Hace justo una hora –qué importa eso en Internet– he recibido un correo de mi amigo y colega César Justel, con quien he viajado largos años, en el que me presentaba como primicia y no sin esperanza su primera web. Una página ideada para vender sus fotografías a un público interesado por las fiestas populares, después de años y años recorriéndolas todas por las cuatro esquinas de la península Ibérica y aún más allá del paralelo 36. La web, que no tiene desperdicio, me traslada a otros tiempos, cuando la exploración de los pueblos más diminutos de la geografía nacional se nos volvía a ambos una tarea apasionante y, a veces, dificultosa por un asfalto podre y descascarillado.
Es una web impecable, precisa, certera, informativa, bien ordenada, diáfana, explícita. Sin adornos innecesarios, sin alharacas de diseño, pura como el arrebato atrabiliario que envuelve a toda fiesta de pueblo. Y muy moderna: www.cesarjustel.es
Muy moderna para el año 1990, por supuesto. Me pedía la opinión en ese correo y no pude por menos que advertirle de la caspa que me inspiraba su charcutería digital. Adónde demonios cree que va con semejante longaniza… “Hey, despabila, que ya han pasado 20 años y hasta los Pegamoides de Alaska pelan canas”, farfullé mientras escuchaba Cómo pudiste hacerme esto a mí. Bien andamos si queremos vender imágenes escondiéndolas al respetable, salvo que sean unos robados de Lady Gagá desnuda en la playa de Santa Mónica.
¿Cuántas webs de hoteles no pecan de tanta ingenuidad como mi amigo periodista, el que más sabe de fiestas en España? ¿Cuántos establecimientos de mayor o menor principalidad escamotean a los ojos escrutadores de los internautas ese destello de glamour, romanticismo, pecaminosidad habitacional o, simplemente, su genética arquitectónica? Da que pensar lo que
