Mal servicio con nocturnidad y alevosía

Egon SchieleEn uno de los foros hoteleros existentes en Facebook, donde la profesión turística encuentra un libre canal de opinión en el que efectuar consultas o comunicarse sus cuitas gremiales, saltó a mi pantalla el siguiente texto, publicado hace unos días y cuyo autor no es necesario que revele:

Pareja de pasantes que llaman sobre la media noche para preguntar por disponibilidad y que llegan al hotel sobre las 2 de la madrugada…. Rusos. A las 4.15 AM llama ella desde la habitación y la cosa va así: (conversación en inglés) …

Riiin riing!!!

– Recepción, buenas noches.

+ Hola, buenas noches, mira, es que tengo una… hhhmmm… URGENCIA femenina y necesito ayuda.

– De qué se trata? ¿Podemos ser un poco más concretos al respecto para que pueda ayudarla?

+ Cómo te diría… Una urgencia femenina, ¿entiendes lo que digo?

– Pues sinceramente, si no concretamos la urgencia, no podré ofrecerle más ayuda.

+ Hhhmmmm… Una urgencia sobre… hhhmmmmm, “el periodo”.

– Correcto, entiendo, podría facilitarle alguna toalla en todo caso, por si quiere esperar hasta mañana para comprar tampones o compresas en la farmacia más cercana.

+ ¿Y no hay ninguna mujer a la que puedas llamar o despertar que pueda ayudarme?

– Pues, sinceramente, son las 4.15 de la madrugada y no creo estar en disposición de despertar a nadie por esa urgencia.

+ De acuerdo, ¿y la farmacia de guardia más cercana?

– Pues, efectivamente, puede acercarse a ella en todo caso.

Y, así, a las 5 AM han salido a la farmacia de guardia más cercana a por tampones.

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Esas pequeñas cosas

Son aquellas pequeñas cosas,
que nos dejó un tiempo de rosas
en un rincón,
en un papel
o en un cajón.

Joan Manuel Serrat

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¡Y por qué no en un hotel! Arquitectura, decoración, instalaciones a lo grande, atenciones de manual… Pero lo inolvidable son siempre esas pequeñas cosas. Son los pequeños detalles los que crean grandes emociones. Una sonrisa, una mueca simpática, un gesto. O un pañuelo desinfectante, una toallita húmeda, un carrito portaequipajes.

Nunca olvidaré aquel pequeño descuido que tuve en la mesa del hotel Palacio de Seteáis, cuando me disponía a apurar el café tras una suculenta cena. El mantel, blanco inmaculado, se ensució. Sin verlo llegar, no sé si por vergüenza, el camarero se aprestó a limpiarlo. Muy delicadamente. Con la simple ayuda de una servilleta enrollada y un cuenco de agua con gas en el que flotaba… ¡un pétalo de rosa fresca! Así, como quien no quiere la cosa. Sin más ditirambo. Paciente y elegantemente.

Ya no reparé más en la mancha sobre el mantel. Aquella liturgia me ensimismó, me elevó desde el prosaico descuido hasta el altar mismo de la gestualidad. Parecía tan natural, tan Sigue leyendo

Las camareras voladoras

Al final de una cena exquisita, y solo en el momento de servir los postres, a una de las camareras le tembló el pulso e hizo gorgotear el agua mientras servía el vaso. Diablos, ¿qué ha sucedido? Enseguida mi acompañante y yo nos hicimos eco de la desdicha. Se había producido una ruptura fatal en la cadencia armónica del servicio, un descuido imperdonable en la quietud del comedor, por culpa seguramente de un paso anticipado o de un gesto retrasado. El ambiente, de repente, rompió su estro zen. Como un navajazo, todas las miradas confluyeron hacia aquel vaso de agua en cuyo regazo se había percibido un leve, pero ostensible, gorgoteo. La camarera, avergonzada, se disculpó con una sonrisa amable de que le hubiera sonado el agua en su servicio y, además, una gota se eyectara sobre el mantel mojándolo en un puntito ámbar. No pasa nada, es solo una gota de agua, le susurré mientras intentaba secarla con la yema de mi dedo índice. Pero el mal ya estaba hecho. La paz celestial de aquel lugar se turbó al restallar en el aire envolvente de la mesa un ¡glup! seguido de un ¡clap!

Es tal el refinamiento vivido esta pasada noche de marzo en el hotel Mandarin Oriental Barcelona que cualquier siseo pudo quebrar sin quererlo el concepto sublime del silencio y la fragilidad comensal. Seguramente el lector yace atónito por la importancia que le estoy concediendo a semejante nimiedad. Qué tontería, pensará. Negar una liturgia de servicio como Sigue leyendo