El turismo del futuro cuelga de un cable

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El pasado 8 de septiembre, 33 turistas pasaron la noche suspendidas de un cable en el macizo del Mont Blanc, cerca de Chamonix, en los Alpes franceses. Eran las dos de la tarde cuando el remonte mecánico que cubre el trayecto entre la Aiguille du Midi, en Francia, y la Pointe Helbronner, en Italia, se detuvo abruptamente. Escaladores, paseantes, curiosos, incluso familias enteras con niños a bordo se quedaron atrapados en las 12 cabina que formaban el convoy aéreo. Con el reclamo de unas vistas espectaculares sobre el legendario glaciar del Mont Blanc, este telecabina funciona desde hace varias décadas con gran éxito de público, tanto en verano como en invierno, que sirve de enlace a estaciones de esquí a ambos lados de la frontera alpina. El viaje dura 30 minutos, es una verdadera gozada para los sentidos. Doy fe.

Al parecer, los cables de transporte se habían enmarañado a causa del viento, por lo que el personal técnico del telecabina se afanó en desenredarlo, mientras otros efectivos con ayuda de helicópteros procedieron al rescate de las 110 personas que estaban siendo transportadas de una punta a otra cuando el sistema se averió. Unas 65 fueron izadas con cuerdas a los helicópteros, mientras otras 12 tuvieron que ser rescatadas por un equipo de especialistas italianos que les hizo descender verticalmente con cuerdas de seguridad al estar las cabinas cerca del suelo.

Al anochecer, la caída de la visibilidad obligó a suspender las labores de rescate y 33 personas, entre ellas un niño de 10 años de edad, tuvieron que quedarse en el refugio de sus siete coches con la única ayuda de una bolsa de superviviencia que todos los telecabinas están obligados a portar. Miedo, incertidumbre y, sobre todo, aburrimiento. Así describieron los pasajeros aquella fatídica noche de frío invernal.

«Al principio estuvimos tranquilos, pues sabíamos que teníamos las mantas de supervivencia. Pero alrededor de las dos de la mañana, el frío empezó a castigarnos y luego, sobre las cinco de la mañana se nos hizo insoportable, a pesar de las susodichas mantas», relataron al día siguiente. «A medida que avanzaba la noche, la necesidad de sobreponerse a los nervios era enfrentarse a la adversidad con buen ánimo, por lo que las personas que compartíamos una misma cabina nos pusimos a jugar a todo lo que sabíamos, no importaba cual era nuestra nacionalidad. Charlábamos, llamábamos por teléfono a nuestras familias y amigos, volvíamos a jugar». A gritos se comunicaban con los resilientes de las cabinas más próximas, unas veces para vencer el miedo, otras veces para animarse o compartir conocimientos de supervivencia.

Los equipos de rescate, mientras tanto, acompañaron a los pasajeros en cinco de los coches, que fueron los únicos a los que pudieron acercarse por vía aérea. Desde tierra era imposible. El glaciar bajo sus pies amenazaba con sus grietas cualquier intento de llegar hasta las cabinas restantes, cuyos pasajeros tuvieron que animarse ellos solos.

A las seis y media de la mañana, los técnicos reemprendieron la tareas de desenredar los cables de soporte y remolque afectados por el viento. Dos horas después, el telecabina entró nuevamente en servicio, con lo que sus ocupantes llegaron sanos y salvos a la base francesa. Los responsables del telecabina se quedaron muy sorprendidos de encontrarlos, no solo enteros, sino felices por la experiencia vivida y compartida, a pesar de la incomodidad y el peligro de congelación nunca desdeñable en la montaña, incluso en pleno verano.

Una lección poderosa debemos extraer de esta aventura vivida por los 33 colgados de un cable en los Alpes. El turismo se está volviendo cada día más experiencial, más emocional, lo que introduce un riesgo probable que entronca con los principios de la era de los viajes, cuando viajar era más que un periplo, una verdadera exploración. Sin ese sentido exploratorio, sin las emociones fuertes de una puesta de sol, una escalada de montaña, una travesía del desierto, una singladura marítima o un quedarse colgados de un cable, no existirá en el futuro más turismo que el virtual.

Es, pues, razonable pensar que si tesitura del turismo futuro es la experiencia, conviene replantearse los planes educativos para preparar no solamente profesionales de cualquier actividad económica, sino también expertos resilientes en cualquier actividad humana. En nuestras escuelas sigue sobrando la memoria de los reyes godos y faltando las necesarias dotes de supervivencia que el turismo de mañana va a exigirnos. Cómo sobrevivir a una catástrofe. Cómo resistir las secuelas de un accidente. Cómo afrontar un peligro, el miedo, la incertidumbre, el frío, el calor, la sed, el hambre…

Porque un mundo mejor no es el que asegura un salario digno, sino el que hace resistente y resiliente a los humanos. Saber cómo sobreponerse a la adversidad. Saber cómo vencer el infortunio con el apoyo de la comunidad. Saber cómo librarse de una pesadilla mediante una sonrisa, un juego o un abrazo. Aprender a comprender. Adquirir conocimiento del medio. Desarrollar la empatía. Interiorizar el sufrimiento. Explotar la capacidad de sacrificio. Cultivar el don de gentes, la psicología social. Avanzar en las neurociencias.

En fin, explorar dentro de nuestro cerebro la razón primigenia de nuestra inteligencia, nuestra percepción sensorial, nuestra condición humana.

Todo esto y más será el turismo de las próximas décadas. Innovación + diferenciación + colaboración.

Claro que siempre habrá entre nosotros débiles o inhábiles para afrontar tamaños desafíos en sus viajes o hábitos turísticos. Por ello, una nueva estrategia educativa debería servirles para adquirir esa fuerza interior que les impedirá en el futuro ser arrojados desde el Monte Taigeto.

Fernando Gallardo |

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