Un hotel falso para un desierto verdadero

Ayer asistí a una puesta de sol espectacular en el desierto de Atacama. Mediadas las cinco de la tarde, ascendí a la Gran Duna con la emoción incontenida de estar contemplando un verdadero crepúsculo de sed sobre los pináculos que configuran el Valle de la Luna. Un ilusorio rayo verde transformó la cordillera andina en una llamarada infernal, mientras el salar de Atacama se teñía de malva y el volcán Licancabur (5.800 m) proyectaba su espectro cónico sobre el oasis perezoso de San Pedro de Atacama. Duró un mínimo instante, un fogonazo, un resplandor de sal. Viento, fuego, polvo… y bullicio humano.

La noche anterior habíamos conversado David Barrera y yo acerca de esta maldición: ya no quedan paraísos para la exploración personal. El propietario del hotel Terrantai, en San Pedro de Atacama, es defensor acérrimo del territorio, del concepto de auténtico, de los valores naturales, del indigenismo local. Y le duele que su país lo desvirtúe el turismo, pese a que él mismo hace industria de él con su emprendimiento hotelero, diseñado por el arquitecto Matías Klotz. Entre platos de arroz arvejado y lomo a lo pobre, sazonados con sal del lugar y vino carmenere Casillero del Diablo, discutimos acerca de la ética de lo auténtico y sus consecuencias en el desarrollo turístico actual. La puesta de sol en el Valle de la Luna fue auténtica. La percepción del color, el viento, la sal y la quemazón vespertina fue auténtica. El interés de los asistentes al espectáculo, más de un millar de almas, fue auténtico. ¿Y qué si la autenticidad del momento nos brindó a todos una fotografía auténtica, pero no una elevación artificial de nuestra propia espiritualidad?

Se lo advertí a mi interlocutor la noche anterior. La amenaza contra el territorio no es el cambio climático, ni la globalización, ni el desarrollo turístico, ni siquiera la ética de lo auténtico o la inmoralidad de lo artificial. La verdadera amenaza es la explosión demográfica de nuestro planeta. Somos tantos que cualquier acto humano se convierte en un riesgo para los futuros habitantes de nuestro mundo. Cada exhalación constituye un foco de contaminación. Cada idea, un propósito artificial. Cada actuación, una maldad para lo natural en nuestro entorno.

Y, claro, con tanta gente, ¿cómo podemos dar valor de auténtico a una puesta de sol en Atacama? Porque, más allá del valor físico de la rotación terrestre, lo que de verdad tiene valor en un espectáculo crepuscular es nuestra propia capacidad de ensalmo, de elevación espiritual. Es la poesía de la tierra lo que nos conmueve. Es la belleza de la tierra lo que nos invita a subir la última duna. Es la soledad del hombre lo que le otorga su dimensión trascendental. Es la emoción del paisaje, la pasión de los sentidos, la locura de la razón…

Construyamos un millón de falsos Altamiras para que Atacama pueda seguir habitándose en soledad.

Fernando Gallardo (@fgallardo)

Viaje por lugares que llevan a un no-lugar

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A un tris de subirme al avión, el viaje que acabo de realizar por la costa mediterránea merece una seria reflexión. El turismo español está tocado y mucho, digan lo que digan los demás. Solo los viejos del lugar, de los múltiples lugares que he visitado, recuerdan un vacío tan grande en pleno mes de julio. No todos los operadores turísticos han funcionado por igual (de mal), pero a todos les ha afectado el bajón de la clientela centroeuropea, tocada como la española por la crisis financiera mundial.

