Las mismas reglas para todos

las mismas reglas para todosLiberté, égalité, fraternité. ¡Qué bonitas palabras emergieron de la Revolución Francesa! Aunque no fueron adoptadas como lema oficial hasta el advenimiento de la Segunda república, su espíritu democrático redimió la primera proclama revolucionaria, que no fue otra que “liberté, égalité, fraternité, ou la mort!” (¡Libertad, igualdad, fraternidad o la muerte!). Las mismas reglas para todos o la muerte.

El discurso igualitario cobra vigor en esta nueva sociedad digital que estamos creando como una respuesta atribulada de los viejos gremios al agravio que supone para ellos la irrupción de las nuevas tecnologías creadoras de nuevas actividades, muchas de ellas competitivas con las vigentes, cuando no claramente sustitutorias. La tasa Google, las trabas a Amazon, Airbnb, Uber, etc. no son más que la expresión de los viejos recelos ante lo nuevo, el temor de un mundo frágil por sumergirse en lo desconocido.

Y eso tiene despistados a muchos de nuestros conciudadanos. No solamente a la clase política, sino también a los jueces, como lo prueba hoy el pimpón al que están jugando en Alemania, donde un magistrado acaba de declarar ilegal a la aplicación de transporte urbano Uber frente a otros que suspendieron cautelarmente las prohibiciones municipales a esta compañía en Berlín y Hamburgo. Donde unos dicen sí, otros dicen no. «Para que la competencia sea sana todo el mundo tiene que jugar con las mismas reglas», declara Arne Hasse, portavoz de la corte estatal de Fráncfort encargada de firmar la nueva prohibición.

Las mismas reglas… Sí, pero, ¿cuáles? Décadas atrás, las mismas reglas para todos en España eran los Principios Fundamentales del Movimiento. Establecían durante el régimen del general Franco los ideales de patria, familia y religión, aprobados por aclamación en las Cortes. Recordémoslos aquí para todos aquellos que nacieron posteriormente a este sistema político.

El principio I establecía la unidad nacional y el deber de todos los españoles de servir a la patria. El segundo promulgaba el acatamiento de la nación española a la Ley de Dios formulada por la Iglesia Católica, cuya doctrina inspiraría las leyes. El tercero señalaba la aspiración de España a la instauración de la justicia y la paz entre las naciones. El cuarto otorgaba al Ejército el deber de defender la unidad, la integridad y la independencia de la patria. El quinto, que ponía a todos los españoles bajo el amparo de la misma ley, las mismas reglas, determinaba la comunidad nacional en el hombre y en la familia. El sexto sostenía que las entidades naturales de la vida social (la familia, el municipio y el sindicato) eran las estructuras básicas de la comunidad nacional.

Los nacidos después de la Transición probablemente no sepan que en aquella España de hace solo 40 años no se ponía ser musulmán, ni prebisteriano, ni budista. Por la lógica del sistema, obraban las mismas reglas para todos. Es decir, todos católicos y escuchando música clásica durante la Semana Santa. No existía la libertad de seleccionar otra emisora de radio para tararear a los Beatles o su versión hispánica, Los Brincos. No, había que escuchar adagios sacramentales «porque las reglas eran las mismas para todos».

Se podrá argumentar que aquel no era un régimen democrático sino dictatorial regido por una casta nacionalcatólica de sindicalismo vertical, aunque quien tocaba el silbato se afanara en demostrar que sí, que su régimen era una “democracia orgánica”. Se podrá sentenciar que cuando todos, sin exclusión, acreditan el derecho a decidir y utilizan el poder de elegir es cuando se hace éticamente plausible la idea de que las leyes nos conciernen a todos. Se podrá pensar que esas leyes, las vigentes, son modificables en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia por decisión mayoritaria.

Por eso cabe preguntarse hoy, cuando el debate sobre los nuevos operadores de la economía digital está en la calle, qué clase de democracia es esa que pretende las mismas reglas para todos cuando quienes las propugnan son los gremios afectados por el cambio. ¿Qué reglas son las mismas para todos? ¿Las normativas turísticas que defienden las católicas estrellas de los hoteles o el derecho ciudadano de poner en alquiler temporal la casa de uno, los días que uno quiera y al precio que uno quiera? Las mismas reglas para todos, sí; pero, ¿cuáles? ¿La unidad, integridad, independencia y las licencias orgánicas del taxi o la libertad individual de usar el medio de transporte que uno quiera, sea de color amarillo, blanco o negro? Reglas, qué reglas. ¿Las entidades naturales de la vida social o las nuevas digitales, como Google News?

Si la ética de la regla es su convicción mayoritaria, votemos todos las nuevas normas que han de regir la sociedad digital. No solo los taxistas, los hoteleros o los propietarios intelectuales.

Fernando Gallardo |

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