Las masas en contra del turismo de masas

Playa de las Catedrales

Que España es la nación más fuerte del mundo ya lo dijo Bismark: «los españoles llevan siglos intentado destruirla y no lo han conseguido». Habrá quien me corrija con una alusión a la postverdad, pues no está probado que el estadista prusiano pronunciara jamás esa frase, ni consta el mínimo asomo de ella en sus pensamientos completos Gedanken und Erinnerungen. La leyenda urbana probablemente surgiera a través de unas declaraciones interesadas del diplomático español Eusebio Salazar y Mazarredo, que venía de proponerle a Leopoldo de Hohenzollern como candidato al trono español. En cualquier caso, esta razón autodestructiva no ha dejado de manifestarse hasta hoy.

Hace menos de una década, España estaba al borde del rescate financiero por culpa de unos bancos supuestamente desalmados que engañaron a las supuestamente inocentes clases medias y bajas con unas hipotecas de alto riesgo, en lugar de prestar dinero —que es lo supuestamente aconsejable— a la clase alta supuestamente más solvente. Cundió el enfado general entre quienes no compartían esta aristocrática visión y luego un desánimo inversor que retrasó la recuperación unos años más que en otros países, como Estados Unidos o el Reino Unido.

Hoy, el enojo y el desánimo se apoderan de numerosos ciudadanos que ven cómo sus cuentas corrientes prosperan a cambio de soportar el flagelo irrefrenable del turismo, precisamente la actividad que más ha contribuido a paliar los efectos de la crisis financiera. Un psicólogo no tendría que regresar a sus tiempos de universidad para dictaminar que este trastorno común a los españoles se denomina bipolaridad.

El turismo es una plaga que azota a la humanidad con mayores proporciones incluso que las bíblicas. De los 25 millones de turistas (ricos) que viajaban en 1950 asistimos a la reproducción conejera de esta actividad ociosa que supera ya los 1.200 millones de personas (no tan ricas). Y la Organización Mundial del Turismo, dependiente de las Naciones Unidas, anuncia que estas cifras no son nada para lo que nos espera: 1.800 millones en la próxima década. Y seguro que antes de 2050, con el fuerte desarrollo que están imponiendo China, India y otros mercados emergentes, alcanzaremos la escalofriante cifra de 3.000 millones de turistas.

No es casualidad que España acoja la sede de este organismo mundial. Cada año se bate un nuevo récord en recepción de turistas internacionales. Si los unimos al repunte de la demanda nacional como consecuencia del nuevo brote económico, es previsible que España sea hollada a lo largo del presente 2017 por… ¡116 millones de turistas!

Barcelona vive escandalizada por la moratoria hotelera, que culmina un proceso de crecimiento turístico acogotador de su centro histórico. Muchos ciudadanos se preguntan qué tendrá el centro histórico de Barcelona para recibir tamañas hordas. Los concejales del Ayuntamiento de Madrid se preguntan lo mismo, al tiempo que afilan sus cuchillos para plantear a la liberal Comunidad de Madrid una batalla frontal contra el turismo. Palma de Mallorca no le va a la zaga. Y pronto se sumarán otros municipios asolados por los turistas de todo el mundo unidos – en pie burguesa legión.

Algunas voces izquierdistas se burlan del turismo por la vergüenza de que España se haya convertido en un país de camareros. Y reclaman inversiones para el relanzamiento de la industria nacional, como alternativa al sector servicios, convencidos de que la robótica no sustituirá nunca al obrero tornero. La actividad industrial, por tanto, atesoraría mucho margen para generar trabajo, como lo demostró Inglaterra durante el siglo XIX.

Contra el turismo se tienen que poner los consistorios y la ciudadanía residente, salvo cuando estos residentes salen de vacaciones a la playa o a llenar los centros históricos de otras ciudades que no son las suyas. Contra el turismo se tienen que poner los gobiernos, el central y los regionales, porque regulando —esto es, prohibiendo— los alquileres de viviendas particulares se hará retroceder con la espada legal de san Jorge al dragón lanzallamas de los turistas de a pie, los mochileros, los gamberros de la noche, esos hooligans tan zarrapastrosos que es imposible concebir que pisen un hotel. Únicamente una casa particular.

El turismo no puede ser de clases bajas, porque los pobres nunca son ecologistas. Los pobres no tienen donde caerse muertos más que en la arena donde descabalgan sus mochilas. Lo que debe hacer España es atraer a los turistas ricos, como hace Portofino o las islas Maldivas. Son turistas que no se aprietan en una playa porque tienen su cala privada. Consentir que se abran más hoteles y se alquilen más viviendas privadas en el centro de Barcelona solo daría lugar a un descenso generalizado de los precios, lo que acabaría atrayendo a más turistas pobres, algo que el gobierno anti liberal de Ada Colau no podría digerir. Hay que cerrar el país al turismo. Marcar las diferencias entre los residentes y los turistas, entre los de adentro y los de afuera, entre nosotros y ellos, los forasteros.