Mi periplo se inició en Málaga con un lleno casi total en los hoteles de la ciudad, si se quiere previsible dado el retraso que ha sufrido la cuna de Picasso en explotar como destino turístico, absorbida por el sifón veraniego de la Costa del Sol. A veces conviene llegar tarde a los sitios que interesan: los discursos se han terminado y la mesa congresual rebosa de suculencias. Incipiente, es verdad, pero my pocas ciudades españolas cuentan con hoteles tan interesantes para ir de nómada global como el Molina Lario, el Barceló Málaga o el Room Mate Lola. El primero ha entendido lo que significa estar abierto a la ciudad, dar uso y disfrute a la quinta fachada, con vistas soberbias sobre la manquita. El segundo es una provocación para el sentido de la vista, un flechazo lúdico y rutilante, donde la clientela adulta se aniña a mayor honra. Una noche allí te hace regresar a la infancia, como nos llevó el perrito de Mariscal durante las Olimpiadas de Barcelona.

Luego sucedió lo inevitable. El golferío inmobiliario y su respuesta –la famosa Operación Malaya– han acabado definitivamente con Marbella. De pequeño, yo no tenía una granja en África, pero sí una casita en el Puerto Banús, cuando todavía era Andalucía la Nueva. Desde entonces jamás he visto la Costa del Sol menos soleada de turismo y con tanta plañidera de hotel como este mes de julio. Apenas un 15% ha sido la ocupación en algunos hoteles, quizá debido al vacío producido por el cierre del lujoso hotel Villa Padierna Thermas de Carratraca, que había abierto recientemente, así como el bajonazo sufrido por el turismo de interior en toda la provincia. Qué decir de los precios, de capa caída allí durante los últimos meses. En Notodohoteles.com veníamos acusando el nerviosismo de algunos clásicos, como el Marbella Club, por reforzar a tontas y a locas su departamento de Márketing y Comunicación. Será por la falta de paparazzis con la que distraerse este verano…

Almería no mejora esta visión, aunque las playas se vean atiborradas los domingos y fiestas de guardar… la ropa. Aguadulce, como siempre, nos deja un sabor amargo. El derecho democrático al veraneo no impide que se me aparezcan en la retina imágenes prensadas entre la España cañí de la fotógrafa Cristina García Rodero y el almario doliente de Auschwitz.

Me cité en Los Gallardos con nuestro amigo forista Esteban Cazorla y su esposa, Ani, quienes me acompañaron en la visita de su proyecto de hotel Embrujo. En fotos, la arquitectura prometía. In situ vimos que un buen proyecto arquitectónico se inicia en la correcta interpretación de los espacios, y Embrujo adolece de ciertos desajustes espaciales que espero sean corregidos por el matrimonio propietario en cuanto le sea posible y lo permita la absurda normativa urbanística andaluza. Sí, esa legislación aberrante que ha consentido la edificación de un bodrio hotelero en la playa del Algarrobico, en el parque natural del cabo de Gata. Esperemos que al sucesor de Chaves en la Junta de Andalucía le ilumine la Macarena en promulgar una ley menos igualitaria, que el ars mutandi no está reñido con la arquitectura popular, ni el estro creativo con la justicia social.

En la Costa Blanca, más de lo mismo. Crisis, crisis, crisis… Los hoteles vacíos, salvo ejemplos muy dignos de quienes luchan hasta la última hora de la madrugada por captar clientes de donde no hay, como es el caso de nuestra forista Elia Abert en Altea. La Serena madura con los años, como su propietaria o como los syrah de Enrique Mendoza. Me marché de allí en pleno arranque de soleares, antes de un concierto de guitarra que se planea repetir a lo largo del verano. Qué artístico consuelo para los paquebotes hoteleros Altea Hills y Villa Gadea, estos días prácticamente vacíos.

Solitario también, por ser nuevo y de interior, el hotelito que Juanjo Gimeno ha dedicado a su mujer, el Capricho de la Portuguesa. Está en Beniali, un poco a trasmano de todo, lo cual constituye un aliciente en la superpoblada provincia de Alicante. Incluiremos inmediatamente tal descubrimiento en todas nuestras guías y publicaciones. Lo merece, y mucho. Una mañana de baños termales, para mí solito, me alumbró un concepto hotelero que experimentaremos pronto en el seno del clúster de innovación a punto de constituirse. Ojalá tenga cabida la idea en el panorama hotelero español, como tendrá cabida a futuro la propuesta del SHA Wellness Clinic, en los altos del Abir. Me entretuve un rato con sus dueños, la familia Bataller, a quienes he recomendado un cambio de timón en la definición del producto, encastrado en el mundo clínico, para abrazar a una clientela más inclinada hacia el turismo de salud, que busca terapias sin abandonar la perspectiva sensorial del turismo.

