La enfermedad infantil del decorativismo

Perfume800x600 Uno de los corolarios más significativos de estas votaciones a la guía de Hoteles con Encanto 2011 que venimos celebrando desde hace unas semanas toca, no el sentido del gusto, sino su vector estético. Un amplio segmento del cuerpo electoral aúpa en andas un tipo de hotelería reseñable por su fermento expresivo antes que por su esencia hospitalaria, o lo que es lo mismo, una imagen canónica y estereotipada del encanto subyacente al hotel que votan. A la menor duda, todos parecen defender su ínfula barroca con el recurso a la carta de colores o a la mordiente del ensayo literario. “Para gustos, los colores”, replican. Y también, “sobre gustos no hay nada escrito”.

Aprovecho una entrevista que acabo de leer sobre el perfumista francés Serge Lutens para advertir que precisamente sobre gustos hay mucho escrito, pero muy poco leído. El autor de Femenité du Bois, artífice de las cotizadísimas fragancias de Shiseido, vende en su casa del Palais Royal, de París, nada menos que 27 perfumes exclusivos en frascos acampanados y personalizados con las iniciales del comprador que en ninguna otra parte del mundo se pueden adquirir. Cada uno de ellos ofrece una atmósfera de noche, un misterio alado, que no entiende de pirámides olfativas ni de recetas nasales cualesquiera. Es el culmen de una vida dedicada a la aprehensión del arte a través de los sentidos.

Porque Serge Lutens, nacido hace 68 años en Lille, en el norte de Francia, fue siempre sensible a la belleza y un soñador desde niño. Con solo 20 años de edad se instaló a París, invitado a colaborar estrechamente con la revista Vogue. Luego Christian Dior le propuso crear su primera línea de maquillaje y desarrollar un nuevo concepto estético que haría de esta firma lo más selecto de la época en arte y moda. El joven artista aceptó: mezcló texturas y colores y les ofreció a las mujeres una nueva posibilidad de afirmarse a través de la cosmética.

En la década de los setenta, Lutens transitó con comodidad por la pintura, la fotografía y el cine, una de cuyas películas –Les Stars, 1974– fue seleccionada en los festivales de Cannes y Berlín. En 1980 regresó con éxito al mundo de la cosmética de lujo y desarrolló diversas fragancias para Shiseido, entre ellas Nombre Noir. Se produce entonces una explosión de la perfumería exquisita, lejos de los dictados de la industria y la comercialización a gran escala, que explora aromas insondables hasta la fecha: chipre, ámbar, vetiver, violeta, vainilla… Su repertorio alcanza las vaporizaciones más arriesgadas, las evanescencias más retorcidas, los recuerdos inmarcesibles a especias orientales: Ambre Sultan, Fleur d’Oranger, Chergui… Mil aromas, mil estallidos esenciales, mil volumetrías expansivas… En cuarzos inverosímiles, en puros cristales de Lalique… “Lo que me estimula, me molesta y me encandila es lo que verdaderamente me motiva”, puntualiza el creador.

Hasta que la edad provecta le dictó una pausa necesaria en su creación. Y de sus tuétanos endurecidos emergió L’Eau, una fragancia concebida como pausa olfativa que no se asemeja en nada a los perfumes intensos y fuertes en ingredientes orientales que marcaron su juventud. L’Eau, la pausa, fue apodada enseguida como el antiperfume. El no perfume.

Serge Lutens lo explica así: “tuve una reacción ante la sobrecarga de perfumes ambientes y por la imposibilidad de identificar olores en ese magma olfativo en que vivimos; L’Eau es una camisa blanca sobre un cuerpo limpio; es el olor de la funda de una almohada recién planchada; es la comodidad de una noche de sueño asegurada”.

Sobre gustos hay mucho escrito, ya lo estamos viendo. Textos plásticos, reflexiones onerosas y ensayos intelectuales como el que tantas veces hemos citado aquí a propósito de la Arquitectura de los Sentidos, ese opúsculo firmado por el padre de la arquitectura del siglo XX, Adolf Loos, con el título de Ornamento y Delito. Ahora, leyendo a Serge Lutens, pienso que tal vez esa sobrecarga de olores o tópicos decorativos que exudan tantos y tantos nominados en nuestra guía de Hoteles con Encanto 2011 no merezca ser tildada de delictiva, ni merezca por ello el castigo de su desprecio. Más que un delito, el ornamento vano de nuestros encantadores hoteles es atribuible a ese pecado de juventud que impele a remachar con ditirambos el déficit de personalidad que sufre quien aún no ha llegado a la edad serena. Más que un delito, el ornamento es una enfermedad infantil que se cura con la edad.

Visto lo visto, nuestros hoteles necesitan ya una pausa. Un estro etéreo, acuático, evanescente. Una reflexión madura que los conduzca, como Lutens, hacia el antiperfume, el no perfume, el olor de una almohada recién planchada. La no decoración.

