Mi viñedo, mi bodega, mi casa

Mientras España -el país- languidece en medio de una fuerte crisis económica, laboral, emocional y filosófica, los españoles -algunos- salen a comerse el mundo con mucho trabajo, nuevas ideas y la dosis necesaria de riesgo. Uno de ellos es José Manuel Ortega, heredero de la marca vitoriana Fournier que tanto juego nos ha dado al mus, al tute y a las siete y media. Antes que abrir más casinos mercuriales en Las Vegas, que habría sido lo lógico, Ortega tuvo el gusto de echarle un órdago a Baco y crear de cero su propio grupo bodeguero: O. Fournier. Su objetivo, en 2000, fue producir 1,5 millones de botellas de vino de alta calidad en Argentina, Chile, Portugal, la Rioja y Ribera del Duero. Los he catado y confieso que son muy buenos.

Quizá porque todo españolito llevamos dentro un promotor inmobiliario -si no, no se explica la actual saturación cementífera del país-, José Manuel Ortega se ha ido a Argentina para desarrollar un proyecto ad hoc con la curtiembre que da el turismo de golf. Solo que, en lugar de ofrecer un campo de golf con sus casitas monas alrededor de cada hoyo, lo que pretende ahora Ortega es Sigue leyendo

La Rioja para catar y no dormir

Por una nota de prensa llegada de la Consejería de Turismo, Medio Ambiente y Política Territorial de La Rioja me entero de que esta comunidad ha puesto en marcha una plataforma online para reservas turísticas vinculadas a las bodegas de la Denominación de Origen Calificada Rioja. La web www.visitasbodegas.com ofrece ya la posibilidad de contratar visitas a monumentos de la tradición vitivinícola riojana como Bodegas Dinastía Vivanco, Bodegas Vinícola Real, Bodegas Franco Españolas, Bodegas Baños Bezares, lariojaBodegas Conde de los Andes. Finca Valpiedra, Bodegas Darien, Bodegas Ramón Bilbao, Bodegas Regalía, Bodegas Campo Viejo y Bodegas AGE. En total, 11 destinos que ya se abrieron al público en 2002 y que, si siguen, es porque están convencidos de que la visita de sus instalaciones y cata de sus vinos les producen pingües réditos con el consume posterior de sus delicatessen en las tiendas habituales de los consumidores.

Lo hemos detectado casi al nacer (nosotros, no la iniciativa). Mallorca se promociona mejor a través de los lotes de ensaimadas que cada turista se lleva a casa que en mil campañas carísimas de anuncios publicitarios al uso. Raro es el que no quiera volver a Boñar si se ha metido en el coleto uno, o dos mejor que uno, nicanores de su mismo nombre. O los carajitos del profesor que paladeamos en Salas cuando vamos de camino a la Quintana del Caleyo, en Asturias. Porque nadie me va a discutir aquí la inteligente apuesta del empresario Antonio Catalán que no le pone argollas a las perchas de sus hoteles AC, sino el logo de su cadena para que cuando las usemos en casa (hurtadas) recordemos siempre a qué hotel hemos de volver… a pillar más.

La iniciativa riojana se inscribiría dentro de lo que cabe en el contexto de la publicidad emocional, y no prescriptiva, que por vía indirecta ha ejercido el cine de Hollywood sobre los Estados Unidos como destino turístico. Woody Allen y su Manhattan habitacional. O John Wayne y los desérticos perfiles de Arizona. Aunque nada como el Señor de los Anillos para paladear un Malbec elaborado en Nueva Zelanda. ¡Qué poco se ha gastado NZ como país y cuánto les ha cundido una sola película…!

El enoturismo apenas ha merecido la atención de los responsables turísticos españoles hasta ahora. Bien ocupados han estado en cimentar el turismo de sol y playa y, más tarde, en apalancar su declive. Por eso las autonomías que carecen de litoral se plantean más en serio

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