Aprendamos a bailar con robots

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Al hilo del avance vertiginoso de la inteligencia artificial en la industria turística y de la robótica aplicada en otros sectores industriales, como el automovilístico, aumenta la angustia de los trabajadores por verse más pronto que tarde sustituidos en su desempeño laboral por estos supuestos monstruos de la tecnología digital. A pesar de las correcciones que desde diversas posturas analíticas se han hecho al célebre estudio de Carl Benedikt Frey y Michael Osborne, de la Universidad de Oxford, según el cual el 47 por ciento de los trabajos corría peligro de automatización en los próximos 10 a 20 años, la brecha del desempleo o de un subempleo masivo es patente en todas las aproximaciones que se hacen sobre el futuro laboral de los seres humanos, como bien acertó a expresar el Banco de Inglaterra a través de su director económico Andy Haldane.

De todo ello hemos llamado la atención a través de sucesivos posts en este foro y en los seminarios que impartimos entre 2015 y 2017 por distintas ciudades españolas. Junto al peligro inminente de sustitución robótica, los trabajos que requieren creatividad, inteligencia social y un alto nivel de destreza, como el de las camareras de piso, permanecerán fuera de peligro al menos durante estas dos próximas décadas. «En algunas profesiones, la automatización forzará grandes cambios, pero no tiene por qué suponer la destrucción masiva de empleos», advierte uno de los autores del citado estudio, el ingeniero y matemático Michael Osborne.

¿Significa esto que los trabajadores creativos conservarán su empleo sin más? Porque incluso el más creativo de los trabajadores propende a la mecanización de numerosas funciones, como vienen de demostrarlo los periodistas apoyados en las aplicaciones de edición de textos o los músicos con sus técnicas de sampling. Nosotros creemos que sí, que la inteligencia artificial, el aprendizaje automático y la analítica de macrodatos terminarán sustituyendo, no al trabajador, sino a la parte mecánica o rutinaria del mismo, como acertamos a propalar en aquellos eventos docentes: «los trabajadores humanos deberán ir acostumbrándose a compartir su espacio de trabajo con los robots».

Esto es lo que viene ahora a corroborar el tecnólogo, periodista y artista visual James Bridle en un libro cuya publicación es inminente: New Dark Age: Technology and the End of the Future. Tras un examen minucioso de la historia del arte, la tecnología y los sistemas de información, el autor explora el sueño digital de la Humanidad y expone en toda su crudeza los límites de la tecnología en la comprensión de nuestro mundo. Pero el verdadero interés del trabajo consiste en desempolvar la legendaria derrota de Garry Kaspárov, el campeón mundial de ajedrez, a cargo de la máquina Deep Blue de IBM, el 10 de febrero de 1996. Una nueva versión de este ordenador, Deeper Blue (azul más profundo) volvió a jugar contra Kaspárov en un encuentro a seis partidas que culminó con la derrota total del campeón ruso el 11 de mayo de 1997.

Cualquier otro ser humano habría dejado de jugar para siempre al ajedrez, desalentado por su fragilidad intelectual frente a la máquina. O se habría dedicado a organizar campeonatos de robots en la nube. Contra todo pronóstico, lejos de sentirse humillado, el gran campeón encontró un nuevo interés en el ajedrez preguntándose, ¿qué pasaría si en vez de competir con las máquinas colaboráramos con ellas? Y regresó un año después con un nuevo formato: el ajedrez avanzado, conocido hoy como el Centauro, un híbrido ajedrecístico de hombre y máquina con el que se iniciaba la era del ajedrez aumentado.

En esta novedosa modalidad del cual Kaspárov sigue siendo su precursor máximo, los humanos se asocian, en lugar de competir, con las máquinas. En junio de 1998 jugó el primero de una serie de torneos con partidas de 60 minutos contra el gran maestro Veslein Topalov. Cada uno de ellos se hacía acompañar de un ordenador con miles de partidas enlatadas en su base de datos. Analizaban qué jugadas recomendaba el ciberasesor, si existían antecedentes de posiciones similares, y planificaban en consecuencia los movimientos acordes. Enseguida obtuvieron algunas conclusiones muy interesantes para el futuro del ajedrez. Mientras una máquina de ajedrez de nivel medio puede barrer a la mayoría de los grandes maestros, un humano medio emparejado con una máquina de nivel medio es capaz de vencer al superordenador más avanzado. Pues bien, el juego resultante de esta combinación humana y robótica ha terminado por revolucionar el ajedrez moderno.

Queda por ver si esta cooperación es posible con sistemas de inteligencia artificial más complejos como lo que se están desarrollando últimamente. Pero la formulación de acciones conjuntas hombre-máquina abren una vía de futuro más esperanzadora que cualquier limitación ética al desarrollo robótico o que el presumible desaliento humano ante la ineluctable invencibilidad de la máquina.

La tecnología es una extensión de nosotros mismos. Ideas y acciones codificadas en software o en infraestructuras organizadas. La inteligencia robótica no sirve para proporcionarnos todas las respuestas que deseamos, sino para permitir hacernos nuevas preguntas, nuevas aproximaciones humanas al universo. Sistemas computacionales avanzados como los que actualmente transforman los modos de producción tradicionales, desde el Big Data, el Blockchain, el Machine Learning o cualquier otra expresión de la superinteligencia enfatizan uno de los aspectos más poderosos del ser humano: nuestra capacidad de actuar efectivamente en sociedad y desarrollar nuestras habilidades más allá de los límites conocidos. Descubrir y articular estas habilidades, desbordar los límites sin anular las habilidades de nuestros congéneres, es la ingente tarea que le espera al ser humano en estas próximas décadas.

Fernando Gallardo |

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