana sus adeptos entre los usuarios de Facebook y amenaza a Google en la clasificación de los sitios más visitados de EE.UU.

facebook Como consecuencia de ello, nuestro ecosistema de trabajo en Internet va trasladándose poco a poco de la web al ámbito Facebook y sus conexiones con Twitter, Foursquare y el vacilante universo gugueliano de Buzz. La principal ventaja de buscar así la información que necesitamos es que aquí dentro tenemos reconocidos a nuestros contactos. Que, en el caso de la industria hotelera, significa tenerle puestos cara y apellidos a los clientes potenciales y de facto. El proceso se hace más caliente, más humano. Sabemos que no es un robot o sistema robotizado el que busca información por nosotros, sino nosotros mismo a través de nuestros contactos, sean clientes o amigos.

Según las observaciones de Nielsen, apunta JF Clercx, más del 20% de los usuarios se sirven de las redes sociales como fuentes primarias de información y de seguimiento de tendencias. En España estas cifras se elevan al 48% cuando se trata de información turística, y creciendo.

Los tiempos mudan a gran velocidad, por lo que resulta muy impreciso saber cómo se van a mover los viajeros en el planeamiento digital de sus experiencias turísticas. Pero sí podemos

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Retorno a Nautilus

He tenido la suerte de participar activamente en una acción de pura logística de transporte de exposiciones, de diversos artistas, que hemos realizado entre la península Ibérica y la isla de Lanzarote. Artística y aventurera esta experiencia propiciada por Antón Piñel, que retorna estas obras desde el hotel Convento de São Paulo, Portugal, después de haber sido allí exhibidas dentro de la programación de la red Hoteles del Arte. Poco a poco camina, navega, nuestro proyecto, lleno de anécdotas a cual más rica.

Lo que une a los hoteles Convento de Sao Paulo y Nautilus Lanzarote es una irrenunciable necesidad de crear y compartir vida a nivel artístico dentro de sus establecimientos. Y, ¿cómo lo hacen? Inventándose proyectos a propósito de los artistas que conocen y admiran. Puedo asegurar que en ambos hoteles, desde su clientela, existe una creciente expectativa hacia las actividades por venir. Posiblemente en este caso se transmiten la autenticidad, en el más profundo sentido de la palabra, y la necesidad de convivir con el arte contemporáneo y los jóvenes artístas, lo cual nada tiene que ver con el marketing en torno al mundo del arte y su Sigue leyendo

Un nuevo espacio para el turismo rural

Porquera de los Infantes, cerca de Aguilar de Campoo, al norte de Palencia con P, mantiene a la vista sus esencias rurales. Gran parte de su caserío estaba arruinado hace tan solo un lustro. Ahora quedan únicamente tres o cuatro casas en ruinas, después de la fiebre reconstructiva que ha contagiado a sus vecinos a partir de la recuperación de su ruina más notoria, La Ruina Habitada. Ya no queda una sola calle sin asfaltar, aunque el horizonte inmediato está preñado de sembraduras ubérrimas y de silencios montuosos, como el que depara una caminata pedestre por el Bernorio, el otero emblemático de las legiones romanas, el escondrijo de eremitas que hicieron de sus oquedades un santuario de vida contemplativa. Ya no queda un trillo con que roturar, ni yugo que abrazar a los bueyes, ni bueyes que yuntar, ni espigas que segar. Tampoco se ve ningún caldero apoyado sobre el alféizar de las ventanas, ni ristras de ajos en las puertas, ni picota en la plaza. Como otras muchas poblaciones del agro hispánico, Porquera de los Infantes ha sufrido una merma considerable en su censo demográfico: apenas ocho vecinos habitan sus casas de los 200 que las moraron tres décadas atrás.