Hay que cerrar los centros de las ciudades al turismo de masas. Me voy a ahorrar el cómo, ya que Trump nos está dando a todos una gran lección en separar los nuestros y los otros. Al igual que los inmigrantes, todos unos delincuentes y unos drogadictos, los turistas de masas aparecen con el bolsillo roto y varias botellas de alcohol en la mochila. No me lo estoy inventando. Podemos leerlo todos los días en los periódicos mediterráneos.

Pero el Reino Unido no es México, ni Alemania será nunca Corea del Norte. En tanto España no invite oficialmente a Donald Trump para explicar cómo se construye un muro que proteja el centro histórico de sus ciudades, la riada de inmigrantes vacacionales seguirá batiendo récords año tras año. Porque España tiene éxito. Y cuando se es Robert Redford, George Clooney o Scarlett Johansson no hay modo de evitar que haya colas en el cine. Si los españoles pensáramos más como el coreano… Me refiero a Kim Jong-un, no al de Twitter.

¿A que gusta la fotografía que abre este artículo? Es una imagen artística de la naturaleza hecha arte: la playa de Las Catedrales, que es el nombre turístico de la playa de Aguas Santas, en la costa de Lugo. Su mayor atractivo lo constituye esa concatenación de arcos y cuevas en diferentes planos apreciable durante la bajamar. Durante la marea baja se accede a un largo arenal delimitado por un muro rocoso de pizarra y esquisto erosionado en formas caprichosas que estructuran unos arcos de más de 30 metros de altura similares a los arbotantes de una catedral, de ahí su nombre. El momento culminante de la experiencia se produce cuando la marea alta recorre la parte superior de los acantilados en dirección oeste-este hacia la playa de Esteiro y que la hace inaccesible al baño.

Apetecible, ¿verdad? Pues bien, más de 30.000 personas con inquietudes estéticas han abarrotado esta playa durante la pasada Semana Santa. Los resultados de esta voracidad consumidora de turismo pueden verse en las siguientes fotografías.

Ahora vendrán a decir que las playas gallegas se han llenado de apartamentos ilegales. Dirán que el turismo de masas tiene abrumados a los cascos históricos, no a los cascos litorales. Dirán que la culpa la tiene el gobierno por promocionar el turismo. O, peor aún, que un desarrollo económico insostenible es lo que verdaderamente provoca estos desequilibrios medioambientales. En esa línea, añaden, los países en vías de desarrollo no deberían haber salido nunca de su infradesarrollo. O, al menos, deberían haber aplicado las leyes chinas que no permiten la procreación de más de un hijo por familia.

Otros se frotan las manos con los presagios de numerus clausus en el turismo. La moratoria no les afecta negativamente a ellos; antes al contrario, provocará una escasez artificial que reforzará sus ganancias.

Pero la realidad se impone y el futuro clama por otros parámetros culturales de consumo, convivencia, organización social y libertad. Si lo bello atrae turismo, mejor afearlo o destruirlo. Quizá eliminando uno de los arcos rocosos en la playa de las Catedrales se podría conseguir una imagen más vulgar, menos atractiva al turismo. Por qué no llenar el Barri Gòtic barcelonés de estiércol, como seguramente se hallaba en la época gótica, ya que con estos olores estaríamos ahuyentando de verdad a los turistas. Imposible abandonarlo para que se convierta en ruina, pues está demostrado que las ruinas también atraen turismo (y quien esto escribe puede demostrarlo). Porque la sostenibilidad se podría asegurar a la inversa. Es decir, muertos los turistas, como los perros, muerta la rabia del turismo. ¿Cuántos de los futuros 3.000 millones de turistas que doblarán el flujo a la playa de las Catedrales e invadirán doblemente el barrio gótico de Barcelona creemos que sobran? ¿Cómo escoger a los inútiles? ¿En función de su raza? ¿De su sexo? ¿Acaso por su religión? ¿Por sus recursos económicos? ¿Por sorteo?

Lo incomprensible es que los mismos insurrectos del turismo de masas son luego los principales críticos de facturas abultadas en playas vírgenes, como la que exhibieron dos años atrás en contra del restaurante Juan y Andrea por servir un pescado glorioso en la nada pecaminosa (¿o sí?) isla de Formentera.

Fernando Gallardo |

Un comentario en “Las masas en contra del turismo de masas

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