El genoma ayuda a viajar

El pasado 1 de marzo, en la Fundación Botín de Santander, me tocó dar una conferencia al hilo de la presentación oficial de la recién creada Oficina de Transformación Digital a cargo de la Asociación Empresarial de Hostelería de Cantabria, presidida por Ángel Cuevas y gestionada por Pedro Vega, que han comprendido inteligentemente la necesidad de que los empresarios cántabros superen la actual brecha digital entre la aceleración tecnológica que vivimos y la lentitud en la adaptación de los negocios a un mundo digital y globalizado.

La disertación tomaba como punto de partida el escape entrópico formulado por el astrónomo británico Arthur Eddington con la paradoja gráfica de la flecha del tiempo, a la que ya nos hemos referido aquí en alguna ocasión. Estos puntos de escape me animan a proyectar hacia la próxima década las tendencias que encuentro más relevantes desde la óptica de la industria de la hostelería y el turismo. Algunas constituyen mi actual ciclo de seminarios por diversas ciudades españolas y latinoamericanas. Una de ellas concierne, en pura lógica, a la alimentación en hoteles y restaurantes, así como al desarrollo del turismo gastronómico, del que se espera un despegue sin precedentes en España ligado a la vida saludable de las personas y a la biotecnología de la longevidad.

Mi sorpresa fue mayúscula llegado el momento de preguntar al auditorio quién se había preocupado de su balance nutrigenético acorde con los nuevos avances en materia genómica. Nadie había mostrado la más mínima curiosidad en hacerse un análisis de su genoma. Que, si en la primera edición personal realizada por Craig Venter –se secuenció a sí mismo– el coste superó los 100 millones de dólares, ahora se puede secuenciar por apenas 100 dólares. Durante un rato discutimos la utilidad para la medicina preventiva de este análisis personalizado, que podría suministranos información valiosa acerca de nuestra propensión al Alzheimer, al Parkinson o al cáncer que mata cada año a casi 10 millones de personas y se ha constituido hoy en la segunda causa de mortalidad en el mundo.

En diversas ocasiones nos hemos referido aquí a la longevidad como un factor esencial en la evolución del turismo durante las próximas décadas, así como en la necesidad de que la UNWTO (Organización Mundial del Turismo en sus siglas en inglés) revise sus predicciones acerca del número de viajeros anuales. Longevidad, salud y placer constituyen, además, los pilares sobre los que se desarrolla –y se desarrollará– el turismo gastronómico del futuro.

Pues bien, parece que a ningún empresario de los que asistieron a este evento en Santander le importaba en exceso qué enfermedades era más proclive a sufrir, ni cómo prevenirlas para seguir con una salud razonable en los próximos años. Algunos incluso me hicieron ver que preferían no saberlo. Lo cual sería como ir conduciendo por una carretera comarcal y no importarle a uno saber si podía haber un camión atravesado al otro lado del badén para evitarlo. Lógicamente no entro en valoraciones personales acerca del deseo de vivir de las personas y de su propensión a las enfermedades. Pero sí que hace seis años tomé la decisión de someterme a un análisis genómico que pudiera influir en mis conductas alimenticias, salutíferas o de hábitos de vida. Y creo que esto me ha tranquilizado mucho a la hora de afrontar una enfermedad de Alzheimer que con cierta probabilidad genética no me llegará.

¿Y si, a pesar de todo, me llegase?

Para ello está la terapia génica, que es la consecuencia tecnológica de la secuenciación genómica. Y es que un equipo médico del hospital Weill Cornell de Manhattan, situado a tres bloques de donde he vivido estos últimos años, ha logrado ampliar el potencial de uso de la terapia génica para reducir el riesgo del Alzheimer. Hasta ahora, la terapia génica se había centrado en aquellas enfermedades en las que un solo gen es el culpable. Pero, siendo el Alzheimer mucho más complejo, la cura genética era más difícil de conseguir con un enfoque farmacéutico.

Los datos epidemiológicos del equipo dirigido por el doctor Ronald Crystal muestran una amplia correlación entre los diversos tipos del gen APOE y la tasa de Alzheimer. Mientras el gen APOE2 soporta un riesgo inferior a la media y el APOE3 un riesgo medio, el APOE4 ofrece hasta 12 veces más peligro que la media. Así que la solución ideada por Crystal consiste en inyectar un virus portador del gen APOE2 en el líquido cefalorraquídeo de los enfermos de Alzheimer. Si este procedimiento tiene éxito, millones de personas que sufren hoy de Alzheimer, y lo sufrirían mañana, podrían abrir una nueva vía para la edición genética orientada a enfermedades difíciles de tratar. Lo cual salvaría millones de vidas humanas y aseguraría una longevidad mayor en mejores condiciones vitales. Lo cual redundaría en un aumento de los viajes gracias a personas que podrían muy bien estar bajo tierra, pero que gracias a sus genes seguirían dando vueltas por su superficie.

Fernando Gallardo |

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