Microdebates sobre turismo rural

La convocatoria ya está lanzada. Viernes 26 de noviembre de 2010 en Intur Valladolid. De 10 de la mañana a siete de la tarde, en dos sesiones de tres horas cada una. Debates de 20 minutos en los que tendrán derecho de palabra 15 personas (18 debates x 15 personas = 270 intervenciones) a razón de 60 segundos cada una. Nos reuniremos en una sala de la Feria de Valladolid con aforo de 600 personas. Habrá un moderador (este servidor), que presentará cada uno de los temas a debatir y dará la palabra a cada interviniente; un responsable de organización que controlará los tiempos de intervención, activará los micrófonos y los desconectará al cabo de 60 segundos; un responsable de redacción, que moderará el debate a través de Twitter y Facebook, y luego publicará en estas redes sociales un resumen de lo expuesto y unas conclusiones generales; un equipo técnico de discusionvideocámaras, audio y pantallas gigantes donde se ofrecerá en directo el desarrollo del evento y se publicará el hilo de los microdebates en Twitter y Facebook. Todo bajo los auspicios responsables de la Junta de Castilla y León.

Estamos innovando un nuevo tipo de foro público en vivo. Más allá de sus conclusiones, lo que pretendemos con esta original iniciativa es demostrar que si proponemos al sector turístico la necesidad de la innovación permanente en sus productos, también nosotros debemos innovar en los formatos de discusión y cooperación. A algunos les podrá parecer insuficiente y escuálida para el debate esta modalidad pionera en una feria turística, como también les parece un género literario menor la modalidad del relato corto o, en el cinematográfico, el videoclip. Es posible que un buen novelista solo pueda consagrarse si escribe Guerra y Paz… Un músico, Lohengrin… Un cineasta, Lawrence de Arabia…

Pero en estos microdebates nadie va a escribir una novela, componer música o filmar un largometraje. No hacemos arte, reflexionamos nada más. Y en el lenguaje del mundo actual Sigue leyendo

Microdebates de la Ruina Habitada en la feria Intur

Intur No hay mal que por bien no venga. El debate suscitado por nuestro forista Francisco S. Rico, propietario del hotel El Milano Real, Ávila, se ha convertido a 40 horas de su publicación en uno de los más leídos en la historia de este Foro de la Ruina Habitada. Nada menos que 948 personas (empresarios hoteleros y propietarios de casas rurales) han analizado punto por punto el contenido sensacionalista anticipado en su título: “El coñazo del turismo rural”.

Una de las primeras personas en responder, por alusiones, ha sido nuestra forista Ana Beatriz Blanco, gerente de la empresa público Sotur, adscrita a la Junta de Castilla y León. Era previsible que surgiera la polémica y se continuara con descalificaciones personales, si bien menores. La representante del gobierno regional se ha quejado de ser incluida por el hotelero dentro de la caterva de politicastros que inunda nuestra geografía turística y de otros linderos sociopolíticos.

No es extraño, le he expresado a Ana Beatriz en una conversación privada. Los políticos aparecen en cualquier encuesta como el tercer problema de España, por detrás del paro y el terrorismo. La clase política española ha alcanzado tal nivel de mediocridad (y de mangoneo en demasiados casos particulares) que su imagen de fantoches se ha convertido en un ideal colectivo para la práctica del pim-pam-pún. Un juego que esconde otra triste realidad en nuestro país, la de un empresariado mayoritariamente parásito de las ayudas públicas o las normativas imperativas, incapaz en muchos casos de escribir la O con un canuto, poco entrenado en las lides de la competitividad internacional y dirigido –eso lo dice todo– por un inepto del calibre bananero de Gerardo Díaz Ferrán.

