Por qué a la izquierda no le gusta la economía colaborativa

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El empresario y aventurero Richard Branson publicaba esta semana en su blog personal —dentro de la página oficial de la compañía Virgin, que él preside— una emocionada glosa a la figura de otro economista y aventurero como él, Hernando de Soto, con motivo de un encuentro que tuvo lugar en la residencia caribeña del británico, Necker Island. «Me fascinaron sus pensamientos acerca de ‘la economía informal’, así como escucharle decir que los derechos de propiedad constituyen el armazón político necesario para reducir la pobreza y luchar contra el terrorismo», confiesa al principio de su panegírico.

Nacido en Arequipa, Perú, en una casa de eminentes políticos y literatos —familiares lejanos de Mario Vargas Llosa y miembros del gobierno del presidente Bustamante—, Hernando de Soto estudió en el Colegio Internacional de Ginebra y se licenció en el Instituto Universitario de Altos Estudios Internacionales. Reconocido en todo el mundo por sus investigaciones acerca de la relación entre capitalización y pobreza, firme detractor de la burocracia estatal y la eficiencia en los rendimientos del capital, fue elegido en 1999 por la revista Time como uno de los cinco principales innovadores de América Latina y, en 2004, considerado entre las 100 personas más influyentes del planeta. En 2002, la revista Forbes lo seleccionó entre las 15 personas que reinventarán el futuro. Actualmente preside el Instituto Libertad y Democracia (ILD), considerada por el semanario The Economist como uno de los dos think tanks más importantes del mundo.

Hernando de Soto considera que el mayor obstáculo para erradicar la pobreza en nuestra sociedad proviene, no de su carencia de capital—como sostiene el francés Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI, ya comentado en este Foro—, sino de su incapaz para monetizarlo. No por falta de talento, ni de recursos, sino por la dificultad de usar la propiedad de los bienes raíces como garantía para obtener préstamos que posibiliten el crecimiento de los negocios y el espíritu empresarial.

En aquella reunión privada de las Islas Vírgenes, el peruano convenció al británico de que la primavera árabe de 2011 se inició como una protesta de los pequeños productores a «la expropiación continua y arbitraria de sus bienes por parte de los gobiernos y sus compinches». Y no solo eso. «Si reconocemos que las personas de los países en transición al capitalismo no son patéticos mendigos ni los abruman hábitos obsoletos ni son prisioneros complacientes de culturas disfuncionales, entonces, ¿por qué el capitalismo no les permite producir riqueza, como en occidente? ¿Por qué el capitalismo solo prospera en Occidente, como si estuviera preso bajo una campana de cristal?», se pregunta De Soto en su libro El Misterio del Capital (Sudamericana, 2002). «El capital es la fuerza que eleva la productividad del trabajo y que crea la riqueza de las naciones. El capital es la savia del sistema capitalista, el cimiento del progreso, e irónicamente es justo aquello que los países pobres del mundo parecen no poder producir, no importa con cuánto afán su gente practique todas las demás actividades que definen a una economía capitalista».

Las cifras que computa el economista peruano son ciertamente estremecedoras. Hasta en los países menos desarrollados los pobres ahorran, proclama con una convicción total en los datos recogidos por su equipo de investigación manzana por manzana y granja a granja a través de Asia, África, Oriente Medio y América Latina. «El volumen juntado por los pobres es inmenso: 40 veces toda la ayuda exterior del mundo desde 1945. En Egipto, por ejemplo, hemos estimado que la riqueza acumulada por los pobres es 55 veces la suma de toda la inversión directa extranjera registrada allí, Canal de Suez y represa de Assuán incluidos. En Haití, el país más deprimido de América Latina, los activos totales de los pobres representan más de 150 veces toda la inversión extranjera recibida desde que se independizaron de Francia, en 1804. Si los Estados Unidos elevaran su presupuesto de ayuda exterior al nivel que las Naciones Unidas recomiendan —0.7% del ingreso nacional— le tomaría al país más rico del mundo más de 150 años transferir a los pobres del mundo recursos equivalentes a los que ellos ya poseen».