De la costa al interior en pos del hotel de los sentidos. Con la mirada en Les Cols y superada la impresión inicial del Aire de Bardenas, nace en el Maestrazgo turolense el destino hotelero más excitante de los últimos tiempos. Consolación, que así se denomina, aparece –o, mejor, desaparece– en una paisaje de cárcavas y bosques como un núcleo de cajas orientadas al verde y casi voladas sobre el abismo, sin la más mínima decoración interior. Las camas miran al paisaje desde el suelo, encastradas entre colchonetas oscuras. Un hoyo en el suelo denota la existencia de una bañera. En los cuartos de baño reina una oscuridad vidriosa, salvo el tafilete que dibujan los muros: visón en cinemascope del bosque a su alrededor. Y en su retaguardia aparece –ésta sí– la vieja ermita de la Consolación, debidamente remozada, donde el hotel ofrece sus espacios comunes. Me pasé el día entero en la cocina, bien entretenido en pláticas con sus responsables, la milanesa Alexia y el barcelonés Santi, hermano de uno de los propietarios. ¿Y qué hacía yo en la cocina aparte de eso? Pues reflexionar sobre el no-lugar… Es el único hotel de España, junto a Les Cols, que te recibe y te sacude el polvo del camino en una no-recepción.

Para qué contar más. Me voy, que si no voy a perder el avión.

Fernando Gallardo (@fgallardo)

Cómo llegar a este lugar

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Unos días de desconexión total no vienen mal. Y si a este noble empeño ayuda Telefonica con su deficiente cobertura en algunas zonas del agro español, mejor que mejor. Es lo que buscan muchos ejecutivos estresados: un break en su cuenta de resultados personal. O tal vez no.

Esta semana discutíamos acerca de ello en Marbella el director del hotel Guadalmina, Rafael Albuixech, su directora comercial, Laura de Arce, y este servidor. El fantasma de la crisis se sentó al otro lado de la mesa, y no faltaron las ristras de ajos emocionales que evitara su presencia en aquel lugar. Pero no, el hotel está tocado por la influenza turística, aunque menos que los demás hoteles vacacionales de la Costa del Sol. ¿La razón? Obviamente, su emplazamiento en primera línea de playa, un paraíso a estas alturas del milenio, cuando ya no queda un solo palmo de litoral que explotar. Os habréis quedado a gusto todos, tan cerquita del mar, al garrotín, al garrotán…

Pues eso, que en un momento de la conversación salió un tema recurrente, formulado décadas atrás por el gurú de la hotelería mundial, Conrad Hilton: ¡localización, localización, localización! Lo cual quiere decir que si tenemos un buen emplazamiento, el hotel está salvado. O tal vez no. Mis interlocutores marbellíes apremiaban por eso al organismo oficial de turno para que terminara de arreglar los accesos, muy destartalados, dentro de un plan de obras que incluía el amejoramiento de la autovía de la Costa del Sol, en atasco permamente estos últimos meses. Estupefactos se quedaron, más o menos, cuando les dije que mejor se cogieran el pico y la pala para terminar de destrozar los 800 metros de asfalto descascarillados entre la autovía y su hotel…

No, no bromeo. Uno de los grandes males del turismo en España es su descatalogación como destino exótico y pintoresco. Ya nadie puede vender un paraíso exclusivo y aventurado. Ahora todos los núcleos de población están bien comunicados. Se llega rápido a cualquier sitio. No hay la más mínima posibilidad de aventura. Y así sucede que las playas están abarrotadas en verano, que los parajes naturales sufren de dominguerismo, que los centros culturales soportan largas colas, que las operaciones salida y retorno dan miedo por los atascos. En fin, que ya va todo el mundo a cualquier parte, por lo que la selección natural de destinos por gustos o premios se ha convertido en una quimera.