A Dios lo que es de Dios, y al César lo que es del César. Si repartimos leña, que sea para todos. Si el mono es de goma, todos somos monos. Eso le he venido a decir, no por consolar, sino por intentar ser justo, a nuestra interlocutora del coñazo rural, Ana Beatriz Blanco. No Sigue leyendo

El coñazo del turismo rural

ventana ¿Quién fue el que convenció, imaginó, diseñó el primer hotel rural en España (La Rectoral de Taramundi)? El Sr. Gallardo. ¿Quién fue el que hizo la primera guía de hoteles rurales, denominada Pequeños Hoteles con Encanto? El Sr. Gallardo. ¿Quién ha luchado, escrito y divulgado en todos los foros por promocionar un turismo de interior (rural) en contra del turismo de sol y playa, tan apoyado por todas las administraciones? El Sr. Gallardo.
Por lo tanto, no seré yo el que discuta con la persona que más sabe sobre turismo rural en este país.

El turismo rural no existe. Pretender que el turismo rural es esa entelequia idílica de la casa atendida por los propietarios donde puedes participar en las labores del campo, comer sus productos en la cocina elaborados por la casera y dormir al arrullo de las esquilas es una solemne memez. Ni hay caseros que lo hagan, ni turista que lo soporte. ¿O es que pensamos que el madrileño (por poner un ejemplo de persona que huye el fin de semana al campo) va a ir a una casa en el campo a apalear estiércol de vaca, escardar cebollinos o arreglar la portera del cercado de los gorrinos? El turista lo que quiere es un sitio tranquilo donde pueda echar un casquete con la parienta o pariente sin que le moleste nadie, zamparse un chuletón, ver el partido de fútbol del domingo en paz o leer las aventuras de Lisbeth Salander. Eso sí, en un lugar cómodo, bonito, acogedor, bien servido y con gente amable. Y, sobre todo, barato. O sea, el hotel Ritz trasladado al pinar de Berrocalejo de Navaldrinar.

El turismo rural existe solo en la mente de unos mangantes indocumentados que han manejado y manejan los despachos y oficinas de turismo decidiendo apoderarse a su antojo de los fondos europeos de ayuda al desarrollo turístico en zonas deprimidas. Ojo, que hablo de aquello que conozco, Castilla y León, aunque con seguridad se puede extrapolar al resto de España. A los políticos se les llena la boca diciendo que Castilla y León es la comunidad que Sigue leyendo

Por un ruralismo urbano sin etiquetas

turismorural A veces no me entra la letra del turismo rural. No concibo otra manera de pasar unas vacaciones en el campo que henchido de aire puro, frente a un paisaje subyugante, impregnado de aromas silvestres, adormilado por el silencio, prisionero de una soledad tan beatífico-mística como deseada. Hummm…! Y si cada equis horas sacio la sed con un vinito regocijante y el hambre con unas viandas de figón honrado, pues mejor que mejor. Un soplo de gloria divina.

Por eso no me entra la letra del turismo rural. Será que necesito sangre. O una ración de tentetieso. Lo que observo siempre en mis viajes por la piel de España es el signo indeleble del desarrollo. Un paisaje domesticado de postes eléctricos, cortafuegos forestales, repoblaciones montunas, molinos de viento, granjas eólicas, huertos solares, carreteras bien Sigue leyendo

La liturgia de la pantufla

caminosantiago Ser distinto para no tener que ser necesariamente el mejor. Tal divisa podría animar a muchos establecimientos turísticos a emprender reformas para superar la crisis y asegurarse un lugar bajo el sol en el horizonte. No se entiende el futuro sin esta premisa, y me temo que la mayoría de los negocios hoteleros hoy en marcha no saldrá de esta insufrible travesía del desierto. Como tampoco se entiende que la principal ruta turística de Europa, esa que recorre el norte peninsular bajo el nombre del Camino de Santiago, no cuente aún con ningún hotel propiamente identificado como un hotel de peregrinos.