Pero, advierte, se trata de una posesión defectuosa: «las casas de los pobres están construidas sobre lotes con derechos de propiedad inadecuadamente definidos, sus empresas no están constituidas con obligaciones claras y sus industrias se ocultan donde los financistas e inversionistas no pueden verlas. Sin derechos adecuadamente documentados, estas posesiones resultan activos difíciles de convertir en capital, no pueden ser comercializados fuera de los estrechos círculos locales donde la gente se tiene confianza mutua, no sirven como garantía para un préstamo ni como participación en una inversión. Sin representaciones, sus activos son capital muerto».

Por capital muerto, De Soto no se refiere al capital improductivo, sino al que carece de la garantía de un bien raíz que cubre al capital financiero de sus posibles riesgos. Sin un bien que embargar, sin un algo compensatorio, no fluye la financiación necesaria para el emprendimiento. Éste es el misterio del capital, que proclama el economista peruano.

La garantía perentoria de la cosa es lo que propició la germinación de los Estados como sistemas encargados de asegurar la propiedad y la libre transacción de los bienes y servicios. En virtud de lo cual, la seguridad jurídica es un principio general del Derecho mediante el cual el Estado otorga al individuo la garantía de que su persona, sus bienes y sus derechos serán protegidos y reparados en caso de ser violentados. La seguridad jurídica es la certeza del derecho que recibe el individuo como un atributo perteneciente al Estado. Por ello, la pobreza se vincula espacialmente a aquellos países o regiones de nuestro orbe donde el Estado de Derecho está aún por construirse o madurar social y políticamente.

La dotación jurídica del Estado puede hacerse relativamente en poco tiempo. Sin embargo, su dotación intelectual puede durar siglos o milenios. Para que exista debe germinar en la sociedad la confianza necesaria en los individuos y en las instituciones, hasta entonces sometidas al arbitrio del primitivismo o al poder absoluto del cacique, del amo, del señor feudal. Confianza en las instituciones funcionales y en el colectivo representado. Confianza en la libertad de los demás a la hora de sentir, pensar, actuar, intercambiar bienes, servicios e ideas.

«Los estadounidenses parecen haber olvidado que también ellos alguna vez fueron un país del Tercer Mundo. Los políticos occidentales ayer enfrentaron los mismos dramáticos desafíos que los líderes del Tercer Mundo y de los países que salen del comunismo enfrentan hoy. Pero sus sucesores solo recuerdan un aspecto de la época en que los pioneros que abrieron el oeste de los Estados Unidos andaban descapitalizados por falta de títulos registrados sobre sus tierras y bienes; han olvidado los días en que Adam Smith hacía sus compras en el mercado negro y los pilletes de la calle (los pirañitas o los gamines de hoy) rescataban los peniques que entre carcajadas lanzaban los turistas a los fangosos bancos del Támesis y han borrado de sus mentes los tiempos en que los tecnócratas de Jean Baptiste Colbert, ministro mercantilista de Luis XIV, ejecutaron a 16,000 pequeños empresarios cuyo único delito fue contravenir los códigos industriales de Francia sobre manufactura e importación de tela de algodón», nos recuerda Hernando de Soto.

Pero, ¿qué sucede en la nube digital del siglo XXI, donde el desarrollo tecnológico alcanzado por algunos individuos, colectivos, países o regiones automatiza el sistema de garantías hasta el extremo de suplantar al Estado o, directamente, prescindir del Estado como intermediario garantista? ¿No estamos hablando acaso de la superación del Estado por la comunidad de usuarios como un postulado de la sociedad postcapitalista? Los títulos de propiedad se encuentran no solo escriturados y registrados, sino también estructurados en un corpus de Big Data cuya trazabilidad no exige ya ninguna burocracia, ni tampoco intervención personal, ora de funcionarios, ora de cargos públicos.

Si la confianza es una percepción subjetiva, el nuevo sistema de garantías se sustentará necesariamente en la suma de percepciones que configuran hoy las comunidades de usuarios organizadas en torno a las nuevas plataformas tecnológicas. Airbnb y HomeAway en los alojamientos turísticos; Uber y Lyft en el transporte urbano; TaskRabbit y Fiverr en los destajos laborales… Son éstas probablemente las estructuras llamadas a superar en el futuro la idea del Estado y encabezar un movimiento ciudadano organizado, no en función de los territorios, sino del talento, la creatividad, la cultura, el arte, los sentimientos, las habilidades, las capacidades o los gustos personales.

