La hoz, el martillo… y ahora las espigas

iii congreso turismo rural avila«No creo en el turismo rural », fueron mis primeras palabras en la ponencia que tuve ocasión de presentar en el recientemente celebrado III Congreso de Turismo Rural de Castilla y León. El denominado congreso de la provocación, bajo el lema Reinventar la Realidad Rural, tuvo lo que su convocatoria reclamaba: una llamada de atención el actual impasse en que se mueven los negocios turísticos ante la irrupción de Internet y las nuevas tecnologías de la comunicación, el fin de las subvenciones públicas provenientes de la Unión Europea, la manifiesta obsolescencias de numerosos alojamientos turísticos, la confusión provocada por la masificada oferta de alojamientos rurales, la supuesta ilegalidad de al menos un tercio de la oferta turística en Castilla y León, el creciente intervencionismo de la Administración pública tras el estallido de la burbuja inmobiliaria, la ausencia de grandes canales de distribución en este subsector turístico y el atávico corporativismo de quienes se sienten pequeños y vulnerables en la soledad del agro castellanoleonés.

No creo en el turismo rural concebido como una categoría desligada de la problemática general del turismo y elevada a modelo sobre el cual se sostiene la política turística de algunas comunidades del interior peninsular, tal es el caso de Castilla y León. No puedo creer en ese modelo categórico porque no me cuadra que se rija por una ley específica que distinga entre hotel, hotel rural, casa rural, posada y posada real como únicos atributos de su condición. Se cae del anteproyecto de Ley del Turismo que pretende aprobar la Junta de Castilla y León la categoría de Centro de Turismo Rural (CTR). Según parece, el retraimiento se debe a la omnipresencia en todo el territorio autonómico de indicadores CTR: Centro de Tratamiento de Sigue leyendo

El valor del palo de chonta

Me he echado las manos a la cabeza en cuanto Facebook me ha enviado la primera alerta del día. Soy un seguidor impenitente de Gastón Acurio, no solo en sus proyectos culinarios, sino también en la gestión que él mismo hace de su nombre en las redes sociales. Ya lo he comentado alguna vez en este Foro. Pero esta mañana hemos amanecido con las ideas torcidas:

Un palo de chonta está en Lima a 10 soles. Un kilo de paiche, a 50 soles. Ojalá algún día, el íntegro de ese dinero llegue a quien extrajo la chonta de la selva, a quien pescó el paiche en madrugada. Dudo que eso suceda hoy. Seguro que cambiará mañana.

Así rezaba su hilo en Facebook esta mañana, que devoro con la fruición del que suspira por el desayuno nuestro de cada día. Conocía su vocación altruista y sus cualidades de estadista (su padre fue un político relevante del Perú y él se marchó a estudiar Derecho a Madrid, aunque luego sus apegos coquinarios lo llevaron al Alto de Miracruz, donde Juan Mari Arzak lo pulió como el excelente cocinero que es hoy). Pero jamás habría imaginado que alguien de su talento cayera públicamente en un populismo tan barato como incomprensible para la ciencia económica. Puede que Acurio haya sufrido alguna pesadilla nocturna… Sí, eso debió de ser.

El caso es que su hilo se ha llenado, como siempre, de apoyos incontenidos y, esta vez, de pronunciamientos escasamente instruidos. La fábrica de ideas de Gastón Acurio se ha convertido así en un Hyde Park Corner de religiosidad comercial autóctona y equitable, es decir, lo que en los países consumidores algunos se afanan en denominar comercio justo, como si las clases menos favorecidas que acostumbran a comprar más barato en la cadena Día tuvieran un comportamiento… injusto.

Jorge Álvarez escribe: “acá en Iquitos el Presidente Regional apoya con la realización de ferias donde los productores de las chacras (pescadores, agricultores) traen sus productos de manera directa sin pasar por los intermediarios. Fela Kuwae aplaude la idea: “lo mejor sería del productor al consumidor, y así se evitaría el intermediario y ellos recibirían un pago justo y no migajas”. Obertila Perret propone que “el Gobierno Sigue leyendo

Antología de cierres líricos

Seguro que algún día, cansado y aburrido, / compartirás con alguien un nuevo amanecer / trabajo de banquero bien retribuido / tu madre con anteojos volverá a tejer.

Malos tiempos para la lírica, cantaban Germán Coppini y Teo Cardalda en los años 80. Eran jóvenes y apenas podían prever que 30 años después, todos calvos, estos tiempos impredecibles les iban a coger, como a todos nosotros, jóvenes y viejos, con el paso cambiado. Tiempos muy malos para quienes aún se empecinan a tocar la flauta como Hamelín.

Las ratas corren por la penumbra del callejón / Tu madre baja con el cesto y saluda.

Porque la flauta no ha sonado para la mayoría de quienes trabajan en el sector turístico de este país, España, que no acaba de variar el ritmo de su pasodoble, pese a las continuas advertencias de quienes anticipaban otro compás menos melódico y tan sinfónico como la Patética de Beethoven.

