Un lugar en el que vivir

Viajar a París obliga a visitar la torre Eiffel. En Londres nadie quiere perderse una foto con el Big Ben detrás. Barcelona es para ver a Gaudí si no se es ciego. Claro que para fotos, nada como el Taj Mahal y su aura romántica. A Nueva York se va a ver rascacielos, y, si la carótida responde a tanto pasmo vertical, un musical en Broadway puede estar muy bien para despedir la jornada. Hoy es jueves, esto es Bruselas.

Así han sido los episodios geográficos desde que el turismo es turismo y las agencias de viajes, agencias de viajes. Da lo mismo TuiHalcónRumbo, Despegar, Booking, o Viajes El Corte Inglés. Sus reclamos destilan todos una cantinela parecida, clásica, repetitiva… «Migra hacia el calor Lanzarote», «Descubre el encanto y la luz de Lisboa», «Huye del frío en Punta Cana», «Tailandia Circuito», «Viajamos al Caribe». Por momentos, toda esta iconografía turística nos recuerda a Curro y su tubo de buceo, un éxito publicitario urdido hace 20 años. Desde entonces, la industria turística no cesa de reiterar los tópicos de la vacación, aquellos lugares comunes que siempre han configurado los destinos, como si Gaudí, Eiffel y el mogol Shah Jahan hubieran existido desde siempre y para siempre.

Este ensimismamiento colectivo, este narcisismo post turístico, son la causa original de la sorpresa y el posterior rechazo que la industria viene manifestando por el fenómeno colaborativo de los últimos años y sus abanderados irreverentes, la generación millennial. Tanta doctrina, tanta estadística y tanta filosofía esotérica sobre el concepto de destino turístico para que luego vengan unos jóvenes mandando a la porra estas iluminaciones mercadotécnicas y se entreguen con pasión a las cominerías de barrio. Para qué tanto guía oficial, tanta excursión programada, tanta playa bandera azul si lo que mata es echarse a la calle, bucear entre los puestos de pescados más que entre corales, gastarse el euro/dólar ahorrado del hotel en una cerveza artesana y no en una muñeca vestida de faralaes o un sombrero mariachi.

«Cuando decides hospedarte con Airbnb, no solo disfrutas de un alojamiento: puedes descubrir un barrio, una ciudad. La cafetería de la esquina se convierte en tu nueva parada indispensable por las mañanas. No eres un forastero, ni un turista solitario lejos de casa, condenado a hacer las mismas fotos de siempre. Vayas donde vayas, Airbnb te ofrece un lugar en el que vivir, aunque solo sea por una noche», reza esta plataforma de economía colaborativa en su nueva campaña Live There (vive ahí). Nada de ciudades indexadas por orden geográfico o administrativo. Nada de fronteras, banderas o anagramas publicitarios. Nada de viejos convencionalismos.

Airbnb señala, una vez más, la tendencia a seguir en la industria de los viajes. Su nueva app segmenta el mundo en 691 barrios, por ahora. En cada uno de ellos, Kensington, Soho, Les Halles, Tribeca o Barri Gòtic, los viajeros tendrán acceso a un sinnúmero de vecinos dispuestos a guiarlos por su barrio y revelar esos secretos desdeñados por la propaganda turística. Al buscar una casa, cada usuario de la plataforma verá resultados diferentes en función de sus preferencias, no como hasta ahora ha sucedido en los hoteles tradicionales. La nueva aplicación inicia una conversación acerca del viaje ideal, quiénes son los anfitriones que tiene a su alrededor, cuáles los hogares que le harán comprender la la naturaleza del vecindario.

Porque el hecho de viajar es más profundo que ver y hacer, más que informarse y contar después. Cada viaje es una experiencia, un episodio en la vida de las personas. Es la sensación de vivir un lugar. Es buscar un sitio en el que vivir.

Fernando Gallardo |

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