— ¡Socorro, ayuda, estoy en peligro!
— Copiado. ¿Dónde se encuentra usted ahora? Enviaremos de inmediato un equipo de rescate.
— ¡No quiero decirlo! No vaya a ser que el equipo de rescate trafique luego con mis datos. ¡Ayuda, socorro!
Este supuesto no es una broma. Se podría plantear en un futuro si el derecho a la privacidad acaba prevaleciendo sobre el derecho a la información y la libertad de expresión suscitados por la utilización de las nuevas tecnologías digitales.
Claro ejemplo de ello es Uber, que continúa sufriendo el acoso de diversos grupos de presión renuentes a los cambios hoy impuestos por la nueva economía digital. Esta vez no son los taxistas, sino un grupo organizado de ciudadanos norteamericanos que aboga por el derecho a la privacidad y pleitea ante la Federal Trade Comission (la agencia federal encargada de la promoción de la competencia y la protección de los consumidores) con el fin de que se prohiban las actividades de esta plataforma por el uso publicitario de los datos de sus suscriptores. En una misiva dirigida esta semana a la citada agencia, el Electronic Privacy Information Center (EPIC) acusa a Uber de abuso manifiesto en los datos de ubicación de sus clientes. Sigue leyendo


En un artículo anterior escribí que en buena parte de los hoteles que visito acabo siendo reconocido y que por eso me extienden de vez en cuando la alfombra roja: una botella de champán en la habitación, wifi de banda ancha en funcionamiento cierto, vistas más seductoras desde mi habitación, reserva en el restaurante confirmada, el coche guardado en el garaje por un menestral y unas algunas prebendas más… También advertí que, por modestia o rectitud, nunca ha sido ésta una prerrogativa que yo haya utilizado con alevosía. Quizá porque mi ética reconoce en los demás la misma credencial VIP a la hora de hospedarse en un establecimiento hotelero.