¿Sobran turistas o faltan residentes?

puente de los puñetazos

En 1993, una comisión formada por el Consejo Internacional para la Protección de las Aves (ICBP), el Secretariado de la Convención de Bonn, la Sociedad Española de Ornitología, así como científicos y organizaciones ecologistas de toda Europa acordó en Arundel (Reino Unido) desarrollar una estrategia internacional para enfrentarse a la expansión del pato malvasía americano, desde el norte de África hasta Siberia, por la desigual competencia que éste ejercía durante al apareamiento sobre el pato malvasía autóctono. La comisión aconsejó «que se siga la experiencia española de eliminación a tiros» del invasor, y propuso que para ello se habilitasen cursos de entrenamiento. La referida ‘experiencia española’ se debió a que, años atrás, el territorio del pato malvasía autóctono se había saturado de patos malvasía americanos. Diversas organizaciones ecologistas exigieron entonces a la Junta de Andalucía medidas sin contemplaciones para reducir su población.

Sin que el acuerdo de Arundel tenga mucho que ver, ni tampoco haya sido esgrimida durante el referendum del Brexit la disyuntiva entre el pato autóctono y el pato extranjero, lo cierto es que la idea de saturación territorial está hoy más viva que nunca por culpa del turismo. Der Spiegel publicaba recientemente un reportaje sobre la creciente hostilidad de Barcelona, Berlín, París, Viena, Hamburgo, Amsterdam, Praga y Dubrovnik frente a la invasión turística. Venecia parece haber arrojado ya la toalla en sus quejas frente al invasor. Y Nueva York digiere como puede sus deficientes infraestructuras de servicios porque la ciudad entera se siente desde el principio una metrópoli de inmigrantes en la que se habla todos los días la friolera de 850 idiomas.

Tampoco Mallorca sabe muy bien cómo librarse de una plaga turística cifrada este mes de agosto en torno a los 1,2 millones de foráneos. En la búsqueda de una solución, el Govern balear acaba de encomendar a dos expertos autóctonos la misión de estudiar cómo actuar contra la saturación y fomentar el turismo sostenible. Ello, después de una semana de intensa agitación social por parte de la organización ecologista GOB (Grup Balear d’Ornitologia i Defensa de la Naturalesa), que pretende solucionar el problema de la masificación turística mediante «la rebaja en un millón del número de turistas llegados a las islas». Los ornitólogos del GOP no especifican cómo, aunque parece inadmisible un procedimiento similar a la mentada ‘experiencia española’ del acuerdo Arundel.

Desde el siglo XIX, la capacidad de carga de una especie en un ambiente ha sido un tema recurrente en todas las controversias sobre el desarrollo humano y sus límites. En su análisis The Genesis, History, and Limits of Carrying Capacity (2008), Nathan F. Sayre atribuye a la tecnología un factor fundamental en la dinámica de la capacidad de carga, que puede ser considerada «un atributo mecánico o de ingeniería o sistemas fabricados» cuya limitación reside en el propio estadio de desarrollo humano, su nivel de conocimientos y su sistema organizativo social. Esto es, los avances tecnológicos provocan un aumento de la capacidad de carga del mundo en relación con los seres humanos que lo habitan. Si en el Neolítico la agricultura dio un impulso espectacular a la supervivencia de la especie humana, con su correspondiente incremento de población, la revolución industrial y el uso de combustibles fósiles han disparado la capacidad de carga gracias a la expansión energética de la Humanidad. Lo cual ha generado, a su vez, la depredación de unos recursos naturales siempre escasos, la contaminación del aire y de los océanos, la tala y quema de superficie forestal, así como otros innumerables problemas para la vida terrestre. Y, vuelta a empezar, la tecnología pasa a encargarse del reciclaje de estos recursos y a implementar fuentes alternativas no contaminantes o menos contaminantes que las pasadas.

En 1925 y 1926, Alfred J. Lotka y Vito Volterra expusieron un modelo matemático desde el que cual se aseguraba que múltiples especies podían competir por los mismos recursos siempre que se infiriera en el medio con el objetivo de conseguir un equilibrio natural del mismo. En un sistema cerrado, sostenían sus epígonos, la reducción de presas haría que la población de depredadores disminuyera rápidamente. Bajo esta ecuación, y sin atender a vectores exógenos como la salud, la expectativa de vida, la tasa de natalidad y la tasa de mortalidad, el factor que mantiene el tamaño de la población en equilibrio se conoce como factor de regulación.