En fin, todo esto para decir que la cadena Prestige cierra su recién estrenado –1 de enero de 2009, 32 millones de euros de inversión- hotel de Lucena, Córdoba, y que ya van unos cuantos después de su fracasado desembarco en Barcelona con aquel flamante hotel boutique del Paseo de Gracia. No menos sonada ha sido la retirada de la multinacional Hilton en Valencia, que tantas esperanzas depositaba en eventos deportivos tan sonoros como la Fórmula Uno y, algo menos estruendosa, la Copa América de Vela. Hyatt abandona en Madrid. Westin se va de Málaga. Ritz Carlton huye de la Costa del Sol. Six Senses ya hace tiempo que abortó su insensato proyecto de Jafre, en la Costa Brava.

El azul del mar inunda mis ojos / El aroma de las flores me envuelve / Contra las rocas se estrellan mis enojos / Y nuevas sensaciones me devuelven.

Malos tiempos para una lírica construida a pelotazo limpio. Goleada del fracaso que, lamentablemente, nos termina de contaminar a todos. Porque este dislate que se ha ido generando en la costa, en el interior, en las ciudades, como castillos en el cielo, no tiene otra

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Otra manía clasificatoria

Me ha dado un ataque de risa, entre el jolgorio de las sacudidas andinas, leer esta mañana que el máximo responsable para España de los hoteles Intercontinental (IHG) declara no entender por qué tenemos el euro y no una clasificación hotelera común en la Unión Europea. Es un tema reiterativo en mis disquisiciones hoteleras, pero conviene volver de vez en cuando a él para no perder ripio de lo que se dice fuera de este Foro.

starsEn la opinión de Luigi de Rosa, que así se llama su director general, cuesta trabajo entender cómo la Unión Europea ha llegado a tener una moneda común y no es capaz de unificar los criterios en lo que a clasificación hotelera se refiere. Y añade como argumento que su compañía ha desarrollado sistemas “a nivel económico, de calidad, en lo que se refiere a satisfacción de los clientes y de los empleados, que les permiten tener una comparación interna muy buena”, lo cual se supone debería ser extrapolado a otras compañías y a otros hoteles independientes.

Sí, es verdad. Cuesta trabajo entender cómo se ha llegado con facilidad a imponer el euro como moneda común y no a una normalización de estrellas. Como cuesta también entender la falta de una clasificación unificada de bombonerías, que tienen su corazoncito ellas también. Ni que en toda la Unión Europea aún no se haya impuesto una clasificación oficial de verdulerías, o de supermercados, o de tiendas de moda, que la hay de mucho lujo y también de pingos. Y qué me dice Luigi de los bares, de nuestros muy entrañables lugares, que seguramente obtendrían más estrellas que en Noruega o Dinamarca, pues allí hay que buscarlos siempre con lupa. Tampoco están normalizadas las zapaterías, y no admito chanzas patrias con ellas, que aunque no merezcan las 5 GL los Timberland me sientan a mí como un guante y no me los cambio por otro Ariel aunque me llamen pijo.

En efecto, nos queda mucho todavía mucho por clasificar y normalizar en la Unión Europea soviética que desean algunos. Lo peor es que a los ejecutivos de multinacionales que piensan así ya no les queda ni siquiera China. Porque imaginémonos por un momento, en lo que dura un seísmo de 6º, que a Bruselas le diera la ventolera de clasificar a todos los hoteles europeos. Por precio, que suele ser el patrón más fiable por democrático, si la media española por habitación (Trivago Hotel Price Index) está hoy en 85 euros y la suiza en 155 euros deberíamos colegir que un cinco estrellas suizo se correspondería con un dos estrellas español. Y si la media en Madrid reside en 97 euros frente a los 153 euros de Milán, por lo mismo deberíamos entender que si el Milan Grand Hotel Duomo acredita sus 5 estrellas, en una clasificación europea como la que pide Luigi de Rosa el hotel Intercontinental Madrid no merecería más de 3 estrellas.

Creo que ahora empezamos a entendernos.

Fernando Gallardo |

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Turismo basura en Mallorca

En California no tiran su basura a la papelera, la convierten en programas de televisión.
Woody Allen

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Que la Playa de Palma es una basura no debería sorprender a nadie. Menos aún al presidente de las islas Baleares, que la tiene frente a sus narices. Pero el empecinamiento humano en vivir de las rentas del pasado, pese a su decadencia, no es condición exclusiva de mortales a pie de terremoto, sino también de privilegiados servidores públicos que seguro sirven para otros menesteres, pero no para éste.

Subrayo lo dicho estos días por el presidente del Consejo Superior de Cámaras de Comercio de España, Javier Gómez Navarro. Es más, ya iba siendo hora de que lo proclamara. Tras su experiencia anterior como ministro de Turismo, nadie mejor que él sabe el estercolero en que se ha convertido este destino turístico. Muchos se lo callan porque no se atreven a contravenir las reglas de lo políticamente correcto, y con ello no hacen sino agravar el problema y extender el deterioro de la imagen país en todos los foros mundiales. Cuando hay lepra, todo el mundo se aparta.