Y, sin embargo, este villorrio palentino que huele a galletas los lunes y fiestas de guardar resume muy bien lo que hoy ofrece el paisaje rural en España. El alcalde no vive allí, pero se le ve de vez en cuando abordo de un tractor acicalando de verde los campos circundantes que en sazón se convertirán en un patatal. No esgrime una hoz en la mano, sino un volante y la empuñadura de la caja de cambios. En las antiguas escuelas, deshabitadas desde hace dos décadas, espera sin prisa su jubilación el único vaquero que le queda al pueblo. Vigilia dulce en invierno y paseos de sol a sol en verano, con una docena de vacas que lo acompañan a trashumar y dos perros guardianes que velan su sesteo montuno. Un guía de montaña chatea con algunos de sus clientes a través de las redes sociales en previsión de una prometedora excursión el próximo fin de semana. No aparece Braulio, el cartero televisivo, pero sí una linda repartidora de pan aupada en el confortable asiento de una furgoneta de última generación. En la plaza del Beato vive una familia cuyo cabeza trabaja en la Renault de Aguilar de Campoo y regresa sin estrés por las tardes a reencontrarse con la chimenea encendida en la paz del hogar. A su vera, un francés loco receta pócimas homeopáticas a todo aquel que lo quiera visitar. En otra parte del pueblo mantiene en obras un búnker de hormigón dentro del cual guardar, dice, toneladas de soluciones milagrosas al abrigo de los curiosos y por si las moscas. Con ganas de establecerse ahí de por vida, una pareja de argentinos alternan sus paseos campestres con el estudio de sistemas computerizados para grandes corporaciones multinacionales. A su casa familiar regresa, cada vez que puede, es decir, todos los fines de semana y días adyacentes, un empresario metalúrgico al que la crisis no parece estar tratando muy mal, pese a la caída de la construcción de viviendas. No muy lejos, un pyme madrileño del automóvil cuida de su portón y, mientras, intenta convencer a los vecinos para un cambio de coche cada tres años: él mismo se encargará de facilitar la financiación y los trámites pertinentes en la Delegación de Tráfico provincial. También son incondicionales de los viernes un matrimonio vallisoletano, profesora ella y técnico de informática él. En sus propósitos está el aprovechar la banda ancha para trabajar desde casa gracias a Internet. Lo mismo que ya venía haciendo este servidor en su ruina pertrechada con las últimas tecnologías de la comunicación.

Estamos, como se adivina, en un pueblo cualquiera del orbe rural contemporáneo. A todos nos gusta mirar a través de las ventanas, exhalar aire a razón de 13 aspiraciones por minuto, palpitar al ritmo de las hojas de los árboles (pocos) que asoman de entre los tejados y dormir en los brazos del silencio pastoril que nos regala el aislamiento del pueblo a tres kilómetros de un nudo importante de comunicaciones viarias en el norte peninsular. Todos, incluido el vaquero y su hija, la abogada, conducimos un automóvil con airbag y navegador GPS para proveernos de víveres en los supermercados de Aguilar o salir de trámites a la capital. Muchos se apuestan cada noche al frente de un monitor plano de televisión, que los conecta a la realidad universal, y los demás nos apostamos frente al más pequeño de Internet, donde el mundo también desfila ante nuestros ojos en forma de hipertexto y multimedia. Nos preparamos para ese cambio que se avecina en el que cultura del clic será sustituida por la cultura del tap, pues nadie escapa hoy al zumbido ya atávico del teléfono móvil, ni siquiera el vaquero cuando pastorea por la vega del Camesa y le sobran horas para aumentar la factura de Movistar gracias a la PAC (véase el diccionario de la actualidad agraria europea).

¿Acaso no es ruralismo todo esto que vivimos los que vivimos en el campo? Internet, el teléfono, el automóvil, la sociedad del conocimiento… Ésta es la verdadera, aunque no única, realidad del campo español, la verdadera esencia de lo rural en la actualidad. No se entiende en un debate serio sobre el turismo rural que algunos sigan defendiendo la hoz, el arado, la gavilla, el trillo, el yugo, las abarcas y las ruedas de carreta como si fueran la bandera real de la vida campestre. Ni siquiera con la boca llena de tradiciones o supersticiones populares. Sepan que la hoz, el arado, la gavilla, el trillo, el yugo, las abarcas y las ruedas de carreta ya fueron modernidad en los tiempos en que la mayor de las modernidades que jamás vivió la humanidad fue de súbito convertida en una tradición: el fuego.

Conviene desenmascarar ya a los exégetas del turismo rural cuando se les llena la boca de tradición, pues muchas de las tradiciones populares felizmente se han extinguido y otras, como el toro embolao, el maltrato a los animales, las vejaciones a las mujeres o la xenofobia están a punto de desaparecer (¿soy un iluso?). Hoy, el medio rural está formado por agricultores en tractor, ganaderos especialistas en ingeniería genética, informadores telemáticos, consultores, abogados, médicos, biólogos, maestros y una moderna pléyade de empresarios y pymes que no trabajan la tierra, sino el aire que inspira su talento. En ese espacio multidisciplinario cabemos todos y generamos entre todos una sociedad mejor, más libre, más sana, más organizada y más creativa. En ese ecosistema alcanzamos los seres humanos una mayor cohesión social que la hasta ahora sufrida con la fisura atávica entre el medio urbano y el medio rural.