Porque si, como sostiene Hernando de Soto, no es el acceso al capital, sino su vertebración, el instrumento imprescindible del desarrollo económico y la superación de la pobreza, esta nueva era digital se significa por una mayor capitalización del diseño y la gestión conocimiento. Google, Apple, Microsoft, Facebook, Amazon y otras tecnológicas ya son más valiosas que Exxon, Shell, General Electric, Wells Fargo y otras compañías analógicas. A diferencia de éstas, aquellas no exigieron una gran capitalización financiera, como cree Thomas Piketty. Más bien al contrario, nacieron en su mayoría en garajes de clases medias. Y en colchones de aire en viviendas alquiladas.

A nuestro parecer, De Soto debería calcular también ahora el capital muerto intelectual del Tercer Mundo, que podría convertirse en el gran garaje del mundo, como lo está demostrando India y su legión de cotizados programadores. Otorgar los títulos de propiedad a estos valores intelectuales no requiere, como en el caso de los bienes raíces, la acción vertebradora de los Estados. Bastan para ello los conectores tecnológicos encargados de infundir confianza en el sistema mediante la monitorización social y la reputación escalar y transparente de todos sus componentes. Mucho más cuando el acceso al uso empieza a cobrar un valor creciente frente a la posesión de los bienes.

El entorno relacional digital liberará a millones de seres humanos de la pobreza en los próximos años, como lo están demostrando ya Corea del Sur, Singapur, China, India y otras naciones asiáticas. En este nuevo escenario, las personas físicas entrarán a competir en un universo económico hasta ahora reservado a las personas jurídicas. Un escenario digital sin reglas comunes, pero tampoco excluyentes. Un escenario más participativo, más transparente, más inclusivo y más abierto a la imaginación que a las prebendas corporativistas.

Por eso nos coge a todos por sorpresa la aversión de la izquierda política hacia la economía colaborativa de la era digital. Quienes deberían ser los abanderados de la lucha contra la pobreza se muestran sin pudor alguno al frente de su conservación. Quienes deberían abrazar instintivamente la economía inclusiva, promueven el clientelismo político del capital muerto. Quienes más deberían abogar por la inserción de los desheredados en el mercado, encubren conscientemente a los lobbies y los gremios monopolistas. Quienes han reivindicado siempre la liberación del trabajo alienado se oponen ahora al teletrabajo y a la autonomía laboral.

Esta izquierda confusa y tradicionalista no tiene ningún futuro en la naciente sociedad digital, pese al aventurerismo político de los últimos tiempos. La aventura creativa, dice Richard Branson, se resume en propiciar la transformación de nuestro mundo con ideas disruptivas y valientes. Como aquellas que movieron al otro Hernando de Soto, el hidalgo extremeño que exploró la Florida, Georgia, las dos Carolinas y Tennessee, el primer europeo que cruzó el río Misisipi.

Fernando Gallardo |

3 comentarios en “Por qué a la izquierda no le gusta la economía colaborativa

  1. Esa “aversión” no viene impulsada por los aspectos beneficiosos de la “economía colaborativa,” que tu mencionas–siempre de forma controvertida–en este artículo. Viene de los efectos potencialmente perniciosos que este nuevo modelo económico tiene, y que misteriosamente no aparecen en este artículo. Por ejemplo, la protección social que obtuvieron los trabajadores en el siglo XX y XXI, se ve amenazada por el sistema de los micro-pagos. También es un temor realista que la distribución de la riqueza se va a hacer más desigual: mientras los taxis permitían a los trabajadores del sector acceder al nivel de vida de la denominada clase media, Uber tiende a remunerar a sus trabajadores con salarios muy cercanos al mínimo, y sin protección social alguna. Como en el sector minero, la inmensa mayoría del capital generado se transfiere a un centro corporativo remoto, y que opera en gran medida sin pagar impuestos. Lo que queda en las comunidades es el equivalente a los salarios mínimos.

    El problema que yo le veo a la economía colaborativa no es que saque a las personas de la pobreza–bienvenido sea eso, por supuesto–sino que degrada a muchas personas trabajadoras de la clase media a una situación de inseguridad, incapacidad de ahorro, perdida de capacidad adquisitiva, perdida de derechos. Un retroceso claro hacia el siglo XIX.