El aislamiento, la tranquilidad, vale ahora su peso en oro.

En lo que debería empeñarse el hotel Guadalmina, como otros muchos hoteles así de agradables, es el dificultar el acceso a los viandantes como una manera de protegerse de una clientela que no le es propia y que, seguramente, se hallaría más a gusto en un núcleo animado de karaokes, casinos o botellones, que de todo tiene que haber en la viña del difunto Gil. Porque existen hoteles de rap y hoteles de música clásica que en mal concierto maridan (salvo una versión que a mí me gusta mucho del Palladio de Karl Jenkins interpretada por Eminem…) y a mala audiencia afanan.

Ya reflexionamos sobre ello en un artículo escrito el pasado agosto: La isla remota.

“La propuesta de un hotel de los sentidos obliga a que ya desde su acceso se articulen esas liturgias que nos transporta al mundo de los sueños y no de las realidades mundanas. Cuando más inaccesible sea un hotel, mayor será la aventura de su aproximación. Cuanto más lejano, mayor el deseo de llegar hasta él.”

En un planeta tan superpoblado, lo inaccesible se convierte en el mayor aliciente del viaje y el hotel, en un destino turístico en sí mismo.  Esta mística personal la he vivido días después en la Almunia del Valle, en el corazón de Sierra Nevada, cuyo tortuoso camino de acceso, que se va estrechando según te vas aproximando, prometía de verdad el paraíso. Y vaya si lo era… Es el único hotel granadino con el cartel de completo estos días.

El valor de lo remoto estriba en la poesía de la soledad.

Fernando Gallardo

Un paso más hacia el hotel de los sueños

valpo_ventana De Valparaíso vengo sin necesidad de atravesar la cordillera, pero bien provisto de fotografías sobre la ciudad y su bahía, sus rincones secretos, su almario perdido y jamás recuperado, el horizonte sin fin y casi sin horizonte, sus cerros valientes, la luz de todos los amaneceres, el trajín del puerto, su estiba, el paisaje de grúas, la altivez de las barriadas, sus plazuelas recoletas, las empinadas callejas, las casas de vivos colores y, naturalmente, los emplazamientos probables para el Hotel de los Sentidos que el grupo de Jávea está alumbrando.

Hacía cuatro meses que no pisaba los cerros de esta ciudad a orillas del Pacífico, y debo confesar que nuevamente me ha sorprendido la dinámica que sus ciudadanos han iniciado. Más de 100 nuevos comercios, restaurantes y hostales animan sus calles. Cuatro hoteles se encuentran ahora mismo en proyecto, con vistas a abrir antes de que se acabe el año. Cerro Alegre y Cerro Concepción se han llenado de escaparates, mientras centenares de automovilistas soportan unos atascos nunca antes producidos. Tal vez por ser Semana Santa, o mejor porque el puerto es un ir y venir de cruceros, el caso es que la ciudad convalecía estos días atiborrada de turistas. La ocupación hotelera rebasaba el cien por cien, dado que muchos clientes tuvieron que ser aojados en casas de vecindad próximas. La media actual de ocupación hotelera en Valparaíso es del 71 %, y los hoteles más señalados (Casa Higueras, ZeroHotel, Gervasoni…) pueden estar muy bien trabajando hoy al 90 %.

Difícil será que ese Hotel de los Sentidos promovido por un grupo de hoteleros españoles no alcance con comodidad el 90 % de ocupación que acreditan los hoteles boutique más conocidos de la ciudad. Me huelo que sí después de lo percibido estos días y a sabiendas de que, al parecer, faltan más de 10.000 camas para alojar al creciente número de cruceristas que recalan en el puerto, ora para comenzar su sigladura, ora para terminarla. En el hotel en que residí, el Ultramar, casi todos los clientes eran cruceristas que habían desembarcado de un viaje entre Buenos Aires y San Francisco, por el canal Beagle.