Afortunadamente lo veremos pronto en la localidad castellana de Frómista gracias a la iniciativa de Nico Gutiérrez, uno de nuestros foristas más entusiastas, que se ha propuesto acondicionar de inmediato el área de recepción de su hotel Doña Mayor para recibir comme il faut a los caminantes jacobeos que cubren la etapa Castrojeriz-Frómista bajo el sol implacable de Castilla la ancha. Comme il faut es justo lo contrario a lo que hasta ahora hacen todos los hoteles del Camino: recibir a los peregrinos frente al mostrador de recepción, tomar su filiación, asignarles su habitación mientras aguardan en pie, hacerles firmar la ficha de policía… Todo eso sin la menor consideración a su estado sudoroso y descompuesto, su fatiga extrema de caminante, su urgencia de agasajo y relax.

Una nueva generación de establecimientos ha de nacer bajo el signo de la verdadera hospitalidad. Y confío en que a partir de ahora el Doña Mayor de Nico Gutiérrez, con quien hemos estado estos días, sea su avanzadilla.

Lo primero que hará este empresario es destruir el actual expendedor de fichas policiales y convertir todo ese espacio de recepción en una no recepción. Afuera con el mostrador, con los Sigue leyendo

Un nuevo espacio para el turismo rural

Porquera de los Infantes, cerca de Aguilar de Campoo, al norte de Palencia con P, mantiene a la vista sus esencias rurales. Gran parte de su caserío estaba arruinado hace tan solo un lustro. Ahora quedan únicamente tres o cuatro casas en ruinas, después de la fiebre reconstructiva que ha contagiado a sus vecinos a partir de la recuperación de su ruina más notoria, La Ruina Habitada. Ya no queda una sola calle sin asfaltar, aunque el horizonte inmediato está preñado de sembraduras ubérrimas y de silencios montuosos, como el que depara una caminata pedestre por el Bernorio, el otero emblemático de las legiones romanas, el escondrijo de eremitas que hicieron de sus oquedades un santuario de vida contemplativa. Ya no queda un trillo con que roturar, ni yugo que abrazar a los bueyes, ni bueyes que yuntar, ni espigas que segar. Tampoco se ve ningún caldero apoyado sobre el alféizar de las ventanas, ni ristras de ajos en las puertas, ni picota en la plaza. Como otras muchas poblaciones del agro hispánico, Porquera de los Infantes ha sufrido una merma considerable en su censo demográfico: apenas ocho vecinos habitan sus casas de los 200 que las moraron tres décadas atrás.

Y, sin embargo, este villorrio palentino que huele a galletas los lunes y fiestas de guardar resume muy bien lo que hoy ofrece el paisaje rural en España. El alcalde no vive allí, pero se le ve de vez en cuando abordo de un tractor acicalando de verde los campos circundantes que en sazón se convertirán en un patatal. No esgrime una hoz en la mano, sino un volante y la empuñadura de la caja de cambios. En las antiguas escuelas, deshabitadas desde hace dos décadas, espera sin prisa su jubilación el único vaquero que le queda al pueblo. Vigilia dulce en invierno y paseos de sol a sol en verano, con una docena de vacas que lo acompañan a trashumar y dos perros guardianes que velan su sesteo montuno. Un guía de montaña chatea con algunos de sus clientes a través de las redes sociales en previsión de una prometedora excursión el próximo fin de semana. No aparece Braulio, el cartero televisivo, pero sí una linda repartidora de pan aupada en el confortable asiento de una furgoneta de última generación. En la plaza del Beato vive una familia cuyo cabeza trabaja en la Renault de Aguilar de Campoo y regresa sin estrés por las tardes a reencontrarse con la chimenea encendida en la paz del hogar. A su vera, un francés loco receta pócimas homeopáticas a todo aquel que lo quiera visitar. En otra parte del pueblo mantiene en obras un búnker de hormigón dentro del cual guardar, dice, toneladas de soluciones milagrosas al abrigo de los curiosos y por si las moscas. Con ganas de establecerse ahí de por vida, una pareja de argentinos alternan sus paseos campestres con el estudio de sistemas computerizados para grandes corporaciones multinacionales. A su casa familiar regresa, cada vez que puede, es decir, todos los fines de semana y días adyacentes, un empresario metalúrgico al que la crisis no parece estar tratando muy mal, pese a la caída de la construcción de viviendas. No muy lejos, un pyme madrileño del automóvil cuida de su portón y, mientras, intenta convencer a los vecinos para un cambio de coche cada tres años: él mismo se encargará de facilitar la financiación y los trámites pertinentes en la Delegación de Tráfico provincial. También son incondicionales de los viernes un matrimonio vallisoletano, profesora ella y técnico de informática él. En sus propósitos está el aprovechar la banda ancha para trabajar desde casa gracias a Internet. Lo mismo que ya venía haciendo este servidor en su ruina pertrechada con las últimas tecnologías de la comunicación.