Fernando Gallardo |

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5 comentarios en “La enfermedad infantil del decorativismo

  1. Creo que en los hoteles como en los perfumes como en casi todo en la vida lo importante es volver a lo esencial, quitar el ruido de alrededor y quedarse exclusivamente en la autenticidad.
    Bien es cierto que vivimos en una sociedad en que tener mucho de todo es prestigio, aunque quizás a lo que deberíamos aspirar a tener mucho de una sola cosa que es inteligencia o, en su defecto, mucho sentido común, porque ello nos llevaría a prescindir en todo caso de lo superficial, de lo que no sirve.

  2. Al suprematismo de Malévich solo se llegó después de un largo recorrido por el neoplasticismo. El cuadro blanco sobre fondo blanco del pintor ucraniano solo llega a alcanzar sentido después de una profundización intensa sobre los tres colores básicos. Mondrian explora el color entre la rigidez de sus líneas negras horizontales y verticales. Después, con un gran riesgo, aparece la diagonal, la ruptura cartesiana y rígida de los 90 grados. Luego vendría el “cuadro negro”. Y, como no podía ser de otra manera, al final del camino lo que se encuentra es el blanco… sobre el blanco.
    La referencia a Serge Lutens me ha recordado profundamente la relación de las vanguardias artísticas que se produjo a principios del siglo XX. En el caso de los pintores rusos (y el holandés) en una exploración conjunta y disputada; en el caso de Lutens, en la trayectoria en solitario.
    Al final queda la esencia; desechamos lo superfluo, recurrimos a lo auténtico, a lo que realmente nos emociona en lo profundo, huyendo de artificios y banalidades. La arquitectura hotelera busca su cuadro blanco sobre blanco, como el perfumista llegó al “olor de la funda de una almohada recién planchada”. En las montañas de Olot alguien ha pintado una gran obra muy cercana en muchos aspectos al suprematismo. Queda por saber si estamos ante el famoso cuadro negro… Y, en ese caso, el “blanco sobre blanco” está aún por llegar.

  3. Desde esta ventana de 19″, que no deja de ser un cuadro negro, es grato descubrir, y en otros re-descubrir, a Malévich, Mondrian o Lutens. Enfrascarse en la lectura de cada artículo y comentario me desestabiliza y rompe la línea esa que todos imaginamos tener bajo nuestros pies y que intentamos seguir. Cuando provienes de una sociedad y núcleo familiar fermentado en las BBC, donde una pared sin un cuadro no es una pared, que una ventana sin visillo no es ventana y donde toda chimenea o televisión que se precie debe tener su toro o su folclórica, lo más normal es que cuando decides montar un hotelito acabemos intentando montar un museo etnográfico, ya que ese es el concepto de encanto.
    Cuando la loza de Sargadelos es más importante que el contenido de la misma, algo falla.
    Sigo recordando de mi niñez la batida semanal a un ejército de figuritas y recuerdos de BBC alineados perfectamente en cuadrícula y de mayor a menor sobre el mesado de un mueble de castaño. Eran la envidia y halago de vecinos y amigos. La tabla de castaño que pertenecía a un mueble, de más de 150 años, perfectamente conservado y de una belleza y sobriedad sublime, siempre pasó desapercibida…
    Podemos seguir adornando nuestros alojamientos o empezar a disfrutarlos, tal como son, de ventanas puras y limpias, de paredes antiguas y frías, de espacios vacíos, de olores y sensaciones. Si miro atrás no me conozco y si miro adelante me ilusiona, sobre todo, pensar que esta enfermedad tiene cura.

  4. Me da cierto pudor escribir mi opinión delante de gente tan letrada, pero creo que es importante decir lo que uno piensa, sobre todo porque hablando te das cuenta de que puedes estar equivocado en tus pensamientos gracias a las enseñanzas ajenas. Exactamente eso es lo que nos ha ocurrido a ciertos hoteleros que decidimos embarcarnos en la aventura de abrir un hotel sin saber mucho del tema. Creíamos estar en posesión de la verdad llenando nuestros rincones de elementos absurdos que no dejaban ver la belleza de lo que ahí había y aprendimos a “limpiar” nuestras casas. Todo esto lo hemos ido aprendiendo navegando en el barco de La Ruina Habitada, aunque todavía nos queda mucho. De todas formas yo me pregunto una cosa: ¿no será necesario el ornato en algunas ocasiones para precisamente ocultar determinados horrores? Resumiendo, si tanta decoración hay por medio será porque en el fondo no se tiene nada que merezca la pena enseñar o no se tiene conciencia de lo bello que puede llegar a ser. No todo el mundo tiene la suerte de tener la capacidad de percibirlo por si solo ni la uerte de encontrarse a alguien que le ayude a abrir los ojos.

  5. Al final todo es como comenzar un viaje, te cargas y te cargan de cosas, de conocimientos, de costumbres…y según vas viviendo aprendes a olvidar y descubres que como si viajaras en globo…, pasa subir…nada como soltar lastre, sabiendo dejar solo lo esencial…

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