Ancianos digitales en edad de trabajar

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En una reflexión anterior afirmamos que las mejoras urbanas en higiene y el acceso a una alimentación saludable habían incrementado las expectativas vitales de la población mundial 10 años por cada generación, al menos desde mediados del siglo XIX. Gracias a las reformas democráticas y el periodo de prosperidad iniciado tras las dos guerras mundiales, claves en el desarrollo del denominado Estado de Bienestar, la edad de jubilación en los países avanzados pudo establecerse en los 65 años, como resultado de lo cual la ciudadanía senecta ha logrado satisfacer hasta la fecha gran parte de sus inquietudes vitales, comenzando por el hambre de conocimiento a través de los viajes y la industria del turismo. Y en demografía lo que está por venir es aún más asombroso: el número de personas de más 60 años aumentará en 2050 de los 600 millones actuales a casi 2.000 millones, un incremento que será mayor y más rápido en los países en desarrollo, donde se prevé que la población anciana se multiplique por cuatro en los próximos 50 años.

También atribuimos a la alimentación, al fenotipo y al genotipo el triple rol causal del envejecimiento. Y que la investigación genómica promete avances significativos en las dos próximas décadas respecto a la senescencia insignificante ingenierizada. O el rejuvenecimiento del cuerpo humano mediante la reparación de órganos y tejidos en función de las mutaciones/epimutaciones nucleares, las mutaciones mitocondriales, los desperdicios intra y extracelulares, las pérdidas de células, las interconexiones extracelulares y la senescencia celular. Algún día será posible que el ser humano viva hasta los 200 y 300 años, tal vez incluso hasta los 1.000, en opinión de algunos científicos que no pueden ser tachados de charlatanes. Lo que sí parece admisible por casi toda la comunidad científica es que más pronto que tarde la media de la población humana rebase los dos dígitos en esperanza de vida. Esto es, que más de 3.000 millones de personas vivamos al menos 100 años a partir de 2030.

Quizá no debería anunciar esta expectativa en primera persona del plural. Quizá fuese más sensato anunciarlo en segunda persona, pues serán aquellos que hoy cumplan menos de 50 años los más proclives a ser centenarios. ¿Qué nos sucederá entonces a los Baby Boomers, a esa generación nacida entre los años 1946 y 1964, en la aserción corriente de la oficina estadounidense del censo? Pues que la media llegará muy probablemente a vivir entrados los 90 años, de los cuales 75 serán años de estar en edad laboral productiva. ¿Imagina alguien la posibilidad real de retrasar la edad de jubilación en Europa hasta los 75 u 80 años?

Seguramente habría un alto porcentaje de los indómitos Baby Boomers asertivo si se les ofreciera esa oportunidad. Frente al cansancio que produce la edad cabe entender el desempeño laboral —la menos, la actividad creativa— no solamente como un factor generador de neuronas, y de prolongación de la vida, sino como un aliciente psicológico a sentirse útil para sí mismo y para el conjunto de la sociedad. La aceptación del envejecimiento, sobreentendido como una moral colectiva, resta valor a las condiciones anteriores enfrentando a los individuos al dilema de su continuidad laboral o retirada del servicio activo. Tanto es así que la jubilación —vocablo procedente del latino jubilare, que significa expresarse con alegría— es un derecho comprendido dentro del régimen de la seguridad social de cada país. Tal derecho obliga al Estado a determinar una edad —en España, de los 65 a los 67 años paulatinamente— por la cual el ciudadano no se encuentra física o mentalmente capacitado para continuar realizando el trabajo hasta entonces ejercido.

La mera existencia de este derecho devalúa, aunque sea de manera tácita, el conocimiento y la experiencia de las personas mayores para el conjunto de la sociedad. No solo porque desde los 65/67 años hasta los 85/90 años estas personas son consideradas inútiles o son menospreciadas por su reluctancia a las inovaciones, sino porque ya desde los 45 años los trabajadores sufren la discriminación de la edad por parte de las corporaciones más innovadoras (y aun por las que no lo son en absoluto). Esto lo sabe obviamente todo el mundo, pero fue corroborado en 2014 por la Universidad Tecnológica de Sidney y ha recibido en 2018 el baldón del informe Infoempleo Adecco sobre oferta y demanda de empleo en España.

La política discriminatoria de las empresas no se circunscribe al territorio español, donde por cierto existe una mayor laxitud de contrataciones adultas en el vibrante sector turístico. Un estudio de ProPublica muestra que en los últimos cinco años IBM ha expulsado silenciosamente a más de 20,000 trabajadores de edad superior a 40 años. Otras 150 compañías tecnológicas de Silicon Valley han sido acusadas más o menos de discriminación etaria, pese a que la legislación estadounidense lo prohibe a todos los efectos. Dos tercios de los trabajadores de entre 45 y 74 años denuncian haber sufrido esta discriminación.