En este mismo hotel nos reunimos el sábado el grupo de arquitectos que componen el Colectivo Valparaíso (Fernando Vogel, Carlos Seisdedos, Rodrigo Asencio e Isabel Soto, con la ausencia ocasional de Patricia Ojeda). Tomamos contacto de nuevo con las últimas novedades producidas en el escenario de nuestro proyecto y el espaldarazo que le ha dado el nuevo alcalde de la ciudad, Jorge Castro. Les informé que el grupo de inversores españoles se había constituido en el marco de las Jornadas de Jávea y que la sociedad de inversión estaría legalmente constituida de aquí a 12 días en Madrid o en Sevilla. En cuanto estuviera la documentación preparada se procedería a la constitución de otra sociedad en Chile, cuyo único accionariado sería la sociedad española, y que durante el mes de mayo se esperan las transferencias de capital de España a Chile. Se espera contar con un fondo inicial de 75 millones de pesos para financiar los gastos de gestión, la promesa de compraventa del terreno y el anteproyecto de arquitectura. Asimismo, el fondo servirá para requerir una evaluación de la factibilidad de intervenir en el lugar escogido para el proyecto desde la perspectiva del Consejo de Monumentos Nacionales.

De igual modo, el Colectivo Valparaíso deberá formalizarse legalmente en breve y establecer sus pautas de funcionamiento y organización interna, ya que no es fácil unir el ideario arquitectónico de cinco voluntades y estilos tan diferentes. Ahí radicará la genialidad de esta experiencia, pionera en su campo. Se habló de la eventualidad y pertinencia de incorporar a otros arquitectos que participaron en los Talleres de Arquitectura de los Sentidos en Valparaíso, en agosto de 2008, y que han manifestado su interés en el proyecto.

Respecto del emplazamiento, se acordó enviar una carta a los propietarios solicitando información sobre el bien inmueble y manifestando el interés del grupo inversor previo a hacer una oferta de compra. Se estima un avalúo fiscal entre 70 y 100 millones de pesos, ya que el bien a priori localizado es BNUP (Bien Nacional de Uso Público).

Concluido la sesión nos trasladamos al lugar escogido para el proyecto, así como a la propiedad vecina que está igualmente a la venta y con la que se podría ampliar la envergadura del proyecto. Un proyecto  de hotel, por cierto, desfragmentado que permitirá integrar no el hotel en la ciudad, sino la misma ciudad en el hotel, como recoge el escrito que me acaba de remitir la arquitecta Isabel Soto:

“Encontramos el lugar o el lugar nos encontró a nosotros… desprevenidos, mirando el lugar en pausa, deslumbrados por su cercanía, por la proximidad de su estructura expuesta, atravesando calles y casas, el anfiteatro monumental circundante y los sonidos del puerto en su incesante mover. Entramos en otra dimensión que nos remitió a la experiencia de un posible estar, recuperar, circular, descubrir, entrar para salir desde el interior más básico y acotado del patio-corazón, a la inmensidad de la bahía. Desde el reflejo del sol en un muro-ruina a perderse la mirada en el horizonte delineado por los cerros lejanos, en un subir y bajar posible, ampliando la mirada, en un entrar para salir, graduando, tamizando, interioridad y exposición máxima. Un lugar, sí, pero no único. No exclusivo. Vivo. Incorporado al acontecer. Con dinámica propia, interactuando con el hotel, pero independiente tal vez. Poder mirar su devenir desde una posición de privilegio, de vecino inmediato. El lugar del hallazgo, con su totalidad incorporada, nos hace relativa la premisa inicial y nos abre los ojos de la piel al Hotel de los Sentidos.”

Una vez más, lector, te animo a vincularte a este proyecto tan singular del que seguramente podrás extraer conclusiones innovadoras que se apliquen más tarde en tu propio hotel.

Fernando Gallardo

Bras vs. Aduriz: liturgia de lo natural

plantas Voy a remontarme a unos cuantos años atrás, mucho antes de iniciar el proyecto de Les Cols. Fuimos invitados a Laguiole para disfrutar del sueño de Michel Bras, el restaurador francés del minimalismo y la huerta auténtica.

