La máquina del sueño

ritzcarlton tokio

Esta imagen ha sugerido numerosos pensamientos y aventado un amplio catálogo de respuestas a partir de una pregunta formulada en las redes sociales Facebook y Twitter:

A esta suite del hotel Ritz-Carlton Tokyo le sobra algo que la haría más humana. ¿Sabes a qué elemento me refiero?

Los resultados del acertijo no tienen desperdicio. Algunos han confundido lo que le sobra con lo que le falta. Y cuando se ha mencionado las sobras, quizá porque cada uno tiene su gusto formado desde infante, los ataques han ido dirigidos contra las lámparas o contra los faldones de la cama. Han existido, igualmente, referencias al despertador —qué culpa tiene la hora— y a la orientación del sofá.

La mayoría de los opinantes ha dado empero en el clavo. Lo que sobra es, efectivamente, el ampuloso dosel con el que se ha querido dar un toque nobiliario a la habitación.

Es recurrente en la hotelería mundial el efectismo decorativo como reclamo de la personalidad que debe manifestar todo alojamiento en condiciones de agradar y competir por agradar lo más. Eso lleva a muchos aficionados —la esposa del dueño es un tópico extendido en este gremio— y demasiados profesionales del interiorismo a utilizar este elemento mobiliario con la intención de elevar el caché del hospedaje en un ordinario juego de vanidades. La propuesta no puede ser más desacertada, inútil e incorrecta desde la perspectiva racionalista defendida por artistas históricos, como el arquitecto Adolf Loos, autor de un opúsculo muy ilustrativo: Ornamento y Delito.

Recordemos que el baldaquino era utilizado por civilizaciones remotas a fin de atemperar el sueño en regiones frías. Aparece con frecuencia en los bajorrelieves asirios y en numerosos mausoleos egipcios. Concebido como un pabellón interior, abrigado por cortinas en sus cuatro lados, servía para reducir el habitáculo del sueño en habitaciones palaciegas de enormes proporciones y elevar su temperatura ambiente gracias al calor corporal del durmiente. En verano, las cortinas se mudaban por visillos de gasa contra los mosquitos y otros bichos molestos, pues a menudo los palacios no distaban mucho de estanques, charcas o marjales insalubres.

A partir del siglo XV, calefactadas las grandes estancias y desinfectadas las zonas húmedas aledañas, el dosel empieza a presentarse desnudo sobre los ángulos de la cama, apoyado sobre columnillas de volutas y rematado por adornos renacentistas que irían complicándose en su evolución barroca. La función, entonces, torna a humanizar la cama y ponerle techo a una estancia que, durante el rococó, cobra aún mayores dimensiones y énfasis aristocrático.

Con el empequeñecimiento de las estancias y el desarrollo inmobiliario de las clases medias, entrado el siglo XIX, los doseles ven cercenada su utilidad y desaparecen de todas las casas. Los techos bajos consiguen atemperar la habitación y humanizar el sueño como si el baldaquino fuera la propia estancia.

Museos aparte, el único vestigio de dosel que se observa durante el siglo XX y principios del siglo XXI rinde culto a la nobleza desaparecida y a la incultura del quiero y no puedo tan instalada en la hotelería de evocaciones palaciegas.

En la suite del hotel Ritz-Carlton Tokyo se pone de relieve la vulgaridad de este mueble que apenas tiene techo para alzar sus pilastras, como si el decorador hubiese pretendido engañar al huésped con la sensación de estar viviendo —durmiendo— en un palacio cuando en realidad habitada un rascacielos corriente y moliente, uno más entre los cientos que rascan el firmamento de la capital japonesa.

El fenómeno trasciende la hotelería de lujo y se ha instalado paradójicamente en el turismo rural, que si por algo se significa es por su carácter rústico y humanizado. Sus propietarios, probablemente acomplejados de ofrecer alojamiento en lo que antes eran cuadras y no aposentos reales, confunden la utilidad del mobiliario con el utilitarismo residual de lo nobiliario.

Fernando Gallardo |

Un comentario en “La máquina del sueño

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