Gastronomía del espíritu

Salotto Monti

Decía Adolf Loos que quien considera sagrado el ornamento como signo de la superioridad artística de las épocas pasadas reconocerá de inmediato, en los ornamentos modernos, lo torturado, lo enfermizo y lo penoso de los mismos. Y que la falta de ornamentos es un signo de fuerza espiritual (Sämlitche Schriften, Ornamento y Delito, 1908).

Porque en un habitáculo como el de la imagen (hotel Salotto Monti, Roma), lo funcional es el condumio esparcido por sobre la mesa. Alimentos destinados a reponer energía desde la frugalidad de unos cuencos y unas copas de vino, con una botella a mano para Sigue leyendo

Hoteles diseñados por sus usuarios

dedoabajo dedo arriba

Que las Administraciones públicas sigan empecinadas en mantener unos sistemas de clasificación hotelera inventados décadas atrás es bisoño y, si se me permite, incluso extravagante. Que la calidad de una experiencia turística se mida por los metros cuadrados o que la exigencia para su promoción tenga que ser un teléfono fijo instalado junto a la cama no es menos estrafalaria que la imagen de una mujer hincada de hinojos en el pavimento con una bayeta en la mano. Aquello se acabó, y el sector no parece darse aún por enterado.

En múltiples ocasiones hemos sostenido que hoy la categoría de un establecimiento la otorgan los clientes, por fin reunidos torno a una misma mesa, llámese Tripadvisor, Booking o Airbnb. Y lo demás es opereta, zarzuela para los españoles (con todos los respetos para este antiguo y popular género musical). Sampha, The Killers o The Orwells esgrimen una opinión más en la onda millennial que si el lujo se expresara por un salón de peluquería en el hotel.

Así lo ha entendido el CEO de Loews HotelsPaul Whetsell, cuando encargó a su equipo de diseño la renovación del Loews Regency de Nueva York conforme a las quejas Sigue leyendo

Adiós al mostrador de recepción

recepcionLlegué muy tarde por la noche. Desde el exterior, el hotel parecía cerrado, inhóspito. Las luces, apagadas. El sereno, acostado sobre un sofá. Abiertas las puertas correderas de cristal, atisbé al fondo la figura monolítica de una persona uniformada tras una expendeduría de formica oscura. No alzó la mirada. Apenas gesticuló en la comodidad de su apoyadero habitual. Si acaso barruntó un saludo formal al aproximarme a él, con las maletas a cuestas. Sus ojos permanecían escondidos detrás de unas lentes gruesas, al abrigo de la penumbra. Su respiración, aún más gruesa que sus gafas, delataba nocturnidad. Cumplió meritoriamente con su tarea desde el primer momento, cuando me pidió el pasaporte, las tres firmas de rigor y una tarjeta de crédito… «como garantía de que no se irá sin pagar», añadió con la cortesía que le venía aprendida de la escuela de hostelería. Era el recepcionista.

Sucedió la semana pasada. Pero bien podría haber sucedido cualquier noche del mes pasado, del año pasado, del fin del milenio. O en cualquier otro momento de mi niñez en que la amabilidad oficial se cumplimentaba con un «Dios guarde a Vd. muchos años» (sin Sigue leyendo

Paradores de todos

Cuando esta tarde el Consejo de Ministros haga oficial el nombramiento de quien sustituya a Miguel Martínez como presidente de los Paradores de Turismo conoceremos en qué se quedan los empellones a favor de la privatización de una red hotelera que, hasta hoy y desde 1928, nos ha pertenecido a todos los españoles.

Sé que han existido muchos contactos, muchas negociaciones, en las últimas semanas por definir su futuro. Unos, bienintencionados, con ánimo pseudocientífico de frenar los resultados negativos presentados durante este último ejercicio. Otros, especulativos, con la intención indisimulada de pegarle un tajo a la red y quedarse con un pedazo suculento del pastel restante.

En un artículo mío publicado en 2010 –la competencia de nuestros Paradores de Turismo– expresé claramente mi lealtad con la cadena nacional y me definí como partidario acérrimo de su condición pública. Para alguien que durante toda su vida ha defendido, bajo uno y otro régimen político, el sentido profundo de la palabra libertad esta proclamación puede invitar a la incoherencia política. Solo cuando se leen detenidamente todos los argumentos en favor y Sigue leyendo

Solo la arquitectura

Hemos vivido una época de fuegos artificiales en el mundo occidental. Y por eso hoy padecemos la sobredecoración de tantos y tantos hoteles, de tantos y tantos restaurantes, de tantos y tantos bares de copas. No hay más que plantarse delante un quiosco, o sumergirse en el mar de revistas de un Vips, para entender lo que ha sucedido y por qué todo esto nos ha explotado en las manos. Ojeemos un rato Vogue, Elle, Telva, Arquitectura y Diseño, etcétera… Entran por los ojos mil colores, un millón de formas, un universo entero de pose. Nos suenan enseguida los nombres rutilantes de Tomás Alía, García de Vinuesa, Hayón, Bouroullec, Campana… Incluso los cursilones Victorio y Lucchino… Hoteles, restaurantes y bares de copas como Roommate Óscar, Sol y Sombra, Le Garage, Asiana

Pero hay otros fuegos en otras esquinas del mundo que no son artificiales. Responden a apellidos nada o poco conocidos. Apenas se hacen notar. Casi no existen. Y quedan algo escondidos en el corazón de ciudades olvidadas por el dios del desarrollo, aunque ahora emerjan para significarse entre los poderosos. El futuro probablemente les pertenezca. Y por eso quiero dejar de lado nuestro parnaso artificial para que ahora hablen los otros que siempre callaron. Arquitectos como Hernán Perochena y Javier Boza, cuya intervención en el centro histórico de Arequipa (Perú) frena, al menos por ahora, la aparición de los fuegos artificiales por estos bandullos del continente americano.

Me emocionan las imágenes de su restaurante Paladar 1900, edificado sin ruido sobre las ruinas de una casa muy fea que miraba, eso sí, al río Chili. Como en tantos otros lugares propicios para los fuegos de artificio, la tentación aquí era sacar de la chistera los habituales códigos del “respeto por la tradición, pero con las comodidades del siglo XXI” que siempre leo en todos los folletos recurrentes. Lo fácil habría sido seguir el manual del imaginario colectivo Sigue leyendo

Una buena foto y poco más

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Es arriesgado pensar que la web subsistirá más allá de esta década tal y como la conocemos hoy. Las nuevas aplicaciones le van restando espacio, y si hace solo cinco años no existía Facebook imaginémonos qué vendrá en cinco años más. Por supuesto que la polémico está servida y algunos gurús me han desmentido incluso en público, agraciados con la aparición del nuevo HTML 5, que tal fallecimiento se vaya a producir. Dado que el futuro no existe aún, dejemos el pronóstico en solo eso, un pronóstico para los años venideros. El presente es el que es, y el mío anuncia que cada día uso menos la web. La mayor parte de mi trabajo se realiza en ya la nube, en entornos cerrados, Sigue leyendo