Llegar a Aubrac era ya una experiencia, encontrarte con ese paisaje y con una edificación que sale de la nada…, sencillamente  mágico. Ver anochecer y vislumbrar la tormenta que se acercaba desde el horizonte en una de sus habitaciones, rodeadas de prados, con vacas mirándonos de reojo y nosotros perplejos ante tanta belleza natural. Luego, el colofón, cenar en el restaurante… Creo que ha sido la experiencia sensorial más completa que de momento he tenido. La mesa puesta con dulzura, el espectáculo visual de los platos… Daba pena comértelos y destrozar así la belleza que entraba en cada poro de nuestra piel. El gusto, insuperable, era lo que te animaba a modificar  la siguiente obra de arte que nos presentaban. Todo tan medido, todo estudiado pero presentado como un juego… Realmente sublime. Michel Bras consigue poco a poco que sientas su tierra, su paisaje, su cielo, y eso es lo que lo hace único.   Nadie como él sabe transmitir tanta poesía con tanta carga orgánica. Ese viaje nos marcó, fue el inicio de un largo camino que aún recorremos y espero encontrar más motivos para seguir caminándolo.

Anteayer asistí a la décima edición del Fòrum Gastronómic 09. Me escapé unas horas para no perderme el último de los diálogos de las tres jornadas para profesionales entre dos grandes cocineros que no  sólo cocinan para sus comensales, sino que ejercen como verdaderos gurús para muchos: Michel Bras y Andoni Luis Aduriz. Ambos destilan una completa filosofía de vida.

Se perfilaba como unos de los actos más concurridos de este exitoso evento celebrado en Girona. Sobre las 17.45h, el Auditori de Girona rebosa de incontenida expectación. Cocineros reputados, alumnos de hostelería de toda España, 250 periodistas acreditados y algún  que otro curioso, como yo misma. Pero he de confesar que ayer Bras no me sorprendió nada, aunque el brujo de las hierbas nos obsequió, como primicia mundial, con la nueva versión del ya celebérrimo coulant, made in Bras. Todos babeando ante tanta simpleza y genialidad. Hacía mucho tiempo que no me estremecía de esta manera, sobre todo con el oficio de Andoni, al que no conocía. Espero poder ir pronto al Mugaritz y poder contarle en persona lo que sentí en Girona.  Puede que le dé lo mismo, puede que no. Confío en que no.

Quizá desbordado por tanto público, o por tener delante a su idolatrado Michel Bras, Aduriz nos dio a todos una lección de humildad, de profesionalidad y de persona cercana. Llegar adonde ahora está, con dos estrellas Michelin -que, por mérito, son  tres- no ha resultado fácil. Su trabajo con la naturaleza salvaje, sus propuestas  y sus miedos lo agigantan. No es muy normal que un profesional de esa categoría confiese sus miedos, tema sus errores, que no todo salga perfecto. Me sentí muy identificada con él, con el compromiso que los profesionales del sector debemos adquirir con nuestros clientes, respetar y agradecer su esfuerzo para desplazarse a nuestros establecimientos y que las expectativas creadas sean superadas cuando recuerden su vivencia. Y sin miedo a ser trasgresor, a cambiar reglas, algunas ya modificadas por Bras 25 años atrás creando  su propio estilo.

Todo lo que se habló allí podemos trasladarlo  a nuestros hoteles. La experiencia de Bras, sus viajes, sus paisajes, sus colores, su poesía… Todo tiene un hilo conductor: su cocina. Estoy segura de que mi experiencia fue superlativa en gran parte por cuanto precedió a la comida. Todo ese camino recorrido es lo que hizo que pudiéramos disfrutar muchísimo más de los manjares que nos ofrecía. Adentrar al cliente al paisaje, a todo lo que le rodea, aportándole la mayor carga sensorial posible.

