Cariacontecido lobby hotelero

El lobby hotelero norteamericano AHLA acaba de recibir un duro crochet en el mentón. Tras desgastarse durante meses en una batalla estéril contra Airbnb, plataforma a la que acusa de estar robándoles clientes a sus hoteles afiliados, las últimas cifras revelan una fatídica alza de ingresos que ha situado sus beneficios en niveles de récord histórico. Los alojamientos hoteleros en Estados Unidos han crecido en 2015 lamentablemente en un 9,4 por ciento, con un margen de beneficios del 38,5 por ciento, muy por encima de los niveles precrisis de 2007.

Tampoco los trabajadores del sector hotelero pueden estar de enhorabuena. La consultora STR estima que en 2015 los costes laborales suponen un 32,3 por ciento, frente al 29,3 por ciento que representaban en los albores del siglo XXI. Los empleados de la industria hotelera han visto aumentado su poder adquisitivo, y ello arroja un jarro de agua fría sobre las intenciones de los sindicatos de acusar a Airbnb de socavar las bases del empleo en la industria hotelera, cercenar el valor salarial de los profesionales y fomentar la competencia desleal del rentismo frente al trabajo.

El panorama es aún más desalentador cuando se comprueba que en términos de crecimiento la industria hotelera norteamericana avanza actualmente a un ritmo de dos dígitos, muy superiores a los registrados en décadas pasadas, contra lo que pronosticaban sus líderes cuando el movimiento de alquileres turísticos empezó a cobrar auge en las grandes ciudades.

El único consuelo, y por lo que van a trabajar duro en los próximos meses, viene dado por las previsiones de un crecimiento menor en este punto del ciclo en el que estamos, que podría rebajar sensiblemente los 14.000 millones de dólares de beneficios netos obtenidos en 2015. Los más agoreros señalan, sin embargo, que el horizonte de 2017 podría arrojar un resultado plano, pero difícilmente cabe esperar una caída drástica en los beneficios de las empresas.

A tenor de estos vaticinios, los expertos deberán analizar en los próximos meses las extrañas causas de este insospechado fenómeno. Habría que indagar en el fondo de la chistera turística cómo es posible batir un récord en las ocupaciones hoteleras sosteniendo al mismo tiempo que Airbnb roba ocupaciones hoteleras. O, más concretamente, cómo determinados hoteles neoyorquinos que rozan el 95 por ciento de ocupación acusan la pérdida de ingresos que generaría el 15 por ciento de ocupación supuestamente robado por la plataforma de alojamiento colaborativo. ¿Acaso tienen un 10 por ciento de capacidad sin declarar? ¿Estaban pensando en hacer dormir ese 10 por ciento de clientes sobrantes entre las toberas de aire acondicionado? ¿Un error de cálculo en sus tablas de Excel? ¿Exceso de confianza en sus contables humanos cuando Airbnb ya tiene contables robóticos?

A falta de más datos para resolver este enigma matemático, quienes pensamos que el crecimiento económico es más sostenible que el decrecimiento celebramos como buenos los resultados de la industria hotelera norteamericana y nos arriesgamos a afirmar que el sector hotelero en su conjunto ayudaría a ampliar su horizonte futuro si en lugar de difamar por ladrones a los anfitriones de viviendas privadas se centraran en resolver las obsolescencias de su propia casa. Puede que un porcentaje estimable de viajeros prefiera hoy alojarse en una vivienda privada antes que en un hotel reglamentario. Incluso que haya millennials a los que no les guste nada la cultura hotelera o del turismo masivo. Pero la buena salud de las arcas hoteleras en estos últimos años, y no solamente en Estados Unidos, es señal de que hay clientela para unos y para otros.

O, lo más interesante: que el cliente de un hotel puede ser, en otras circunstancias de viaje, huésped de una vivienda turística, mientras que el cliente de la vivienda turística podría preferir alojarse en un hotel bajo distintas condiciones de viaje.

Por eso se equivoca la patronal hotelera estadounidense, como también la española, cuando llama traidores a esos usuarios de viviendas particulares que bien podrían ser ocasionalmente clientes de hotel. Les llama usuarios desleales, truhanes de economías sumergidas, delincuentes que consumen productos ilegales, cómplices de evasores fiscales y otros muchos adjetivos peores.

Los viajeros, más sabios y cultos que muchos hoteleros, siguen mientras tanto a lo suyo. Duermen en casa de un local o en la suite principesca de un hotel según les viene en necesidad o estilo de vida. Por eso crece incesantemente Airbnb, HomeAway y otras plataformas de economía colaborativa. Por eso crece también, pese al berrinche de los lobbies, la industria hotelera mundial.

Fernando Gallardo |

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