Y en eso se quieren aplicar hoy los reguladores turísticos. Cómo limitar la presión turística sin perder imagen de destino acogedor, con lo que ello conlleva, no solamente en cantidad de amor hospitalario (razón psíquica), sino en cantidad de agua, energía, comunicaciones, instalaciones e infraestructuras públicas (razones físicas). Cómo frenar el deseo incontenible del ser humano por viajar y conocer otros mundos (o ponerse bajo la sombrilla en otro lugar distinto al balcón de casa), sin recurrir necesariamente a la ‘experiencia española’. Y, sobre todo, cómo hacerlo sin ser xenófobo.

Barcelona apunta esas maneras en estos últimos meses, a pesar de su historia abierta y acogedora. La escasez de oferta hotelera, en parte provocada por la moratoria impuesta desde el Consistorio, junto a la renuencia de una creciente población viajera millennial a hospedarse en este tipo de establecimientos, ha disparado el alquiler turístico de viviendas particulares, cada vez más valorado por dicha clientela joven. Cada semana se incorporan centenares de unidades de alquiler a los 19.000 apartamentos anunciados en la plataforma Airbnb, que acapara hoy el 20 por ciento de la oferta existente en la ciudad. En consecuencia, el número de unidades de alojamientos turísticos crece en detrimento del número de alojamientos residenciales en un proceso de gentrificación urbana que muchos vecinos empiezan a considerar intolerable.

La paradoja salta a la vista. Mientras el sector turístico, junto a las Administraciones públicas, emprenden campañas de promoción turísticas que alientan a consumir Barcelona, los residentes más xenófobos cuelgan carteles en sus balcones contra la invasión extranjera. Otra vez Arundel y el Brexit: «los de aquí» y «los de afuera». Con una contradicción que deslegitima a los primeros: mientras los patos autóctonos no suelen migrar a cielos pertenecientes a los patos americanos, los residentes no se privan de hacer el turista en los territorios donde los turistas son residentes. El mundo global y cosmopolita de hoy nos ha convertido a todos en residentes y turistas al mismo tiempo, de modo que los de aquí son de afuera y los de afuera son de aquí.

Estamos atrapados, exclaman los catedráticos de una disciplina que últimamente está muy de moda. «Con el turismo subsistimos, pero las consecuencias son temibles», apunta el de Ciencia Política de la UAB, Joan Subirats, en un artículo publicado recientemente en la edición catalana de El País. Tras reconocer que Barcelona gana con el turismo, acepta que la solución empiece por exigir a los propietarios de viviendas una licencia de expedición monopolística —el Ayuntamiento, en lugar de los usuarios—, como quien cree que el buen emprendedor es el que acredita un título frente al que acredita experiencia empresarial. Y luego, tras predecir que el monocultivo turístico (Las Vegas, Dubai, Disneyworld) no tiene futuro al estar dominado por operadores globales (Booking, Google, Kayak, Airbnb), llama a una «movilización social, económica e institucional» que revierta esta tendencia.

No sabemos todavía en qué consiste esa movilización reparadora, aunque confiamos en que Barcelona no se deje tentar por la ‘experiencia española’. Estamos atrapados en un universo que se expande y no es posible saltar (de momento) a otro universo paralelo. Esta ley universal nos expande a nosotros mismos —el conocimiento, la sed de viajar, el desarrollo turístico— tanto como expande la capacidad de carga de los territorios que habitamos. La única movilización posible e inteligible es aquella que nos debe conducir hacia la innovación constante, el conocimiento creciente, la educación sensata y la tecnología imprescindible para saber de antemano cuántas personas se agolpan frente a la Sagrada Familia, se bañan en la Playa de Palma o visitan el desierto de Almería. Y, después de conocer el dato, que cada cual ponga rumbo adonde más le satisfaga sin que se le interponga en el ejercicio de su libertad una mala frontera o una ensalada de patos.

En el año 1000, nuestro mundo se iba a acabar. En el 2000, el planeta reventaría. En 2016 ya andamos por los 1.200 millones de turistas y se espera que en la próxima década esta cifra ascienda a 2.000 millones. En 2050, la población mundial pasará previsiblemente de 7.000 millones a 15.000 millones de seres humanos. ¿De qué presión turística estamos entonces hablando?

Quién sabe si esa movilización de la que habla Subirats no es la que anticipa Stephen Hawking. Exploremos otros mundos más allá del nuestro para convertirnos también en turistas siderales.

Fernando Gallardo |

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