La liturgia empezó por la sonrisa de bienvenida de Andoni o el recibimiento que Michel hace en el parking a sus  clientes. Siguió por el  camino que nos van enseñando poco a poco, proponiéndonos juegos como si se tratara de la ceremonia del té. Jugó con respeto, pero con una liturgia y un orden al que nadie sería incapaz de negarse. Creó una atmósfera mágica que devino en una experiencia  única.

Solo así, nosotros, en nuestros establecimientos, podremos llegar a los sentimientos de nuestros invitados. Solo con tanto mimo como éste podremos intercambiar bienes muy preciados, felicidad por tiempo. Virtud cada vez más difícil de ofrecer a los viajeros en los tiempos que corren.

Judit Planella, Les  Cols Pavellons

El Laberinto Orientado

Laberinto orientado Aún recuerdo la primera vez que me adentré en los cerros de Valparaíso. Una buena amiga que jugaba de local me tomó de la mano y me llevó por lugares singulares en un frenético tour, sin darme la posibilidad de tomar conciencia por dónde iba, y menos, de poder orientarme.

Caminábamos por una calle del plan bordeando un edificio gris cuando, de un tirón, me introdujo en una pequeña puerta, a la que le seguía un pasillo angosto que remataba en un torniquete de control… Hasta ese momento, yo no sabía donde estábamos.

Luego me subió en una pequeña cabina que rápidamente empezó a trepar por la ladera, aferrándose a unos rieles metálicos, chirriando, mientras otra cabina similar bajaba como un gato cuyas garras no eran suficientes para evitar el deslizamiento hacia los pies del cerro. Poco después me di cuenta que ambos animales iban amarrados entre si por un grueso cable, siguiendo un ritual bastante elemental que aprovechaba la fuerza de gravedad.

Una vez arriba, mientras yo miraba embobado el mar que ya había hecho su entrada triunfal, ella me expulsó de la boletería-sala de espera-punto de encuentro, y me llevó de una carrera hacia un paseo que seguía la cota del cerro. Pero la tranquilidad no me iba a durar mucho rato… De otro tirón me introdujo de nuevo en el cerro, subiendo por unas escaleras, después doblando una esquina, después otra y a continuación nos metimos por un vacío en medio de una casa, que resultó ser el Pasaje Bavestrello, y cuyo nombre nunca se me olvidó porque había un cartel con letras perforadas a través de las cuales el sol jugaba con las sombras y las proyectaba sobre un muro del edificio-pasaje.

Bajamos, doblamos y volvimos a subir. Y así varias veces, alternándose en cada ocasión el orden de las acciones emprendidas. Rampas, escaleras y nuevamente un ascensor que nos devolvería a los pies del cerro, dejándonos orientados nuevamente en el plano de la ciudad.

Ese día dormí intranquilo. Con una inquietud como de niño en la víspera de Navidad. En mi memoria se sucedían las imágenes de edificios con calaminas de múltiples colores, muros de ladrillos, improvisadas obras de arte callejeras, soluciones inesperadas para barandas, gradas, accesos a distintas alturas… Y yo no era capaz de darles un orden coherente.

Fue mucho tiempo después que descubrí el Hilo de Ariadna, o, mejor dicho, esa hebra interminable representada por las soleras de las calles en los cerros que permiten orientarse a través de señas, colores y letras que lo van guiando a uno desde el suelo con eficiencia digna de elogio.

Ya habría querido tener estas soleras marcadas esa vez que la medina de Fez me llevó a la desesperación, mientras un par de muchachos ociosos me perseguían y se reían de mi evidente incomprensión, no sólo de la lengua árabe, sino también de las reglas de orientación de ese laberinto…

Sólo la regular y reconocible forma del patio interior del riad logró tranquilizarme, y permitió que mis sentidos volvieran a embriagarse con el sabor del té a la menta, el aroma de los naranjos, el sonido del agua de la fuente, con la vista y el tacto danzando sobre los azulejos de ininteligibles símbolos.

¿Que condiciones básicas deberá considerar el Hotel de los Sentidos para permitirle a sus huéspedes descansar -aunque sea un instante- del Minotauro porteño?

Fernando Vogel, arquitecto del Colectivo Valparaíso