Terror en el cuarto de baño

Bloomington

Nuestro juego de acertijos a través de Twitter, Facebook y LinkedIn continúa ahora en una sección renovada que nos hemos dado el gusto en llamar HotelAddiction. Nuestra adicción incondicional a la hotelería, compartida por los 14.000 suscriptores de este Foro, impulsa estas glosas críticas y nos revela el poder de la imagen en la industria turística. Si en un artículo anterior —La máquina del sueño— vimos que sobraba el dosel de la cama en una habitación de techos bajos, ¿qué podría estar de más en este cuarto de baño?

El enigma lo ha roto en plan sarcástico el duque de Gastronia, Arturo Pardos Batiste, quien nos descubre que la compostura del rollo de papel carece de micrófono. Por la razón que sea, llama la atención que esta pieza de higiénico rol haya llamado tanto la atención. «¡El portarollos de peana! Forma parte de los utensilios de diseño maléfico. Lo pongas donde lo pongas o estorba o tropiezas», acierta a decir Jesús Belenguer. «De todos modos no va a durar mucho en su sitio», remacha Joseba Ilincheta Lerín.

El cuadro reflejado en el espejo también obsesiona a unos cuantos. Por ejemplo, Antonio Gámez Martin enfatiza que el cuarto de baño no parece que sea el lugar más adecuado para colocar un cuadro, como si no hubiera quedado demostrado ya que es posible incluso colocar un Miró… Claro que para eso hay que ser asesor municipal de Urbanismo en Marbella y ser el cerebro de la ‘operación Malaya’, como lo fue aquel Juan Antonio Roca de quien ya nadie se acuerda (salvo el que suscribe, no por estar implicado, sino por tener buena memoria). Añade nuestro comunicante que el vapor que produce la ducha deterioraría el cuadro, estropicio que parece incluso deseable en este caso, que no lo firma Miró. Rosa del Hierro le encantan tanto estas adivinanzas que no puede evitar fijarse en él. Lo mismo le pasa a Pilar Jiménez Bernat, a Isabel Rus Pezzi, a Carmen Gloria Barrios Rojas, a Chris Velasco  y a Ana Castro. O sobra el cuadro o lo dejaría y quitaría todo lo demás, subraya con dubitativa sorna Pilar López. Caliente, caliente…

Antipódico a esta idea se manifiesta Pablo Echávarri: «No sobra el váter porque hace falta, pero es terrible tanto el modelo como la situación. No sobra la cortina porque a falta de mampara algo tiene que haber. No sobra el granito rosado por la misma razón, no sobra la grifería, no sobra el falso techo registrable, porque normalmente alberga el equipo de climatización. Quizás sobraba quien lo diseñó». ¡Hala, con dos toallones!

Por ahí vamos tocando en la llaga. Sin querer ofender al decorador, al constructor, al mandao del albañil, a la mujer del propietario, que es probablemente quien lo decoró, y, por supuesto, al paganini de este desvarío estético, nos quedamos con el voluntarioso propósito de enmienda que formula Chus Amieiro: «Yo lo rehacía de arriba a abajo. Empezando por las cortinas: antiestéticas y antihigiénicas».

Mucho hay de sobra, ciertamente, en este sanctasanctórum de las abluciones personales. La flor, ese jarroncito tan inestable, dispara Magdalena Portillo. Las esquinas picudas del lavabo, suma Gaspar Andrés. La jabonera estilo Versalles, recalcan Ana PiñelJuan L. González Martínez y Ángeles Pérez Ortiz. A lo que responde negativamente Fabian Chacon Murillo: el doble rack de toallas. ¡Vaya, ya estamos racaneando costes! Porque hay quienes se dan el gusto de usar un rack completo por la noche, antes de acostarse, y por la mañana, casi antes de levantarse.