Dado que no todo es blanco y negro en las políticas de empleo y en la gestión de recursos humanos, la pregunta a hacerse es si acaso la aceleración digital no está cogiendo por sorpresa a los Baby Boomers y los está expulsando de un mercado laboral cada día más tecnológico y donde la demanda de programadores y diseñadores de aplicaciones atenúa a la de tareas rutinarias cada día también más expuestas a la sustitución robótica. En un mercado fuertemente competitivo, al cual se han incorporado con organización y talento nada menos que 2.500 millones de personas en los países emergentes, los nativos digitales poseen incontestablemente enormes ventajas. ¿Qué hacer entonces con los trabajadores entre 45 y 65 años? ¿Se les rebajan sus percepciones o se les condenan a una jubilación anticipada incluso no deseada?

La gran paradoja estos días es que esta generación de profesionales innovadores que cuentan entre sus líderes a los Bill Gates, Steve Jobs, Tim Berners-Lee, Ray Kurzweil y demás padres de la tecnología digital es la generación que goza de mejor salud que nunca (salvo el fundador de Apple por su obcecación naturista), mantiene una relación laboral vibrante y creativa, vive el cosmopolitismo de las comunidades hippies y en muchos casos trabaja más horas que sus colegas más jóvenes. Pese a ello, el ritmo acelerado de cambios que imponen los millennials y los que impondrán las generaciones futuras condenan a que aquellos se sientan cada día menos relevantes en la sociedad por ellos mismos creada. Sus millonarios empleadores, niños dominantes en las redes sociales y creadores de Facebook, Snapchat, Airbnb, Uber, Ethereum o Winding Tree, los ven ya como un pasivo y no como un activo laboral en sus startups. Harvard Business Review fijaba en ¡31 años! la edad promedio de los fundadores de unicornios (startups valoradas en más de 1.000 millones de dólares).

Lo aterrador de estas empresas tecnológicas que copan ya los primeros puestos en Wall Street es que uno se puede sentir viejo a los 40 años. Y la perspectiva de llegar a los 100 años en estos nuevos ancianos obliga a preguntarse en qué se emplearán, no ya los Baby Boomers, sino los Millennials dentro de 10 o 20 años. Mientras su esperanza de vida crece, la esperanza de empleo para aquellos decrece. Los ciudadanos de todas las edades ganan poder en la nueva sociedad digital, mientras el poder empresarial y laboral se desplaza a las generaciones más jóvenes.

Ahora bien, ¿están los jóvenes preparados para dirigir estos grandes conglomerados digitales cuando dejan de ser startups? Los casos de Uber, Twitter o Snapchat evidencian que no del todo. Nacen como unas empresas estupendas en sus innovaciones tecnológicas, conquistan a todos con una visión simple y global, transforman los sectores en que crecen, pero después decepcionan o flaquean por falta de experiencia u orientación del negocio. Dominan la inteligencia artificial, pero sucumben a la inteligencia emocional.

Así que aquí reside el valor de la edad provecta. Toda esta generación de baby boomers desterrada de los puestos de responsabilidad en la empresa digital, en la sociedad digital, acredita un conocimiento, una experiencia y una habilidad empática que puede ser de enorme ayuda para los trabajadores millennials en la próxima década, e incluso para los próximos 20 o 30 años, cuando la edad del Baby Boom se extienda hasta los 90 o 100 años felizmente cumplidos. En lugar de engrosar a bajo precio las plantillas de las nuevas corporaciones tecnológicas, los miembros de mi quinta podrán seguir dando esquinazo a la parca de la jubilación (la edad inútil) ejerciendo como trabajadores autónomos en tareas de enseñanza, entrenamiento y asesoramiento útiles para los miembros de generaciones venideras. Nada extraordinariamente actual, si revisamos el papel de los consejos de ancianos en los anales de las sociedades humanas.

Pero en este empeño es fundamental una toma de conciencia sobre el devenir digital por parte de unos y de otros. Es crucial que los Baby Boomers retrasen lo más posible su jubilación para incorporarse con renovadas ilusiones a los desafíos del nuevo mundo digital. Es indispensable que aprendan código, como exhortó el ex presidente Barack Obama a los jóvenes norteamericamos cinco años atrás. Es imprescindible que adopten sin reticencias la cultura digital y participen en todas las innovaciones que el futuro nos depara: la inteligencia artificial, los vehículos autónomos, la economía colaborativa, la transparencia social, la identidad digital, la tecnología Blockchain. Y, en el campo del turismo, el empoderamiento de los viajes, las identidades múltiples, los productos experienciales y los consumos personalizados.

Igual que el ser humano tendrá que aprender a colaborar en su puesto de trabajo con los robots, los miembros de cuatro o cinco generaciones distintas deberán compartir sus habilidades personales en beneficio mutuo. Esta nueva era digital nos necesita a todos rejuvenecidos y digitales. Oldies but goldies.

Fernando Gallardo |

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