Lanzarote, la isla antiaging

museosubLanzarote

En mis últimas apariciones en redes sociales más de alguno se habrá sorprendido de ver la apostilla #antiagingLanzarote. A fin de disipar dudas y malentendidos, no se trata de ninguna marca patrocinadora, ni de ningún trending topic que me pueda conectar con el mundo. Si acaso, el alias por el que nos reconoceríamos los miembros de mi generación Baby Boomer frente a tanta noticia relacionada con la generación Millennial llamada a protagonizar el momento político, económico y social de la próxima década. Pero, por encima de todo, #antiagingLanzarote es un proyecto surgido en mi última visita a la isla este mes de junio, cuando gran parte de la población turística pertenecía a la llamada Tercera Edad. El proyecto de organizar próximamente un congreso en esa isla tan vital, tan telúrica y tan querida por mí, sobre la posibilidad científica de un retorno a la Segunda Edad por parte de ese segmento turístico hoy asignado a la Tercera.

Sí, la posibilidad existe realmente y no tiene nada de ciencia ficción. A lo largo de la historia, la esperanza de vida humana en el mundo ha aumentado drásticamente desde Sigue leyendo

Qué culpa tiene el tomate… (transgénico)

He seguido de lejos, pero con sumo interés, los Diálogos de Cocina que hoy se han celebrado en San Sebastián, bajo la tutela organizativa del grupo GSR, con quienes organizamos hace unos meses nuestras Jornadas de Innovación Hotelera de la Ruina Habitada. Los equipos del hotel-restaurante Echaurren y el Mugaritz se han mostrado especialmente activos en el tuiteo de las ponencias y me han iluminado sobre aquello que en la sala se debatía. Mi atención estaba centrada, no obstante, en la reflexión que hizo el profesor de investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Pere Puigdomènech, acerca de la genómica de las cucurbitáceas y la variabilidad de las especies en el desarrollo de las semillas para cultivo.

Al respecto de la secuenciación genómica me vino enseguida a la mente una vieja conversación con el difunto Santi Santamaría (que Dios le tenga en su gloria y lo ilumine ahora que le asiste sobre los transgénicos) en la que reivindicaba por encima de cualquier otra consideración la denominada “cocina del kilómetro cero”. Entiéndase esta corriente filosófica como un apéndice del movimiento slow que obliga a los restaurantes acólitos a cumplir ciertas premisas fundamentales, como son el comprar los alimentos directamente a los productores en un radio inferior a 100 kilómetros y que los productos adquiridos sean ecológicos y cuenten con su correspondiente certificación. Como parece razonable y hasta cierto punto obvio, la propuesta no puede ser más onírica y entusiasmante en la sociedad del bienestar en que vivimos, al menos por el momento. Pero el talibanismo del ecochef mentado provoca numerosas dudas en aquellas sociedades más menesterosas en que el acto de comer no reviste todavía esa pátina cultural que ejerce en nosotros Sigue leyendo