El turismo, como actividad terciaria que avanza hacia su cuaternarización, la sociedad del conocimiento, debe reflejar en sus tripas lo que nos ofrece ya este ecosistema variopinto y complejo donde la antigua rueda de ebanistería hace tiempo que fue sustituida por el neumático ideológico de la marca del Bibendum.

Fernando Gallardo |

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Un libro de estilo en cada casa

El blog de Tina SorianoTras el revuelo montado estos pasados días de post congreso, el turismo rural sigue y seguirá dando que hablar. Una cosa es cierta: el artículo anterior —La hoz, el martillo… y ahora las espigas— ha batido todos los récords de lecturas desde que apareció este Foro de la Ruina Habitada, en junio de 2008. Un total de 1.483 usuarios únicos lo han desgranado hasta la última coma, y aún habrá otros más que lo ausculten como un cirujano tras el monitor de su robot Da Vinci. A la vista está el número de comentarios efectuados, señal de que el tema interesa.

Otro debate en paralelo de intensidad no menor se ha producido en las redes sociales. Lo cual nos hace pensar en el grado de adscripción a la Red que cualifica a los establecimientos en el medio rural como los protagonistas de Facebook, Twitter y Flickr en su estrategia de marketing, comunicación y distribución. No nos equivocaríamos si proclamáramos que Internet está más presente en la cultura de uso de la hotelería pequeña y familiar que en la corporativa y bursátil. Sencillamente, porque el canal Internet se ha convertido para estos establecimientos en el canal único. La intermediación offline para el turismo de interior se puede declarar fracasada. Lo analizamos en el recientemente celebrado III Congreso de Turismo Rural de Castilla y León. Es un sinsentido que la estrategia de distribución de las asociaciones de turismo rural y de numerosos operadores turísticos sean una copia exacta de la instrumentada en el turismo vacacional intermediado.

A mi entender, la diferencia básica entre el hotel rural y el resort de playa estriba en el tamaño habitual —que no teórico— de las unidades de alojamiento, lo cual condiciona, más que la estructura del negocio, la liturgia de la hospitalidad, el alma del lugar, su propia personalidad. No siempre se cumple el agasajo del viajero por parte de la familia que regenta un hotel rural, pero hay madera de ley para que así suceda a diario. No hay calefacción, la calidez de una Sigue leyendo

La hoz, el martillo… y ahora las espigas

iii congreso turismo rural avila«No creo en el turismo rural », fueron mis primeras palabras en la ponencia que tuve ocasión de presentar en el recientemente celebrado III Congreso de Turismo Rural de Castilla y León. El denominado congreso de la provocación, bajo el lema Reinventar la Realidad Rural, tuvo lo que su convocatoria reclamaba: una llamada de atención el actual impasse en que se mueven los negocios turísticos ante la irrupción de Internet y las nuevas tecnologías de la comunicación, el fin de las subvenciones públicas provenientes de la Unión Europea, la manifiesta obsolescencias de numerosos alojamientos turísticos, la confusión provocada por la masificada oferta de alojamientos rurales, la supuesta ilegalidad de al menos un tercio de la oferta turística en Castilla y León, el creciente intervencionismo de la Administración pública tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, la ausencia de grandes canales de distribución en este subsector turístico y el atávico corporativismo de quienes se sienten pequeños y vulnerables en la soledad del agro castellanoleonés.

No creo en el turismo rural concebido como una categoría desligada de la problemática general del turismo y elevada a modelo sobre el cual se sostiene la política turística de algunas comunidades del interior peninsular, tal es el caso de Castilla y León. No puedo creer en ese modelo categórico porque no me cuadra que se rija por una ley específica que distinga entre hotel, hotel rural, casa rural, posada y posada real como únicos atributos de su condición. Se cae del anteproyecto de Ley del Turismo que pretende aprobar la Junta de Castilla y León la categoría de Centro de Turismo Rural (CTR). Según parece, el retraimiento se debe a la omnipresencia en todo el territorio autonómico de indicadores CTR: Centro de Tratamiento de Sigue leyendo