Profeso una profunda admiración por Javier Gómez Navarro. Y él bien lo sabe. Una amistad y un reconocimiento especialmente oportunos en estos días en que se celebra la 30ª edición de Fitur, la feria que él creó y en la que unos cuantos jóvenes estuvimos implicados trabajando a Sigue leyendo

Amo mi barra rica

Nunca les perdonaré que se hayan ido de mi barra. El camarero se acercó a mi lado de la mesa y se dolió de haber perdido al cliente que tenía asignado desde el principio de la noche. Parecía algo afectado, aunque su sonrisa ancha denotaba una dosis de complicidad French-Waiter-Kitchen-Art-Les-Boisonscomo la que se tiene cuando un adolescente abandona la primera vez el hogar familiar. Lo repitió al menos tres veces con lástima medio divertida: “nunca les perdonaré que se hayan ido de mi barra”.

Bien sabía que seríamos atendidos con todo merecimiento en aquella mesa, asignada a otro compañero garzón de la sala baja. Es mi restaurante favorito en Santiago de Chile, mi must personal, ese local que frecuento a menudo porque sé de corrido que voy a comer rico y muy bien atendido. Entré aquella noche después de aterrizar de la isla de Pascua, sin tiempo para una ducha en casa, lo justo para dar gusto al paladar con un ceviche y una corvina camaleónica. Fui recibido también como siempre, muy amablemente, con ademanes rituales de bienvenida y saludos prolijos de toda esa cohorte de garzones que en estricto orden circulan por entre las mesas. Del fondo a la entrada, de los cenáculos a la gran sala abierta, de la barra principal a la auxiliar, de la cocina al estanque, en el propio altar de la recepción… Y, como la mayoría de las noches, el local estaba atestado de comensales felices. No faltaba siquiera el gerente general, a pie de obra.

La Mar es, muy probablemente, el restaurante con mejores cifras de ocupación de todo Chile. Más allá de las ocho y media de la tarde, hora de cenar aquí, no se toman reservas. Tal es la magnitud de su éxito y estricta la organización de su servicio que se va sentando al comensal conforme llega sin discriminación de horarios, de asignaciones previas ni de categoría social. El ambiente, así visto, es desenfadado, alegre y mundano. Algo recuerda a las populares tascas españolas, más que a una tapería de diseño o a una cebichería peruana tradicional.

La comida es invariablemente apetitosa. No en vano, tiene la garantía del peruano Gastón Acurio, que nos introduce cada día en su universo culinario a través de su perfil en Facebook. Pero lo que a mí me llama particularmente la atención es la pulcritud servicial de todo su equipo, desde el gerente hasta el último mono, pasando por esos camareros como el de referencia que sufren cuando el cliente cambia de mesa. Yo no lo había percibido en su verdadera dimensión pasional hasta que nos lo espetó aquella noche: “nunca les perdonaré que se hayan ido de mi barra”.

Abarrotado como estaba el local, fuimos conducidos a la barra en tanto se liberaba una mesa para servirnos la cena. Apoyados sobre la barra auxiliar dimos cuenta de una degustación de ceviches, unos camotes fritos y un cestito de cancha con pisco sour de la casa. Ninguna de las colaciones se demoró más de un minuto. El personal saludaba a cada ronda, y se presentaba con su nombre y un lema de servicio. Un ballet bien orquestado tenía lugar sobre la platea de mesas y comensales en animada charla. Los platos, a su altura debida. Los vasos y las copas, a su debido ritmo. Los delantales, en gestual abanico. Y los cruces en pas à deux de todos los camareros, ¡ay, cómo me recuerdan a Zhang Yimou en su ceremonia de inauguración de Pekín 2008!

Nada de este rutilante espectáculo coquinario y servicial sería posible sin la exaltación debida al camarero, a los garzones de La Mar y todos los empleados en los hoteles y restaurantes del mundo que trabajan con pundonor y alta dignidad en el servicio a los demás. Anotemos cuántas deserciones se producen en este gremio a causa de cierto ninguneo por parte de patrones y clientes… Cuántas injusticias por motivo claro de autismo laboral… Cuántos desajustes de plantilla ante esa inveterada capacidad de otorgar al sirviente el estatus de servidor y de remunerarlo conforme a su rendimiento productivo y no en razón a la mecánica de su trabajo.

A veces, cuando sentado a la mesa de un restaurante me advierten de la presencia de un alto dignatario, suelo mirar hacia arriba y reparar en alguien vestido de chaqué con una bandeja en la mano. Qué mayor dignidad la de escuchar: “nunca les perdonaré que se hayan ido de mi barra”.

Fernando Gallardo (@fgallardo)