Llegados a este punto de la adivinanza, proclamamos, como lo hace Guillermo Díaz Burgers, que las cortinas son un foco de gérmenes y un peligro para el huésped. Este artilugio de hule, popular en la década de los sesenta, cuando se impuso el hule tanto en las bañeras como en la mesas del comer, debería estar tipificado en el artículo 10 del Código Penal. Uno, que es bastante excelso en las abluciones matinales, lo ha llegado a desmontar de su vástago para impedir el menor roce en las zonas pudendas. Pudimos hacerlo sin remordimientos, sí.

Claro que si nos ponemos exquisitos también con el ordenamiento jurídico, habrá que recordar lo que nos advierte Iban Jaen: «Coincido en que sobran muchas cosas estéticamente hablando, pero hay una que por normativa no puede estar, la luminaria empotrada dentro del recinto de la bañera, salvo que tenga la protección adecuada que no lo parece». Sinceramente, no se lo hemos preguntado al propietario del establecimiento antes de crucificarlo en esta imagen que ha circulado con inesperado éxito en las redes sociales.

El cuarto de baño no tiene ni dos metros cuadrados, podría habernos respondido en caso de haberle consultado. Un campo de fútbol para el tamaño acostumbrado en una ciudad como Nueva York, pero no para cualquier otro destino en el mundo. La réplica se la otorga Inmaculada Adeba Vallina: «Si es tan pequeño como parece, le sobra el mueble del lavabo, el clásico monopata sin pata, el portarrollos está para tropezar agarrarse a la cortina y tirar el cuadro y el florero… Mejor arreglar la decoración». En román paladino lo expresa Samuel G. Galdón: ¡sobra caspa!

Abundan los comentarios en HotelAddiction. Sorprende, sin embargo, el escaso eco despertado por la inutilidad de una bañera que se come la mayor parte del espacio y constituye un elemento de aseo viejuno en casi todos los hoteles. Nuestras abuelas se eternizaban en ellas hasta que nuestros padres nos mostraron las ventajas de la ducha. La industria hotelera lleva dudando desde hace varias décadas sobre la idoneidad de sustituir la bañera por un plato de ducha. como hemos apuntado en alguna ocasión en este Foro: ¿Ducha o Bañera?

En la encuesta que hicimos en 2009, el 65% prefería la ducha, mientras que el 10% era partidario de ambos. En el caso de la imagen, satisfacer a éstos exigiría la intervención de un genio arquitectónico, y aun así sería para nota. Porque, en el fondo, el 15% de la clientela todavía arrastra la cultura de la bañera, por muy cutre que sea el espacio que le dedica a este edículo un número importante de hoteles. Máxime si es ocupado por familias con niños, imposibles de convencer de la ventaja de una buena higiene personal si no es con barquitos de plástico flotantes o una tableta móvil waterproof.

Cabría preguntarse qué extraño impulso lúdico conduce a una madre a sumergir a sus vástagos en un garito lleno de muebles con aristas, rollos de papel sin micrófono, cortinas mugrientas, salseras versallescas, focos cenitales de calambre, toallas repetidas, una flor probablemente artificial, qué culpa tendrá la flor, un inodoro para posaderas Danone y un cuadro que es deleznable hasta para el cerebro de la ‘operación Malaya’. Un poquito de porfavor, subraya Salvador Salva Estelles, que se nos pueden traumar estas criaturas con tamaño despropósito lavativo.

Nos gustan las bañeras, pero solo las bañeras gustosas. Tinas para relajarse, meditar o recordar que al salir debemos recortarnos la uña del dedo gordo del pie. Arcones de placer tipo onsen japonés, donde el paisajismo adquiere un significado zen más allá de su funcionalidad.

onsen

Si no hay espacio para estos placeres, mejor la lluvia fina o el chorro diamantino de una ducha moderna. Gasta 90 litros de agua por 250 de una bañera. Es más fácilmente accesible para una persona mayor o discapacitada. Y, antes que lúdica o placentera, es más higiénica que el agua estancada de una bañera. Función esencial para la cual fueron diseñados ambos artefactos.

Mejor una buena ducha que una mala bañera, termina sentenciando Jaume Tàpies Ibern, un hotelero que en estas disquisiciones acredita mucha experiencia internacional.

Fernando Gallardo |

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