Estamos, como se adivina, en un pueblo cualquiera del orbe rural contemporáneo. A todos nos gusta mirar a través de las ventanas, exhalar aire a razón de 13 aspiraciones por minuto, palpitar al ritmo de las hojas de los árboles (pocos) que asoman de entre los tejados y dormir en los brazos del silencio pastoril que nos regala el aislamiento del pueblo a tres kilómetros de un nudo importante de comunicaciones viarias en el norte peninsular. Todos, incluido el vaquero y su hija, la abogada, conducimos un automóvil con airbag y navegador GPS para proveernos de víveres en los supermercados de Aguilar o salir de trámites a la capital. Muchos se apuestan cada noche al frente de un monitor plano de televisión, que los conecta a la realidad universal, y los demás nos apostamos frente al más pequeño de Internet, donde el mundo también desfila ante nuestros ojos en forma de hipertexto y multimedia. Nos preparamos para ese cambio que se avecina en el que cultura del clic será sustituida por la cultura del tap, pues nadie escapa hoy al zumbido ya atávico del teléfono móvil, ni siquiera el vaquero cuando pastorea por la vega del Camesa y le sobran horas para aumentar la factura de Movistar gracias a la PAC (véase el diccionario de la actualidad agraria europea).

¿Acaso no es ruralismo todo esto que vivimos los que vivimos en el campo? Internet, el teléfono, el automóvil, la sociedad del conocimiento… Ésta es la verdadera, aunque no única, realidad del campo español, la verdadera esencia de lo rural en la actualidad. No se entiende en un debate serio sobre el turismo rural que algunos sigan defendiendo la hoz, el arado, la gavilla, el trillo, el yugo, las abarcas y las ruedas de carreta como si fueran la bandera real de la vida campestre. Ni siquiera con la boca llena de tradiciones o supersticiones populares. Sepan que la hoz, el arado, la gavilla, el trillo, el yugo, las abarcas y las ruedas de carreta ya fueron modernidad en los tiempos en que la mayor de las modernidades que jamás vivió la humanidad fue de súbito convertida en una tradición: el fuego.

Conviene desenmascarar ya a los exégetas del turismo rural cuando se les llena la boca de tradición, pues muchas de las tradiciones populares felizmente se han extinguido y otras, como el toro embolao, el maltrato a los animales, las vejaciones a las mujeres o la xenofobia están a punto de desaparecer (¿soy un iluso?). Hoy, el medio rural está formado por agricultores en tractor, ganaderos especialistas en ingeniería genética, informadores telemáticos, consultores, abogados, médicos, biólogos, maestros y una moderna pléyade de empresarios y pymes que no trabajan la tierra, sino el aire que inspira su talento. En ese espacio multidisciplinario cabemos todos y generamos entre todos una sociedad mejor, más libre, más sana, más organizada y más creativa. En ese ecosistema alcanzamos los seres humanos una mayor cohesión social que la hasta ahora sufrida con la fisura atávica entre el medio urbano y el medio rural.

El turismo, como actividad terciaria que avanza hacia su cuaternarización, la sociedad del conocimiento, debe reflejar en sus tripas lo que nos ofrece ya este ecosistema variopinto y complejo donde la antigua rueda de ebanistería hace tiempo que fue sustituida por el neumático ideológico de la marca del Bibendum.

Fernando Gallardo |

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