    Esto no es inevitable. Sería necesaria una reforma de los modelos de seguridad social que se ajustaran al micro-pago. No tiene sentido crujir con un fijo a los autónomos. Los estados deberían acostumbrarse a recibir un micro-pago con cada transacción. Esos micro-pagos se quedarían con el trabajador, y no serían transferidos a los centros corporativos remotos. Esos micropagos paliarían, al menos en parte, la situación de vulnerabilidad social en la que quedan los trabajadores que se incluyen en este nuevo modelo.

    Pero, hablando de alergias, muchas personas sufren singulares sarpullidos cuando se mencionan aspectos como la protección social, o la distribución justa de la compensación en las empresas (de la riqueza, por ponerlo en plata). Pero no nos olvidemos lo que está sucediendo en EEUU: años de crecimiento económico que beneficia principalmente al 1% de la población con mayores recursos acaba por traer como consecuencia fenómenos como Donald Trump…..mejor poner las barbas a remojar.

    • Como en todo aporema, la afirmación de algo lleva implícita la pregunta de su contrario. He jugado con eso en el artículo.

      Ciertamente, la izquierda se ve amenazada por la economía colaborativa precisamente por las cuotas de inseguridad que genera a los trabajadores. Todo su sistema político, que no dialéctico, se basa en los trabajadores. Y el argumento de De Soto se basa en los no-trabajadores. Miles de millones de seres humanos condenados a la exclusión social porque no han conseguido entrar en el sistema económico.

      Lo que degrada a las clases medias no es la economía colaborativa, como tú mencionas, sino la pérdida de valor de sus trabajos. Uber no remunera a sus trabajadores con salarios bajos, sino todo lo contrario. Son los más altos de todas las tecnológicas, de ahí que se esfuercen en tantas rondas de inversión. Los que reciben percepciones mínimas son los conductores, porque sus clientes no encuentran motivos para pagar más por su transporte, especialmente cuando dentro de muy poco se lo va a garantizar un vehículo robótico.

      Tampoco es cierto que el capital generado se transfiera al extranjero. En ese extranjero no existen aún personas, ni entidades bancarias, ni cajas fuertes. Solo energía cósmica. Los movimientos de capital se producen en el interior de nuestro planeta, que al ser cada día más global, anula la condición de extranjero que la izquierda del siglo XX siempre ha querido defender, frente a la izquierda del siglo XIX que defendió lo contrario, la internacionalización.

      La protección social del Estado está decayendo, es cierto. Porque se está sustituyendo por la protección social de las comunidades de usuarios. La diferencia es que mientras la primera es imperativa, dictatorial, la segunda es optativa. Los Estados pierden y perderán cada día más sus prerrogativas coercitivas.

      Finalmente, la distribución justa de la riqueza se queda en el marco de la izquierda actual reducida a la distribución monetaria. Nada se habla de la redistribución del tiempo libre, ni de la inteligencia, ni del riesgo, ni de la creatividad, ni de la innovación. Porque no es justo redistribuir riqueza material sin redistribuir riqueza intelectual. No es justo fiscalizar las rentas económicas del trabajo o del capital sin fiscalizar también las rentas intelectuales del tiempo libre o del riesgo emocional.

      Esta tarde, a las cuatro, voy a asistir a la gran manifestación en Nueva York contra el izquierdismo intelectual de Donald Trump. Precisamente para poner mis barbas (yo sí las tengo) a remojar frente a tanto despliegue de conservadurismo que mira para adentro como si no existiera al mismo tiempo lo de fuera, un Trump que hace campaña en favor de recortar las libertades ciudadanas como es el trabajo de quien quiera en lo que uno quiera sin monopolios administrativos ni gremios corporativistas que impongan a los demás el modelo y el número de licencias para operar. No olvide nadie que Donald Trump es un izquierdista adscrito antaño al partido demócrata y fugado hogaño al republicano porque en éste no tiene la sombra larga de sus amigos los Clinton que le puedan oscurecer su candidatura.

      Remojados tengo los pelos y de punta ante tanto esperpento, Jorge Bela.

      • Jajajjaja! Lo de Trump merece desde luego afeitados y muchas más cosas.

        Tan solo una matización: el trabajo del albañil NO valía más a finales del siglo XX que a mediados del XIX. La diferencia fue no un cambio de valor, sino la intervención del estado, que pasó de lavarse las manos a proteger al trabajador. Si en el XIX un albañil se caía del andamio, su familia pasaba a la miseria. Ojalá no volvamos a recorrer esa senda.

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