ALO ya tiene pareja

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La noche que pasé en el hotel Aloft Silicon Valley, en Cupertino, tenía por único objetivo comprobar si el mayordomo robótico A.L.O. trabajaba de verdad o era un vago redomado. Sabemos que una de las grandes ventajas de un empleado robótico frente a uno humano es que su productividad puede ser verificada al dedillo. No necesita descansar, no requiere alimentarse, carece de ideología sindical y, además, todos sus movimientos laborales se guardan en la nube a disposición de quien tenga el control de su sistema operativo. Pero, como máquina que es, también se avería. Y pierde aceite.

Para un hotel de 172 habitaciones era un desafío saber cuántos requerimientos de A.L.O. hacía la clientela aquel día de agosto. Que si tráeme una Coca Cola, que si sírveme un snack frío en la habitación, que si ahora quiero unos hielitos… Lo cierto es que durante las 24 horas de mi estancia no vi al robot parado, conectado a su cargador eléctrico, más que en una ocasión, cuando me estaba dirigiendo a la recepción para tramitar el check out (que en Estados Unidos no se suele tramitar; basta con decir que te vas del hotel; todos los consumos se van añadiendo a la tarjeta de crédito con la que se ha efectuado la reserva).

Como los robots no tienen sentimientos (por ahora), cualquier huésped puede abusar de ellos. Yo fui uno de esos desalmados que lo chasqueó repetidas veces desde la habitación. Tarde, noche y mañana. No le vi a A.L.O. el menor gesto de desagrado, como sí pueden expresar los empleados robóticos del hotel Henn na, en Japón. Rodaba sigilosamente por el pasillo, y no hacía ningún aspaviento hasta tres metros antes de alcanzar mi habitación, cuando se le encendía el tórax de un azul fluorescente que se deslizaba bajo la puerta, anunciando su llegada al mismo tiempo que me sonaba el teléfono: «Mr. Gallardo, I’m your Botlr. Ready to deliver your snacks», seguido por un pitido que me sonaba a R2-D2. Cuando llegué a su altura, muy amablemente abrió su caperuza para que yo pudiera extraerle los aperitivos solicitados minutos antes a través de una orden telefónica. Tras despedirme muy amablemente con otro pitido de júbilo, «Have a good day, Mr. Gallardo», lo vi deslizarse de nuevo a lo largo del pasillo, mientras avisaba por wifi al ascensor que lo viniera a recoger. Abrió mentalmente la puerta y desapareció de mi campo visual.

Una semana más tarde me confirmaron desde el grupo Starwood lo que parecía evidente. A.L.O. no daba abasto para tantas habitaciones, y con una clientela tan exigente en verano con las bebidas… Así que le toca emprender ahora un largo viaje por carretera hacia el hotel Aloft Miami con la experiencia adquirida en su primer destino, mientras que un segundo Botlr, probablemente más veloz, iniciará sus tareas en Cupertino. Starwood anuncia también un mayordomo robótico de esta serie en su nuevo hotel Aloft Manhattan, en pleno Distrito Financiero de Nueva York. Aquí lo veremos nuevamente a principios de otoño, sirviendo copas de noche y subiendo a las habitaciones un menú especial BotlrHeartsNYC, que incluye bagels, galletas Oreo, cervezas de garaje elaboradas en Brooklyn y hasta un tarjeta MetroCard para que el huésped no sufra el engorro de adquirirla en una boca de metro.

A.L.O. regresará a su hogar primitivo a principios del invierno, ya que sus incondicionales lo estarían extrañando, mientras tanto, desconsoladamente. El Botlr era objeto de incontables selfies entre la clientela más early adopter del mundo en su meca de Silicon Valley.

Ése será un momento especial en la historia del grupo hotelero Starwood, si no también para la robótica hotelera mundial. ¿Se enamorará A.L.O. de su compañero aún innominado (A.L.O. bis)? ¿Sentirá uno envidia del otro? ¿Veremos zancadillas o empujones entre ambos? No parece probable, pues la robótica aún no está tan avanzada como para incorporar emociones. Pero, sin duda, será un desafío para los programadores lograr que estos dos mayordomos pioneros trabajen en conjunto sin entorpecerse mutuamente.

Fernando Gallardo |

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